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Si nadie la elegía, encontraba una razón para interrumpir el truco al crear alguna clase de distracción (recordando de repente que tenía que poner la tetera o algo así), de manera que nadie podía darse cuenta de que había un problema en el truco en sí. Pero casi nunca tenía que hacerlo. Por la forma en que presentaba el abanico, la primera o la segunda o la tercera persona a la que se lo ofrecía casi siempre elegía la carta que él quería. Y si no, sólo tenía que hacer su pequeña rutina en la cocina. Después volvía y empezaba con el truco otra vez. Y por supuesto siempre tenía una forma perfectamente plausible de eliminar a la gente que elegía las cartas equivocadas, de manera que nadie podía darse cuenta de lo que estaba pasando en realidad.

Rodríguez bostezó.

– ¿Esto está relacionado de algún modo con el asunto del 658?

– No estoy seguro -dijo Gurney-, pero la idea de alguien pensando que está eligiendo una carta al azar, cuando en realidad ese azar está controlado…

La sargento Wigg, que había estado escuchando con creciente interés, intervino.

– Su truco de cartas me recuerda esa estafa de detective privado de finales de los noventa.

Ya se debiera a su voz inusual, situada en un registro en el que lo masculino y lo femenino se solapaban, o al hecho poco frecuente de que estuviera hablando, la cuestión es que captó la atención instantánea de todos.

– El destinatario recibe una carta de una supuesta empresa de detectives privados en la que ésta se disculpa por una invasión de intimidad. La compañía «confiesa» que en el curso de una vigilancia habían seguido por error a este individuo durante varias semanas y lo habían fotografiado en diversas situaciones. Aseguran que la legislación les exige devolver todas las copias existentes de estas fotos. Entonces llega la pregunta trampa: como algunas de las fotos parecen ser de naturaleza comprometedora, ¿el individuo querría que le enviaran las fotos a un apartado postal en lugar de a su casa? En ese caso, tendrá que enviarles cincuenta dólares para cubrir los gastos adicionales.

– Alguien lo bastante estúpido para caer en eso se merece perder los cincuenta dólares -se burló Rodríguez.

– Oh, alguna gente perdió mucho más que eso -dijo Wigg plácidamente-. No se trataba de cobrar los cincuenta dólares. Era sólo una prueba. El que hizo la trampa envió más de un millón de esas cartas, y el único propósito de la petición de cincuenta dólares era crear una lista refinada de personas que se sintieran lo bastante culpables sobre su conducta para no querer que cayeran fotos de sus actividades en manos de sus esposas. A esos individuos se los sometía entonces a una serie de peticiones económicas mucho más exorbitantes relacionadas con la devolución de las fotografías comprometedoras. Algunos terminaron pagando hasta quince mil dólares.

– ¡Por fotos que nunca existieron! -exclamó Kline con una amalgama de indignación y admiración por el ingenio de la estafa.

– La estupidez de la gente nunca deja de asom… -empezó Rodríguez, pero Gurney lo interrumpió.

– ¡Cielo santo! ¡Eso es! Eso era la petición de 289 dólares. Es lo mismo. ¡Es un test!

Rodríguez parecía desconcertado.

– ¿Un test de qué?

Gurney cerró los ojos para visualizar mejor la carta que Mellery había recibido.

Torciendo el gesto, Kline se volvió hacia Wigg.

– Ese timador, ¿has dicho que envió un millón de cartas?

– Esa es la cifra que recuerdo de los informes de prensa.

– Entonces, obviamente, es una situación muy diferente. Aquello era básicamente una campaña de marketing directo fraudulento, una gran red arrojada para pillar a unos pocos peces culpables. No es de eso de lo que estamos hablando. Estamos hablando de notas manuscritas escritas a un puñado de personas, personas para las que el número seiscientos cincuenta y ocho tenía algún significado personal.

Gurney abrió lentamente los ojos y miró a Kline.

– Pero no lo tenía. Al principio yo lo supuse, porque ¿de qué otra manera se le pudo ocurrir? Así que no dejé de plantearle a Mark Mellery esa pregunta, ¿qué significaba el número para él? ¿A qué le recordaba? ¿Lo había visto escrito alguna vez? ¿Era el precio de algo, una dirección, la combinación de una caja fuerte? Pero no dejaba de insistir en que el número no significaba nada para él, que simplemente se le había ocurrido de manera aleatoria. Y creo que estaba diciendo la verdad. Así que tiene que haber otra explicación.

– Eso significa que vuelve al punto de partida -dijo Rodríguez, poniendo los ojos en blanco con exagerado cansancio.

– Quizá no. Tal vez la estafa que nos ha contado la sargento Wigg está más cerca de la verdad de lo que pensamos.

– ¿Está tratando de decirme que nuestro asesino mandó un millón de cartas? ¿Un millón de cartas manuscritas? Eso es ridículo, por no decir imposible.

– Estoy de acuerdo en que un millón de cartas sería imposible, a menos que contara con mucha ayuda, lo cual parece poco probable. Pero ¿qué número sería posible?

– ¿Qué quiere decir?

– Supongamos que nuestro asesino tenía un plan que requería enviar cartas a un montón de personas, cartas manuscritas, para que cada destinatario tuviera la impresión de que su carta era una comunicación personal única. ¿Cuántas cartas cree que podría haber escrito en, digamos, un año?

El capitán levantó las manos, dando a entender que la pregunta no era sólo imposible de responder, sino también frivola. Kline y Hardwick parecían más serios, como si estuvieran realizando alguna clase de cálculo. Stimmel, como siempre, proyectaba una inescrutabilidad anfibia. Rebecca Holdenfield estaba observando a Gurney con creciente fascinación. Blatt tenía aspecto de que estaba tratando de determinar la fuente de un mal olor.

Wigg fue la única que habló.

– Cinco mil -dijo-. Diez mil, si estuviera muy motivado. Hasta quince mil, pero eso sería difícil.

Kline la observó con los ojos entrecerrados, con expresión de abogado escéptico.

– Sargento, ¿en qué se basan exactamente esos números?

– Para empezar, un par de suposiciones razonables.

Rodríguez negó con la cabeza, dando a entender que nada en este mundo era más falible que las suposiciones razonables de otras personas. Si Wigg se fijó, no le importó lo suficiente para dejar que la distrajeran.

– Primero está la suposición de que el modelo de la estafa del detective privado es aplicable. Si lo es, se deduce que la primera comunicación, la que pedía el dinero, sería enviada al máximo número de personas, y las comunicaciones posteriores sólo a las personas que respondieron. En nuestro caso, sabemos que la primera comunicación consistía en dos notas de ocho líneas, un total de dieciséis líneas cortas, más una dirección de tres líneas en el sobre exterior. Salvo por las direcciones, las cartas serían todas iguales, lo que haría que la escritura fuera repetitiva y rápida. Calculo que cada una tardaría en completarse unos cuatro minutos. Eso serían quince por hora. Si dedicaba sólo una hora al día, habría redactado más de cinco mil en un año. Dos horas: casi once mil. En teoría, podría hacer muchas más, pero existen límites incluso para la persona más obsesiva.

– De hecho -dijo Gurney al darse cuenta del nerviosismo de un científico que finalmente ve un patrón en un mar de datos-, once mil serían más que suficientes.

– ¿Suficientes para qué? -preguntó Kline.

– Suficientes para hacer el truco del seiscientos cincuenta y ocho, para empezar -dijo Gurney-. Y ese pequeño truco, si lo hizo como estoy pensando que lo hizo, también explicaría la petición de 289,87 dólares en la primera carta a cada una de las víctimas.

– Guau -dijo Kline, levantando la mano-. Frene. Está yendo demasiado deprisa.

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