Kline se estaba recostando tanto en la silla que apenas estaba en ella.
– Pero ¿por qué esa cantidad exacta de dólares y céntimos?
– Eso me inquietó desde el principio, y todavía no estoy seguro, pero al menos hay una posible razón: para asegurarse de que la víctima enviaría un cheque y no el dinero en efectivo.
– Eso no era lo que decía la primera carta -señaló Rodríguez-. Decía que el dinero se enviara en cheque o en efectivo.
– Lo sé, y esto suena tremendamente sutil -dijo Gurney-, pero creo que la aparente elección pretendía distraer la atención de la necesidad vital de que fuera un cheque. Y la cantidad compleja estaba pensada para desalentar el pago en efectivo.
Rodríguez puso los ojos en blanco.
– Mire, sé que la palabra fantasía no es muy popular aquí hoy, pero no sé cómo más llamar a eso.
– ¿Por qué era vital que el pago se enviara en forma de cheque? -preguntó Kline.
– El dinero en sí no le importaba al asesino. Recuerde que los cheques no se cobraron. Creo que tuvo acceso a ellos en algún momento del proceso de entrega al buzón de Gregory Dermott, y eso era lo único que quería.
– Lo único que quería, ¿a qué se refiere?
– ¿Qué hay en el cheque, además de la cantidad y el número de cuenta?
Kline pensó un momento.
– ¿El nombre del titular de la cuenta y la dirección?
– Exacto -dijo Gurney-. Nombre y dirección.
– Pero ¿por qué…?
– Tenía que lograr que la víctima se identificara. Al fin y al cabo, había enviado miles de cartas. Pero cada víctima potencial estaría convencida de que la carta que había recibido era únicamente para él, y que procedía de alguien que lo conocía muy bien. ¿Y si se limitaba a enviar un sobre con el efectivo solicitado? No habría tenido ningún motivo para incluir su nombre y dirección, y el asesino no podía pedirle de un modo específico que lo incluyera, porque eso destruiría por completo la premisa «conozco tus secretos más íntimos». Conseguir esos cheques era una forma sutil de obtener los nombres y las direcciones de los que respondían. Y quizá, si averiguaba lo que deseaba en la oficina postal, la forma más fácil de desembarazarse de los cheques después era simplemente pasarlos en sus sobres originales al buzón de Dermott.
– Pero el asesino tendría que abrirlos con vapor y volver a cerrar los sobres -dijo Kline.
Gurney se encogió de hombros.
– Una alternativa sería tener algún tipo de acceso después de que Dermott abriera él mismo los sobres, pero antes de que tuviera ocasión de devolver los cheques a sus remitentes. Eso no requeriría vapor ni volver a cerrarlos, pero plantea otros problemas y preguntas, cosas que hemos de investigar en relación con la rutina de Dermott, individuos con posible acceso a su casa y demás.
– Lo cual -gruñó Hardwick en voz alta- nos devuelve a mi pregunta, que Sherlock Gurney aquí presente ha calificado como la pregunta más importante de todas. A saber, ¿quién coño está en esa lista de once mil candidatos a víctimas de homicidio?
Gurney levantó la mano en el gesto habitual del policía de tráfico.
– Antes de que intentemos responder a eso, dejen que recuerde a todos que once mil es sólo una estimación. Es una cifra posible y apoya estadísticamente nuestra tesis respecto del seiscientos cincuenta y ocho. En otras palabras, es un número que funciona. Pero como ha señalado la sargento Wigg, el número real podría estar en cualquier lugar entre cinco mil y quince mil. Cualquier cantidad entre ésas sería lo bastante pequeña para que fuera factible y lo bastante grande para producir un puñado de personas que eligieran al azar el seiscientos cincuenta y ocho.
– A no ser, por supuesto, que se esté equivocando por completo -señaló Rodríguez-, y que toda esta especulación sea una colosal pérdida de tiempo.
Kline se volvió hacia Holdenfield.
– ¿Qué te parece, Becca? ¿Vamos bien? ¿Nos estamos equivocando?
– Hay aspectos de la teoría que me resultan absolutamente fascinantes, pero me gustaría reservarme mi opinión final hasta que oiga la respuesta a la pregunta del sargento Hardwick.
Gurney sonrió, esta vez de un modo genuino.
– Rara vez plantea una pregunta sin tener antes una buena idea de la respuesta. ¿Te importa compartirla, Jack?
Hardwick se masajeó el rostro con las manos durante varios segundos, otro de los incomprensibles tics que tanto habían irritado a Gurney cuando trabajaban juntos en el caso de matricidio parricidio de Piggert.
– Si nos detenemos en la característica más significativa que todas las víctimas tienen en común (a la que se refieren los poemas amenazadores), podríamos concluir que sus nombres formaban parte de una lista de personas con problemas graves con la bebida. -Hizo una pausa-. La pregunta es: ¿qué lista es ésa?
– ¿La lista de miembros de Alcohólicos Anónimos? -propuso Blatt.
Hardwick negó con la cabeza.
– No existe semejante lista. Se toman la chorrada del anonimato muy en serio.
– ¿Y una lista compilada de datos públicos? -dijo Kline-. Arrestos relacionados con el alcohol, condenas.
– Podría elaborarse una lista así, pero dos de las víctimas no figurarían en ella. Mellery no tiene historial de detenciones. El cura pederasta sí, pero el cargo era poner en peligro la moral de un menor, nada sobre alcohol en el registro público, aunque el detective de Boston con el que hablé me dijo que el buen padre después logró que desestimaran los cargos a cambio de declararse culpable de un delito menor, pues achacó su conducta a su alcoholismo y accedió a someterse a una larga rehabilitación.
Kline entrecerró los ojos en ademán reflexivo.
– Bueno, entonces, ¿podría ser una lista de pacientes en esa rehabilitación?
– Es concebible -dijo Hardwick, que retorció el gesto de un modo que venía a decir que no lo era.
– Quizá deberíamos investigarlo.
– Claro. -El tono casi insultante de Hardwick creó un silencio incómodo que rompió Gurney.
– En un intento por ver si podía establecer una conexión entre las víctimas, empecé a pensar en su rehabilitación. Por desgracia, no lleva a ninguna parte. Albert Schmitt pasó veintiocho días en un centro del Bronx hace cinco años, y Mellery pasó veintiocho días en un centro de Queens hace quince años. Ninguno de los centros ofrece terapias de larga duración, lo cual significa que el cura tuvo que ir a otro distinto. Así que aunque nuestro asesino trabajara en uno de esos centros y su trabajo le diera acceso a miles de registros de pacientes, cualquier lista elaborada de esa manera incluiría el nombre de sólo una de las víctimas.
Rodríguez se volvió en su silla y se dirigió directamente a Gurney.
– Su teoría depende de la existencia de una lista gigante, quizá cinco mil nombres, tal vez once mil. He oído que Wigg dice que quizá quince mil, da igual, parece que no para de cambiar. Pero no hay ninguna fuente para esa lista. Así pues, ¿ahora qué?
– Paciencia, capitán -dijo Gurney con voz tranquila-. Yo no diría que no existe esa lista, simplemente no la hemos encontrado. Parece que yo tengo más fe en sus capacidades que usted mismo.
A Rodríguez le subió la sangre a la cara.
– ¿Fe en mis capacidades? ¿Qué se supone que significa eso?
– ¿En un momento u otro todas las víctimas fueron a rehabilitación? -preguntó Wigg sin hacer caso del exabrupto del capitán.
– No lo sé a ciencia cierta en el caso de Kartch -dijo Gurney, contento de volver al tema-, pero no me sorprendería.
Hardwick intervino.
– El Departamento de Policía de Sotherton nos envió sus antecedentes por fax. El retrato de un auténtico capullo. Agresiones, acoso, borrachera en público, alcohol y desorden, amenazas, amenazas con arma de fuego, conducta obscena, tres detenciones por conducir con exceso de alcohol, dos condenas estatales, por no mencionar una docena de visitas a los calabozos del condado. El material relacionado con el alcohol, sobre todo las detenciones por conducir bajo los efectos del alcohol, hacen que sea prácticamente seguro que lo mandaran a rehabilitación al menos una vez. Puedo pedir a Sotherton que lo averigüe.