Выбрать главу

Blatt entró primero en la estancia, que a Gurney le pareció más descuidada que la vez anterior. En la moqueta desteñida, había manchas en las que no se había fijado antes. El reloj, colgado no muy recto y demasiado pequeño para la pared, marcaba las doce del mediodía. Como de costumbre, Gurney llegaba justo a tiempo: menos una virtud que una neurosis. Tanto llegar tarde como llegar temprano le hacían sentirse incómodo.

Blatt se sentó a la mesa. Wigg y Hardwick ya estaban allí, en las mismas sillas que en la primera reunión. Una mujer con expresión tensa estaba de pie junto a la cafetera del rincón, obviamente contrariada por el hecho de que a Gurney no lo acompañara la persona a la que ella estaba esperando. Se parecía tanto a Sigourney Weaver que Gurney se preguntó si estaba haciendo un esfuerzo consciente por cultivar el parecido.

Las tres sillas más cercanas al centro de la mesa ovalada estaban inclinadas hacia delante, como en la otra ocasión. Cuando Gurney se dirigió a por el café, Hardwick sonrió como un tiburón.

– Detective de primera clase Gurney, tengo una pregunta para usted.

– Hola, Jack.

– O mejor aún, tengo una respuesta para usted. Veamos si adivina de qué pregunta se trata. La respuesta es «un cura apartado del sacerdocio en Boston». Para ganar el gran premio lo único que ha de hacer es adivinar la pregunta.

En lugar de responder, Gurney cogió una taza, se fijó en que no estaba muy limpia, volvió a guardarla, probó otra, luego una tercera y, al final, volvió a la primera.

Sigourney estaba dando golpecitos con el pie y mirando su Rolex en una parodia de impaciencia.

– Hola -dijo Gurney, llenando con resignación la taza manchada con lo que esperaba que fuera café antisépticamente caliente-. Soy Dave Gurney.

– Yo soy la doctora Holdenfield -respondió la mujer, como si estuviera mostrando una escalera de color como respuesta a una pareja de doses-. ¿Sheridan está en camino?

Algo complejo en el tono de la mujer captó la atención de Gurney. Y el nombre de Holdenfield le sonaba.

– No lo sé-. Se preguntó qué clase de relación podría existir entre el fiscal del distrito y la doctora-. Si no le importa que se lo pregunte, ¿qué clase de doctora es?

– Psicóloga forense -dijo con aire ausente, sin mirarlo a él, sino al suelo.

– Como he dicho, detective -intervino Hardwick, en voz demasiado alta para el tamaño de la sala-, si la respuesta es un cura de Boston apartado del sacerdocio, ¿cuál es la pregunta?

Gurney cerró los ojos.

– Por el amor de Dios, Jack, ¿por qué no me lo dices?

Hardwick arrugó la cara en expresión de desagrado.

– Entonces tendría que explicarlo dos veces, para ti y para el comité ejecutivo. Señaló con la cabeza hacia las sillas inclinadas.

La doctora miró otra vez su reloj. La sargento Wigg observó lo que ocurría en la pantalla de su portátil como respuesta a las teclas que estaba pulsando. Blatt parecía aburrido. La puerta se abrió y entró Kline, con aspecto preocupado, seguido por Rodríguez, que llevaba una gruesa carpeta y tenía un semblante más malévolo que nunca. También vio a Stimmel, con aspecto de rana pesimista. Cuando se sentaron, Rodriguez arqueó las cejas en ademán de interrogación.

– Adelante -dijo Kline.

Rodriguez fijó su mirada en Gurney, con los labios apretados en una línea fina.

– Ha ocurrido un suceso trágico. Un agente de policía de Connecticut enviado a casa de Gregory Dermott, según se me ha informado debido a su insistencia, ha sido asesinado.

Todos los ojos en la sala, con diversos grados de curiosidad desagradable, se volvieron hacia Gurney.

– ¿Cómo? -Formuló la pregunta con calma, sobreponiéndose a una punzada de ansiedad.

– Igual que su amigo-. Había algo agrio e insinuante en el tono de Rodriguez que Gurney decidió pasar por alto.

– Sheridan, ¿qué demonios está pasando aquí? -La doctora, que estaba de pie en un extremo de la mesa, sonó tan hostil como Sigourney en Alien, y Gurney decidió que tenía que hacerlo a propósito.

– ¡Becca! Lo siento, no te había visto. Estamos muy atareados. Una complicación de último momento. Aparentemente otro asesinato-. Se volvió hacia Rodriguez-. Rod, ¿por qué no pones a todos al corriente de lo ocurrido con el policía de Connecticut? -Sacudió rápidamente la cabeza, como si tuviera agua en los oídos-. ¡Es el caso más enrevesado que he visto jamás!

– Cierto -coincidió Rodriguez, abriendo la carpeta-. A las 11.25 de esta mañana hemos recibido una llamada del teniente John Nardo, del Departamento de Policía de Wycherly, Connecticut, en relación con un homicidio en la propiedad de un tal Gregory Dermott, conocido por nosotros como el propietario del apartado postal en el caso Mark Mellery. A Dermott se le había brindado protección policial temporal ante la insistencia del investigador especial David Gurney. A las ocho de esta mañana…

Kline levantó la mano.

– Espera un segundo, Rod. Becca, ¿conoces a Dave?

– Sí.

La fría y cortante respuesta afirmativa parecía concebida para evitar cualquier presentación más extensa, pero Kline continuó de todos modos.

– Vosotros dos tendréis mucho de qué hablar: la psicóloga con el historial de perfiles más preciso, y el detective con más detenciones por homicidio de la historia del Departamento de Policía de Nueva York.

El elogio pareció dejar a todo el mundo incómodo, pero también hizo que Holdenfield mirara a Gurney con cierto interés por vez primera. Y aunque él no era un entusiasta de los profilers profesionales, supo por qué su nombre le era familiar.

Kline continuó, al parecer decidido a destacar a sus dos estrellas.

– Becca lee sus mentes, Gurney les da caza: Cannibal Claus, Jason Strunk, Peter Possum «Como se llame»…

La doctora se volvió hacia Gurney, abriendo un poco más los ojos.

– ¿Piggert? ¿Fue su caso?

Gurney asintió.

– Una detención muy celebrada -dijo ella con un atisbo de admiración.

Gurney logró esbozar una sonrisita abstraída. Lo ocurrido en Wycherly y la pregunta respecto a que si el poema que había enviado por correo tenía alguna relación con la muerte del agente de policía lo estaba devorando.

– Continúa, Rod -dijo Kline de un modo abrupto, como si el capitán hubiera sido el causante de la interrupción.

– A las ocho de esta mañana, Gregory Dermott fue a la oficina postal de Wycherly acompañado por el agente Gary Sissek. Según Dermott, volvieron a las ocho y media. A esa hora preparó un poco de café y tostadas y revisó su correo, mientras el agente Sissek permanecía fuera para comprobar los perímetros de la propiedad y la seguridad externa de la casa. A las nueve, Dermott fue a buscar al agente Sissek y descubrió su cadáver en el porche de atrás. Llamó a Emergencias. Los primeros en responder protegieron la escena del crimen y encontraron una nota enganchada en la puerta de atrás, cerca del cadáver.

– ¿Bala y múltiples heridas de corte como los demás? preguntó Holdenfield.

– Heridas de corte evidentes, no se ha confirmado todavía lo de la bala.

– ¿Y la nota?

Rodríguez leyó de un fax en su carpeta.

«¿De dónde he venido? / ¿Adonde he ido? / ¿Habrá aún más muertos / por desconocerlo?»

– El mismo rollo extraño -dijo Kline. ¿Qué opinas, Becca?

– El proceso podría estar acelerándose.

– ¿El proceso?

– Hasta ahora todo había sido cuidadosamente planeado: la elección de las víctimas, la serie de notas, todo. Pero en esta ocasión es diferente, más reactivo que planificado.