Выбрать главу

– ¿Alguien habló con los observadores de pájaros?

– Creo que se marcharon antes de que Blatt pasara por alli, pero no estoy seguro.

– ¿Nadie hizo el seguimiento?

– Joder. ¿Qué coño iban a saber? Si quieres visitar a los Peachpit, adelante. El sitio se llama The Laurels, está dos kilómetros montaña abajo desde el instituto. Tengo una cantidad limitada de hombres asignados a este caso y no puedo perder el tiempo persiguiendo a cualquier persona que haya pasado por Peony.

– Claro.

El significado de la respuesta de Gurney era, a lo sumo, vaga, pero pareció apaciguar un poco a Hardwick, que dijo en un tono casi cordiaclass="underline"

– Hablando de personal, he de volver al trabajo. ¿Qué has dicho que estabas haciendo aquí?

– Pensaba que si me paseaba otra vez sobre el terreno se me podría ocurrir algo.

– ¿Ésa es la metodología del as de la resolución de crímenes del Departamento de Policía de Nueva York? ¡Es patético!

– Lo sé, Jack, lo sé. Pero ahora mismo es lo mejor que puedo hacer.

Hardwick volvió a entrar en la casa negando con la cabeza en un exagerado gesto de incredulidad.

Gurney inhaló el olor húmedo de la nieve y, como siempre, éste desplazó por un momento todos los pensamientos racionales, agitando una poderosa emoción infantil para la cual no tenía palabras. Enfiló el césped blanco hacia el bosque. El olor de la nieve lo arrulló con recuerdos; recuerdos de historias que su padre le había leído cuando tenía cinco o seis años, historias de su padre que eran más vividas para él que cualquier otra cosa de su vida real, historias de pioneros, cabañas en el monte, sendas en el bosque, indios buenos, indios malos, ramitas rotas, huellas de mocasines en la hierba, el tallo roto de un helécho que ofrecía indicios cruciales del paso del enemigo y los gritos de los pájaros del bosque, algunos reales, otros imitados por los indios a modo de comunicaciones en código: imágenes muy concretas, ricas en detalles. Era irónico, pensó, que los recuerdos de las historias que su padre le había contado en su infancia hubieran sustituido la mayoría de sus recuerdos del hombre mismo. Por supuesto, además de contarle historias, su padre nunca había tenido mucho que ver con él. Más que nada, su padre trabajaba. Trabajaba e iba a lo suyo.

Trabajaba e iba a lo suyo. Una frase capaz de resumir una vida. De hecho, describía su propia conducta con la misma precisión que la de su padre. En las barreras que había erigido para no reconocer esas similitudes estaban apareciendo, últimamente, grandes fisuras. Sospechaba no sólo que se estaba convirtiendo en su padre, sino que lo había hecho hacía tiempo.

Trabajaba e iba a lo suyo. Qué pequeño y gélido el sentido de su vida. Qué humillante era ver cuánto de su tiempo en la Tierra podía incluirse en una frase tan corta. ¿Qué clase de marido era si sus energías estaban tan circunscritas? ¿Y qué clase de padre? ¿Qué clase de padre está tan absorto en sus prioridades profesionales que…? No, basta de eso.

Gurney se adentró en el bosque, siguiendo la que recordaba que era la ruta de las pisadas, ahora medio borrada por la nieve fresca. Cuando estuvo en el bosque de árboles de hoja perenne, donde, de manera inverosímil, terminaba la senda, inhaló la fragancia de pino, escuchó el profundo silencio del lugar y esperó la inspiración. No le llegó. Disgustado tras haber esperado lo contrario, se forzó a revisar por vigésima vez lo que sabía en realidad de los sucesos de la noche del crimen. ¿Que el asesino había entrado a pie en la propiedad desde la calle? ¿Que llevaba una 38 especial de la Policía, una botella de Four Roses rota, una silla plegable, un par de botas extra y un reproductor de sonido con los chillidos animales que sacaron a Mellery de la cama? ¿Que llevaba un mono de Tyvek, guantes y una gruesa chaqueta de pluma que podría haber usado para amortiguar el ruido? ¿Que se sentó detrás del granero a fumar cigarrillos? ¿Que hizo salir a Mellery al patio, lo mató de un tiro y luego se encarnizó apuñalándolo con una botella al menos catorce veces? ¿Que luego caminó tranquilamente por el césped y se dirigió ochocientos metros hacia el bosque, colgó un par de botas adicional en la rama de un árbol y desapareció sin dejar rastro?

El rostro de Gurney se había convertido en una mueca, en parte por el deprimente frío húmedo del día, y en parte porque ahora, con más claridad que nunca, se dio cuenta de que lo que «sabía» del crimen no tenía el menor sentido.

29

Hacia atrás

Noviembre era el mes que menos le gustaba, un mes de luz menguante, un mes de incertidumbre que se arrastraba entre el otoño y el invierno.

Esta percepción parecía exacerbar la sensación de que estaba dando tumbos en la niebla en el caso Mellery, sin que pudiera ver algo que tenía delante de sus narices.

Cuando llegó a casa desde Peony ese día, decidió, de manera atípica, compartir su confusión con Madeleine, que estaba sentada a la mesa de pino con unos restos de té y pastel de arándanos.

– Me gustaría conocer tu input de algo -dijo, lamentando de inmediato haber elegido esa palabra. A Madeleine no le gustaban las palabras como input.

Ella inclinó la cabeza con curiosidad, que David tomó como una invitación.

– El Instituto Mellery ocupa cuarenta hectáreas entre Filchers Brook Road y Thornbush Lañe, en la colina que domina el pueblo. Hay treinta y pico hectáreas de bosque, quizá cuatro hectáreas de jardines, macizos de flores, una zona de aparcamiento y tres edificios: el centro de conferencias principal, que también incluye las oficinas y las habitaciones de huéspedes, la residencia privada de Mellery y un granero para el material de mantenimiento.

Madeleine levantó la mirada hacia el reloj colgado en la pared de la cocina, y él se apresuró:

– Los agentes encargados encontraron un conjunto de pisadas que entraban en la propiedad por Filchers Brook Road y conducían a una silla que había detrás del granero. Desde la silla continuaban hasta el lugar donde mataron a Mellery y desde allí a un punto situado a ochocientos metros en dirección al bosque, donde se detenían. No hay más pisadas. No hay rastro de cómo el individuo que dejó esas huellas pudo salir sin dejar más rastros.

– ¿Es una broma?

– Estoy describiendo las pruebas reales de la escena.

– ¿Y qué hay de la otra calle que mencionaste?

– Thornbush Lañe está a treinta metros de la última huella.

– El oso ha vuelto -dijo Madeleine, después de un breve silencio.

– ¿Qué? -Gurney la miró, sin comprenderla.

– El oso-. Hizo una señal hacia la ventana lateral.

Entre la ventana y sus jardineras aletargadas, con los bordes incrustados de escarcha, el soporte curvado de acero de un comedero de pájaros estaba caído, y el comedero en sí, partido por la mitad.

– Me ocuparé de eso después -dijo Gurney, enfadado por el comentario irrelevante-. ¿Qué te parece el problema de la pisada?

Madeleine bostezó.

– Creo que es estúpido, y la persona que lo hizo está loca.

– Pero ¿cómo lo hizo?

– Es como el truco de los números.

– ¿Qué quieres decir?

– O sea, ¿qué importa cómo lo hiciera?

– Cuéntame más -dijo Gurney, con su curiosidad en un nivel ligeramente más alto al de su irritación.

– El cómo no importa. La cuestión es por qué, y la respuesta es obvia.

– ¿Y la respuesta obvia es…?

– Quería demostrar que sois un montón de idiotas.

La respuesta le produjo dos sensaciones contrapuestas: complacido porque ella estuviera de acuerdo con él en que la Policía era un objetivo en el caso, pero no tan contento por el énfasis que puso en la palabra «idiotas».

– Tal vez caminó hacia atrás -sugirió encogiéndose de hombros-. Quizás el lugar al que pensáis que llegan las huellas es el lugar desde el que salen, y el lugar del que creéis que salen es el lugar al que llegan.