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– En el correo sólo hay facturas y anuncios. Nunca lo miro.

– ¿Albert se encargaba del correo?

– Eran todo facturas y anuncios.

– ¿Sabe si Albert pagó alguna factura especial últimamente o extendió algún cheque inusual?

La señora Schmitt negó con la cabeza enfáticamente, haciendo que su rostro inmaduro apareciera asombrosamente infantil.

– Una última pregunta. Después de que descubriera el cadáver de su marido, ¿cambió o movió algo de la sala antes de que llegara la Policía?

Una vez más negó con la cabeza. Podría haber sido su imaginación, pero Gurney creyó captar un atisbo de algo nuevo en su semblante. ¿Había vislumbrado un destello de alarma en aquella mirada inexpresiva? Decidió arriesgarse.

– ¿El Señor le habla? preguntó.

Ahora había algo más en su expresión, no tanto alarma como reivindicación.

– Sí.

Reivindicación y orgullo, pensó Gurney.

– ¿El Señor le habló cuando encontró a Albert?

– El Señor es mi pastor -empezó, y continuó recitando todo el salmo

Gurney podía notar los tics de impaciencia y los guiños que salpimentaban el rostro de Clamm.

– ¿El Señor le dio instrucciones específicas?

– No oigo voces -dijo. Una vez más el mismo destello de alarma.

– No, no voces. Pero el Señor le habla, para ayudarla.

– Estamos en la Tierra para hacer lo que Él nos pida.

Gurney se inclinó hacia delante desde su posición, al borde de la mesita de café.

– ¿E hizo lo que el Señor le dictó?

– Hice lo que el Señor me dictó.

– Cuando encontró a Albert, ¿había algo que necesitara cambiarse, algo que no estuviera como debería, algo que el Señor quería que hiciera?

Los ojos grandes de la mujer se llenaron de lágrimas, y éstas corrieron por sus redondeadas e infantiles mejillas.

– Tenía que guardarla.

– ¿Guardarla?

– Los policías se la habrían llevado.

– ¿Qué se habrían llevado?

– Se llevaron todo lo demás, la ropa que vestía, su reloj, su billetera, el periódico que estaba leyendo, la silla en la que se sentó, la alfombra, sus gafas, el vaso del que estaba bebiendo… Se lo llevaron todo.

– No todo, verdad, señora Schmitt. No se llevaron lo que usted guardó.

– No podía dejarles. Era un regalo. El último regalo de Albert.

– ¿Puedo ver el regalo?

– Ya lo ha visto. Está detrás de usted.

Gurney se volvió y siguió la mirada de la mujer hasta el jarrón de flores rosas que había en medio de la mesa, o lo que, en una inspección más precisa, resultó ser un jarrón con una flor de plástico de pétalos tan grandes y vistosos que daba la impresión inicial de ser un ramo.

– ¿Albert le dio esa flor?

– Ésa era su intención -dijo después de una vacilación.

– ¿No llegó a dársela?

– No pudo, ¿no?

– Quiere decir porque lo mataron.

– Sabía que era para mí.

– Esto podría ser muy importante, señora Schmitt -dijo Gurney con voz pausada-. Por favor, dígame exactamente lo que encontró y qué hizo.

– Cuando Jonah y yo llegamos del Salón del Apocalipsis, oímos la televisión y no quisimos molestar a Albert. A Albert le gustaba la televisión. No le gustaba que nadie pasara por delante de la tele. Así que Jonah y yo entramos por la puerta trasera, que da a la cocina, para no tener que pasar por delante de él. Nos sentamos en la cocina, y Jonah se tomó su helado de la hora de acostarse.

– ¿Cuánto tiempo se quedó sentada en la cocina?

– No lo sé. Nos pusimos a hablar. Jonah es muy profundo.

– ¿Hablar de qué?

– Del tema favorito de Jonah, la tribulación del final de los tiempos. Dice en las Escrituras que al final de los tiempos habrá tribulación. Jonah siempre me pregunta si lo creo y cuánta tribulación creo que habrá, y qué clase de tribulación. Hablamos mucho sobre eso.

– ¿Así que hablaron de tribulación y Jonah se tomó su helado?

– Como siempre.

– ¿Qué más?

– Luego se hizo hora de que se fuera a dormir.

– ¿Y?

– Y entró en el salón desde la cocina para ir a su dormitorio, pero no pasaron ni cinco segundos antes de que volviera a la cocina, retrocediendo y señalando al salón. Yo traté de que dijera algo, pero sólo podía señalar. Así que vine yo misma, quiero decir, entré aquí -dijo mirando en torno a la sala.

– ¿Qué es lo que vio?

– A Albert.

Gurney esperó que continuara. Cuando no lo hizo, le insistió.

– ¿Albert estaba muerto?

– Había mucha sangre.

– ¿Y la flor?

– La flor estaba en el suelo, a su lado. Ve, debía de llevarla en la mano. Quería dármela cuando yo llegara a casa.

– ¿Qué hizo entonces?

– ¿Entonces? Oh. Fui a casa del vecino. No tenemos teléfono. Creo que llamaron a la Policía. Antes de que llegaran, recogí la flor. Era para mí dijo con la insistencia pura y repentina de un niño. Era un regalo. La puse en nuestro jarrón más bonito.

35

A tientas hasta la luz

Y aunque era hora de almorzar cuando por fin salieron de la casa de los Schmitt, Gurney no estaba de humor. No porque no tuviera hambre ni porque Clamm no le propusiera un lugar conveniente para comer. Estaba demasiado frustrado, sobre todo consigo mismo, para decir que sí a nada. Mientras el joven policía lo llevaba al aparcamiento de la iglesia donde había dejado su coche, hicieron un último intento poco entusiasta de cotejar los hechos de los casos para ver si había algo que pudiera relacionarlos. El intento no condujo a ninguna parte.

– Bueno -dijo Clamm, pugnando por darle al ejercicio una interpretación positiva-. Al menos no hay pruebas en este momento de que no estén relacionados. El marido podría haber recibido cartas que la mujer nunca vio, y no parece que existía demasiada comunicación en el matrimonio, así que es posible que no le dijera nada. Y en el infierno en el que está ella, no creo que se fijara en ningún cambio emocional ni en él ni en ella misma. Podría valer la pena volver a hablar con el chico. Sé que está tan tronado como ella, pero es posible que recuerde algo.

– Claro -dijo Gurney, sin la menor convicción-. Y estaría bien que comprobara si Albert tenía talonario de cheques y si hay algún resguardo con el nombre de Charybdis o Arybdis o Scylla. Es una posibilidad remota, pero qué diablos.

Camino de casa, en una especie de compasión morbosa con el estado de ánimo de Gurney, el tiempo empeoró. La llovizna de la mañana se había convertido en una lluvia constante, que reforzaba su evaluación negativa del viaje. No estaba claro que hubiera relación entre los asesinatos de Mark Mellery y Albert Schmitt, más allá del elevado número y la localización de los cortes. Ninguno de los rasgos de la escena del crimen de Peony estaban presentes en la de Salmón Beach: ni extrañas pisadas, ni silla plegable ni botella de whisky ni poemas. No había el menor rastro de juego alguno. Las víctimas no parecían tener nada en común. Que un asesino hubiera elegido como objetivos a Mark Mellery y Albert Schmitt carecía de sentido.

Estas ideas, junto con lo desagradable de conducir bajo una lluvia cada vez más intensa, sin duda contribuyeron a la expresión tensa que mostraba cuando entró por la puerta de la cocina de su casa, goteando.

– ¿Qué te ha pasado? -preguntó Madeleine, tras levantar la cabeza de la cebolla que estaba troceando.

– ¿Qué quieres decir?

Madeleine se encogió de hombros e hizo otro corte en la cebolla.

La respuesta nerviosa de Gurney quedó flotando en el aire. Al cabo de un momento, susurró en tono de disculpa:

– He tenido un día agotador, un viaje de ida y vuelta de seis horas bajo la lluvia.

– ¿Y?

– ¿Y? Y todo probablemente para nada.