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– ¿Y?

– ¿Eso no es suficiente?

Ella le dedicó una sonrisita de incredulidad.

– Para colmo, era en el Bronx -añadió malhumorado-. No hay ninguna experiencia que el Bronx no la convierta en un poco más desagradable.

Madeleine empezó a picar la cebolla en trozos más pequeños. Habló como si se estuviera dirigiendo a la tabla de cortar.

– Tienes dos mensajes en el teléfono: tu amiga de Ithaca y tu hijo.

– ¿Mensajes detallados o sólo piden que devuelva la llamada?

– No les he prestado tanta atención.

– ¿Con tu amiga de Ithaca te refieres a Sonya Reynolds?

– ¿Tienes más?

– ¿Más qué?

– Más amigas en Ithaca.

– No tengo amigos en Ithaca. Mi relación con Sonya Reynolds es de negocios, y apenas. ¿Qué quería, por cierto?

– Ya te he dicho que el mensaje está en el teléfono.

El cuchillo de Madeleine, que se había alzado sobre la pila de trozos de cebolla, cayó con particular fuerza.

– Dios, ¡ten cuidado con los dedos! -Las palabras salieron de la boca de Gurney con más rabia que preocupación.

Con el filo del cuchillo todavía apretado contra la tabla de cortar, Madeleine lo miró con curiosidad.

– Bueno, ¿qué ha pasado hoy? -preguntó, rebobinando la conversación al punto en el que se hallaba antes de irse al garete.

– Frustración, supongo. No lo sé.

Fue a la nevera y sacó una botella de Heineken. La abrió y la dejó en la mesa del rincón del desayuno, junto a la puerta cristalera. Entonces se quitó la chaqueta, la colgó en el respaldo de una de las sillas y se sentó.

– ¿Quieres saber qué ha pasado? Te lo contaré. A petición de un detective del Departamento de Policía de Nueva York con el ridículo nombre de Randy Clamm, he hecho un trayecto de tres horas hasta una triste casa del Bronx donde habían matado a un desempleado. Lo habían acuchillado en la garganta.

– ¿Por qué te llamó?

– Ah. Buena pregunta. Parece que el detective Clamm se enteró del asesinato de Peony. La similitud del método le hizo llamar a la Policía de Peony, que lo pasó a la comisaría central de la Policía regional, que lo pasó al capitán que supervisa el caso, un capullo lameculos llamado Rodríguez, cuyo cerebro es justo lo bastante grande para reconocer una pista de mierda.

– ¿Así que te lo pasó a ti?

– Al fiscal, que automáticamente me lo pasó a mí.

Madeleine no dijo nada, aunque la pregunta obvia estaba en su mirada.

– Sí, yo sabía que era una pista dudosa. Acuchillar en esa parte del mundo es sólo otra forma de discutir, pero por alguna razón pensé que podría encontrar algo que relacionara los dos casos.

– ¿Nada?

– No. Aunque durante un rato tuve esperanza. La viuda parecía callarse algo. Finalmente reconoció que había intervenido en la escena del crimen. Había una flor en el suelo que aparentemente le había comprado el marido. Ella temía que los agentes que recogían las pruebas se la llevaran y quería conservarla, es comprensible. Así que la recogió y la puso en un jarrón. Fin de la historia.

– ¿Esperabas que reconociera haber cubierto algunas huellas en la nieve o haber escondido una silla plegable?

– Algo así. Pero sólo resultó ser una flor de plástico.

– ¿De plástico?

– De plástico-. Tomó un largo y lento trago de la Heineken-. No es un regalo de muy buen gusto, supongo.

– No es ningún regalo -dijo Madeleine con cierta convicción.

– ¿Qué quieres decir?

– Las flores de verdad pueden ser un regalo, casi siempre lo son. Las flores artificiales son otra cosa.

– ¿Qué?

– Elementos de decoración, diría. Las posibilidades de que un hombre le compre flores de plástico a una mujer son las mismas a que le compre un rollo de papel de pared con flores.

– ¿Qué me estás diciendo?

– No estoy segura, pero si esa mujer encontró una flor de plástico en la escena del crimen y supuso que su marido se la había llevado, creo que se equivoca.

– ¿De dónde crees que salió?

– No tengo ni idea.

– La mujer parecía muy segura de que era un regalo para ella.

– Es lo que quería creer, ¿no?

– Quizá sí. Pero si él no la llevó a la casa, y suponiendo que el hijo estuviera fuera con ella toda la tarde como asegura la mujer, eso dejaría al asesino como única fuente posible.

– Supongo -dijo Madeleine, con interés decreciente.

Gurney sabía que su esposa trazaba una línea clara entre entender lo que una persona real haría bajo determinadas circunstancias y esbozar etéreas hipótesis respecto al origen de un objeto en una sala. Gurney sentía que acababa de cruzar esa línea, pero insistió de todos modos.

– Entonces, ¿por qué un asesino dejaría una flor junto a su víctima?

– ¿Qué clase de flor?

Siempre podía confiar en que ella plantearía una pregunta más específica.

– No estoy seguro de qué era. Sé lo que no era. No era una rosa, ni un clavel, ni una dalia. Pero era un poco similar a todas ellas.

– ¿En qué sentido?

– Bueno, para empezar me recordó una rosa, pero era más grande, con muchos más pétalos, más juntos. Era casi del tamaño de un clavel grande o de una dalia, pero los pétalos eran más anchos, un poco como pétalos de rosa arrugados.

Por primera vez desde que él había llegado a casa, el rostro de Madeleine estaba animado por un interés real.

– ¿Se te ha ocurrido algo? -preguntó.

– Quizás…, hum…

– ¿Qué? ¿Sabes qué clase de flor es?

– Creo que sí. Y es una buena coincidencia.

– Dios, ¿vas a decírmelo?

– A no ser que me equivoque, la flor que acabas de describir se parece mucho a una peonía.

La botella de Heineken se le resbaló de la mano.

– ¡Dios santo!

Después de hacerle varias preguntas pertinentes sobre peonías a Madeleine, se fue al estudio para efectuar algunas llamadas.

36

Una cosa lleva a la otra

Cuando colgó el teléfono, Gurney ya había convencido al detective Clamm de que tenía que ser algo más que una coincidencia que la flor que daba nombre a la localidad donde se había producido el primer homicidio apareciera en la escena del segundo crimen.

También propuso que se tomaran varias medidas sin más dilación: llevar a cabo un registro completo de la casa de los Schmitt en busca de cartas o notas extrañas, cualquier cosa en verso, cualquier cosa manuscrita, cualquier cosa con tinta roja; alertar al forense de la combinación de disparo de pistola y cortes con una botella rota usado en Peony, por si querían efectuar un segundo examen del cadáver de Schmitt; peinar la casa en busca de pruebas de un disparo o material que pudiera haberse usado para amortiguarlo; rebuscar en el terreno del inmueble y de los inmuebles adjuntos y en caminos entre la casa y la alambrada en busca de botellas rotas, en especial botellas de whisky; y empezar a recopilar un perfil biográfico de Albert Schmitt para buscar posibles vínculos con Mark Mellery, conflictos o enemigos, complicaciones legales o problemas relacionados con el alcohol.

Cuando por fin se dio cuenta del tono perentorio de sus sugerencias, frenó y pidió disculpas.

– Lo siento, Randy. Me estoy pasando de la raya. El caso Schmitt es todo suyo. Usted es el responsable, así que el siguiente movimiento es cosa suya. Yo no estoy al mando, y lamento haberme comportado como si lo estuviera.

– No importa. Por cierto, tengo a un teniente Everly aquí que dice que estuvo en la academia con un tal Dave Gurney. ¿Es usted?

Gurney rio. Había olvidado que Bobby Everly había terminado en esa comisaría.

– Sí, ése soy yo.

– Bueno, señor, en ese caso, recibiré de buen grado cualquier sugerencia suya en cualquier momento. Y cuando quiera volver a hablar con la señora Schmitt, puede hacerlo. Creo que lo hizo muy bien con ella.