– Una última pregunta, señor. ¿Tiene el nombre y la dirección del avistador de pájaros en su registro de invitados?
– Tengo el nombre y la dirección que me dio. Considerando el robo, dudo de su autenticidad.
– Será mejor que vea el registro y tome nota de todos modos.
– Oh, no es necesario mirar el registro. Lo recuerdo con perfecta y dolorosa claridad. Señor y señora (una extraña manera de que un caballero se describa a sí mismo y a su madre, ¿no le parece?), señor y señora Scylla. La dirección era un apartado de correos en Wycherly, Connecticut. Puedo darle incluso el número del apartado postal.
31
Gurney estaba sentado en la inmaculada zona de aparcamiento de gravilla. Había completado su llamada al DIC para que enviaran un equipo de pruebas a The Laurels lo antes posible, y estaba guardándose el teléfono en el bolsillo cuando sonó. Era otra vez Ellen Rackoff. Primero, Gurney le dio la noticia de la pareja Scylla y del peculiar robo para que se lo transmitiera a Kline. Luego le preguntó por qué había llamado. Ella le dio un número de teléfono.
– Es un detective de Homicidios del Bronx que quiere hablar con usted sobre un caso en el que está trabajando.
– ¿Quiere hablar conmigo?
– Quiere hablar con alguien del caso Mellery, del que ha leído algo en el diario. Llamó a la Policía de Peony, que lo remitió al DIC, que lo remitió al capitán Rodríguez, que lo remitió al fiscal del distrito que lo remitió a usted. Su nombre es detective Clamm. Randy Clamm.
– ¿Es una broma?
– No que yo sepa.
– ¿Cuánta información ha dado de su propio caso?
– Cero. Ya sabe cómo son los policías. Sobre todo quería saber cosas de nuestro caso.
Gurney llamó al número. Respondieron al primer tono.
– Clamm.
– Dave Gurney, le devuelvo la llamada. Trabajo para el fiscal…
– Sí, señor, lo sé. Le agradezco la rápida respuesta.
Aunque no contaba con casi nada en lo que basarse, Gurney tenía una vivida impresión del policía que se encontraba al otro lado: un multitarea que pensaba rápido, alguien que, con mejores conexiones, podría haber terminado en West Point en lugar de en la Academia de Policía.
– Entiendo que está trabajando en el homicidio de Mellery -continuó con rapidez la voz tensa del joven.
– Exacto.
– ¿Múltiples cuchilladas en el cuello de la víctima?
– Correcto.
– La razón de mi llamada es que tenemos un homicidio similar aquí, y queríamos descartar cualquier posibilidad de conexión entre los dos crímenes.
– Con similar, quiere decir…
– Múltiples cortes en la garganta.
– Mi recuerdo de las estadísticas de apuñalamientos en el Bronx es que allí hay más de mil incidentes al año. ¿Ha buscado conexiones más cerca?
– Estamos buscando. Pero hasta ahora su caso es el único con más de una docena de heridas en la misma parte del cuerpo.
– ¿Qué puedo hacer por usted?
– Depende de lo que esté dispuesto a hacer. Estaba pensando que podría ayudarnos a los dos si pudiera venir a pasar el día aquí, observar la escena del crimen, sentarse en una sala de interrogatorios con la viuda, hacer preguntas, ver si algo le llama la atención.
Era la definición de «posibilidad remota»: más inverosímil que muchas pistas tenues con las que había perdido el tiempo en sus años en el Departamento de Policía de Nueva York. Sin embargo, para Dave Gurney era una imposibilidad constitucional pasar por alto una posibilidad, por remota que pareciera.
Accedió a reunirse con el detective Clamm en el Bronx a la mañana siguiente.
TERCERA PARTE
32
El hombre joven se recostó en los deliciosamente mullidos almohadones apoyados contra el cabezal y sonrió con placidez a la pantalla del portátil.
– ¿Dónde está mi Dickie Duck? -preguntó la mujer mayor que estaba a su lado en la cama.
Está en la cama planeando la muerte de los monstruos.
– ¿Estás escribiendo un poema?
– Sí, madre.
– Léelo en voz alta.
– Aún no está acabado.
– Léelo en voz alta -repitió la mujer, como si hubiera olvidado lo que acababa de decir.
– No es muy bueno. Necesita algo más-. Ajustó el ángulo de la pantalla.
– Tienes una voz muy bonita -dijo ella, como de corrido, tocándose con aire ausente los rizos rubios de su peluca.
El cerró un momento los ojos. Entonces, como si estuviera a punto de tocar la flauta, se relamió un poco los labios. Cuando empezó a hablar, lo hizo en un medio susurro cadencioso:
Éstas son algunas de mis preferencias:
el mágico cambio que trae una bala,
la sangre que mana y salpica el suelo
hasta que se acaba,
el ojo por ojo, el diente por diente,
el final de todo, la verdad ahora,
todo el bien obrado con el arma del borracho…
Nada comparado con lo que vendrá.
Suspiró y miró la pantalla, arrugando la nariz.
La métrica falla.
La mujer mayor asintió con serena incomprensión y preguntó con su vocecita timorata de niña pequeña.
– ¿Qué hará mi Dickie Duck?
El estaba tentado de describir la limpieza inminente con todo el detalle con que la había imaginado. La muerte de todos los monstruos. Era tan colorida, tan excitante, tan… ¡satisfactoria! Pero también se enorgullecía de su realismo, de su comprensión de las limitaciones de su madre. Sabía que sus preguntas no requerían respuestas específicas, que olvidaba la mayoría de ellas en cuanto las pronunciaba, que sus palabras eran meros sonidos, sonidos que a ella le gustaban, que le resultaban reconfortantes. Podía decir cualquier cosa, contar hasta diez, recitar una canción de cuna. No había diferencia en lo que decía, mientras lo dijera con sentimiento y con ritmo. Siempre buscaba cierta riqueza en la inflexión. Disfrutaba complaciéndola.
33
De vez en cuando, Gurney tenía un sueño que era dolorosamente triste, un sueño que parecía la esencia misma de la tristeza. En esos sueños veía con una claridad que superaba las palabras que el pozo de tristeza era pérdida, y la mayor pérdida de todas era la pérdida de amor.
En la versión más reciente del sueño, poco más que una viñeta, su padre iba vestido como se había vestido para ir a trabajar cuarenta años antes, y en todos los sentidos parecía exactamente igual que entonces. La anodina chaqueta beis y los pantalones grises, las pecas mortecinas en el dorso de sus grandes manos y en la frente redondeada de incipiente calvicie, la expresión burlona en los ojos que parecían concentrados en una escena que ocurría en algún otro lugar, la sutil insinuación de una inquietud por marcharse, por estar en cualquier sitio menos donde estaba, el extraño hecho de que hablando tan poco conseguía transmitir con su silencio tanta insatisfacción; todas esas imágenes enterradas resucitaban en una escena que no duraba más de un instante. Y luego Gurney formaba parte de la escena como el niño que miraba con súplica a esa figura distante, rogándole que no se fuera, con lágrimas tibias que le resbalaban por las mejillas en la intensidad del sueño pese a que estaba seguro de que nunca había llorado en presencia de su padre, porque no podía recordar entre ellos ni una sola expresión de emoción desbordante, y después se despertaba sobresaltado, con la cara todavía bañada en lágrimas y una fuerte opresión en el pecho.