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– ¿No crees que es el asesino en serie habitual?

– No la versión estándar, no.

– ¿Demasiada comunicación con las víctimas?

– Sí. Y demasiada diversidad entre las víctimas, tanto desde el punto de vista personal como desde el geográfico. El típico asesino en serie no se desplaza de los Catskills al East Bronx o al centro de Massachusetts persiguiendo autores famosos, vigilantes nocturnos jubilados y solitarios desagradables.

– Han de tener algo en común.

– Todos fueron bebedores, y las pruebas indican que el asesino está centrado en esta cuestión. Pero han de tener algo más en común, de lo contrario, ¿por qué tomarse las molestias de elegir víctimas separadas trescientos kilómetros una de otra?

Se quedaron en silencio. Gurney, con aire ausente, suavizó las arrugas de la colcha en el espacio que los separaba. Madeleine lo observó un rato, con las manos descansando en su libro.

– Será mejor que me vaya -dijo él.

– Ten cuidado.

– Sí-. Se levantó despacio, casi artríticamente-. Te veré por la mañana.

Madeleine lo miró con una expresión que él nunca podía traducir en palabras, ni siquiera sabía si era buena o mala, pero que conocía bien. Sintió su impacto, casi físico, en el centro del pecho.

Era bien pasada la medianoche cuando salió de la autopista de peaje de Massachusetts, y la una y media cuando conducía por la calle principal desierta de Sotherton. Diez minutos después, en una calle llena de surcos, Quarry Road, llegó hasta una reunión desordenada de vehículos de policía, uno de los cuales tenía los faros encendidos. Aparcó a su lado. Cuando bajó del coche, un policía uniformado de aspecto irritado salió del vehículo iluminado.

– Quieto. ¿Adonde cree que va? -No sólo parecía enfadado, sino también exhausto.

– Me llamo Gurney, he venido a ver al detective Gowacki.

– ¿Para qué?

– Me está esperando.

– ¿De qué se trata?

Gurney se preguntó si los nervios del tipo venían de un día largo o de una actitud pésima por naturaleza. No soportaba muy bien ese tipo de actitudes.

– Se trata de que me ha pedido que venga. ¿Quiere una identificación?

El policía encendió su linterna y la enfocó a la cara de Gurney.

– ¿Quién ha dicho que era?

– Gurney, de la oficina del fiscal, investigador especial.

– ¿Por qué cono no lo ha dicho?

Gurney sonrió sin ninguna emoción que semejara simpatía.

– ¿Va a decirle a Gowacki que estoy aquí?

Después de una pausa final de hostilidad, el hombre se volvió y se encaminó por el borde externo de un largo camino. Éste ascendía hacia una casa que parecía bajo la luz de generador que iluminaba el terreno para los técnicos de la escena del crimen a medio terminar. Sin que lo invitaran, Gurney lo siguió.

El sendero giraba a la izquierda al acercarse a la casa y llegaba a la abertura de un garaje en el sótano para dos vehículos, que en ese momento alojaba un coche. Al principio, Gurney pensó que las puertas del garaje estaban abiertas, hasta que se dio cuenta de que no había puertas. La capa de un dedo de nieve que cubría el sendero continuaba dentro. El policía se detuvo en la abertura, bloqueada por la cinta de la escena del crimen, y gritó:

– ¡Mike!

No hubo respuesta. El agente se encogió de hombros, como si hubiera hecho un esfuerzo honesto, hubiera fracasado y eso fuera el final de la cuestión. Entonces se oyó una voz cansada procedente del patio que había detrás de la casa.

– Aquí.

Sin esperar, Gurney se dirigió en esa dirección rodeando el perímetro de la cinta.

– Tenga cuidado de no pasar la cinta.

La advertencia del policía le sonó como el último ladrido de un perro testarudo.

Rodeando la esquina trasera de la casa, vio que la zona, brillante como el día bajo los focos, no era exactamente el «patio» que había esperado. Igual que la casa, combinaba de manera extraña lo inacabado con lo decrépito. Un hombre de constitución pesada y con problemas de alopecia estaba de pie en un tramo de improvisados escalones en la puerta de atrás. Los ojos del hombre examinaron los dos mil metros cuadrados de espacio abierto que separaban la casa del matorral de zumaque.

El terreno estaba lleno de baches, como si no lo hubieran nivelado desde que rellenaron los cimientos. Trozos de madera de encofrado apilados aquí y allá habían adquirido un tono gris por estar a la intemperie. La casa estaba revocada sólo en parte y el aislante plástico antihumedad sobre la cubierta de contrachapado estaba descolorido por el sol. La impresión no era la de una obra en progreso, sino la de una construcción abandonada.

Cuando la mirada del hombre corpulento se posó en Gurney, examinó a éste unos segundos antes de preguntar:

– ¿Usted es el hombre de los Catskills?

– Exacto.

– Camine otros tres metros por la cinta, luego pase por debajo y venga aquí, a la puerta de atrás. Tenga cuidado de no acercarse a esa fila de pisadas que van de la casa al sendero.

Presumiblemente era Gowacki, pero Gurney tenía aversión a adivinar, así que formuló la pregunta y obtuvo un gruñido de confirmación.

Al acercarse por el yermo que debería haber sido el patio trasero, se acercó lo bastante a las pisadas para observar que se parecían a las que habían hallado en el instituto.

– ¿Le resultan familiares? -preguntó Gowacki, que miró a Gurney con curiosidad.

No había nada grueso en la percepción del detective grueso, pensó Gurney. Asintió. Era su turno de ser perspicaz.

– ¿Esas pisadas le inquietan?

– Un poco -dijo Gowacki-. No las pisadas exactamente. Más bien la localización del cadáver en relación con las pisadas. Sabe algo, ¿no?

– ¿La localización del cadáver tendría más sentido si la dirección de las pisadas fuera la contraria?

– Si la dirección fuera… Espere un momento… Sí, joder, ¡todo el sentido! -Miró a Gurney. ¿Con qué coño estamos tratando aquí?

– Para empezar estamos tratando con alguien que ha matado a tres personas (tres que sepamos) en la última semana. Es un planificador y un perfeccionista. Deja muchos indicios, pero sólo los que quiere que veamos. Es extremadamente inteligente, probablemente bien educado, y quizá detesta a la Policía más de lo que odia a las víctimas. Por cierto, ¿el cuerpo sigue aquí?

Gowacki parecía estar asimilando la respuesta de Gurney.

– Sí, el cadáver está aquí dijo por fin. Quiero que lo vea. Pensaba que podría reparar en algo, a partir de lo que conoce de los otros dos casos. ¿Preparado para echar un vistazo?

La puerta de atrás de la casa llevaba a una zona pequeña sin terminar que probablemente pretendía ser un lavadero, dada la posición de las cañerías instaladas, pero no había lavadora ni secadora. Ni siquiera había un muro de mampostería sobre el aislamiento. La única iluminación la proporcionaba una bombilla desnuda en un portalámparas blanco clavado en una viga expuesta del techo.

El cadáver yacía boca arriba bajo esa luz dura y hostil; la mitad del cuerpo en el supuesto lavadero y la otra mitad en la cocina que se hallaba detrás del umbral sin pulir que los separaba.

– ¿Puedo verlo más de cerca? -preguntó Gurney, haciendo una mueca.

– Para eso ha venido.

El examen más atento reveló un charco de sangre coagulada que, desde las múltiples heridas en la garganta, se había extendido por el suelo de la cocina y bajo una mesa de desayuno de bazar benéfico. La cara de la víctima estaba cargada de rabia, pero las líneas más amargas marcadas en aquel rostro duro y grande eran el producto de toda una vida y no revelaban nada sobre la agresión final.

– Tiene pinta de infeliz -dijo Gurney.

– Un miserable hijo de puta es lo que era.

– Colijo que han tenido problemas en el pasado con el señor Kartch.

– Sólo problemas. Todos ellos innecesarios.