– Eso no es el mejor que podemos hacer -dijo Carmichael, sus ojos horadando los míos.
No quise defenderme. Realmente no quería. Pero el peso de esa mirada deslumbrante era demasiado.
– ¿Qué, exactamente, cree que puedo hacer? – Pregunté-. No corro alrededor de los humanos mordiéndolos y cuidándolos cuando se enferman. ¿Sabes cuántos werewolves recién mordidos he encontrado? Ninguno. Cero. No sucede. Nunca he estado cerca de un werewolf hereditario de mayor de edad. No sé que hacer.
– Has pasado por esto.
– ¿Cree que tomé notas? ¿Sabe lo que recuerdo? Recuerdo el Infierno. Completo, con fuego y azufre, demonios y diablillos, lanzas candentes y hoyos sin fondo, llenos de lava. Recuerdo lo que vi aquí -Golpeé mi palma contra mi frente-. Recuerdo lo que imaginé, lo que soñé. Pesadillas, delirios, eso es todo lo que había. No sé una mierda acerca de la temperatura y la presión sanguínea y la respuesta de las pupilas. Alguien más trató con eso. Y cuando todo terminó, no quise saber lo que él había hecho. Todo lo que quería era olvidar.
– Esas visiones del Infierno -dijo Matasumi-. Quizás podría describirlas para mí más tarde. La unión entre lo sobrenatural y el ritual Satánico…
– Por Dios, déjala en paz -dijo Carmichael-. Por una vez. Déjala en paz.
Salió a zancadas del cuarto. Matasumi se inclinó para coger la jeringuilla, luego se detuvo, hizo señas a un guardia para que lo recogiera, y siguió a Carmichael.
¿Habría ayudado yo a Bauer si pudiera? No lo sé. ¿Por qué debería? Ella me secuestró y me lanzó en una jaula. ¿Le debía algo? Infiernos, no. Si la mujer fue lo bastante estúpida para convertirse en un werewolf, no era mi problema. ¿Hice o dije algo que la hiciera desear es locura increíble? ¿Le conté historias de la vida maravillosa y llena de diversión de un werewolf? Claro que no. ¿Busqué la venganza animándola a hundir esa aguja en su brazo? Absolutamente no. Sí, ella era mi enemiga, pero ella se había hecho esto a sí misma. Entonces, ¿por qué me sentía responsable? No lo era. Incluso una parte de mí lamentaba que no poder ayudar, al menos a aliviar su sufrimiento. ¿Por qué? Porque entendía ese sufrimiento. Esta era otra mujer que se había convertido en werewolf, y tan diferente como nuestras circunstancias eran, no quería que sufriera. El resultado sería seguramente la muerte. Esperaba que ocurriera rápidamente.
Hacia la medianoche, Winsloe entró a mi celda. A través de las sombras de una pesadilla inminente, oí la puerta que la puerta se abría, subconscientemente comprendí que el sonido provenía del mundo verdadero, y me obligué a despertar, agradecida por la diversión. Rodé de la cama para ver a Tyrone Winsloe parado en la entrada de la celda, rodeado por la luz del vestíbulo, presentándose, esperando mi consentimiento. Una oleada de desconcertante de temor me traspasó. Era como tener a Bill Gates en la puerta de mi casa -no importaba cuanto deseaba no sentirme impresionada, no podía evitarlo.
– De modo que tú eres la werewolf hembra -dio un paso dentro, flanqueado de por dos guardias-. Un placer conocerte -dijo con una venia fingida-. Soy Ty Winsloe.
Se presentó a sí mismo, no con modestia, como si yo no pudiera reconocerlo, sino con una presunción zalamera, una presentación tan falsa como su venia. Dado que no respondí rápido, un temblor de molestia perturbó sus facciones.
– El Fuego de Prometeo -dijo, dándome el nombre de su compañía de fama mundial.
– Sí, lo sé.
Su cara se reajustó en una sonrisa satisfecha. Haciendo señas a los guardias para que se quedaran quietos, se adentró más en la celda. Su mirada se paseó lentamente sobre mí, por los alrededores, dándole a mi espalda a un lento vistazo, escudriñándome sin vergüenza, como si yo fuera un potencial esclavo en un mercado romano. Cuando se dio vueltas hasta quedar en frente de mí, su mirada hizo una pausa sobre mi pecho, sus labios curvándose hacia abajo en un ceño fruncido y decepcionado.
– Nada mal -dijo-. Nada que un par de implantes no pueden arreglar.
Entrecerré mis ojos. Él pareció no notarlo.
– ¿Alguna vez lo has pensado? -preguntó, su mirada fija sobre mi pecho.
– No planeo tener niños, pero, si alguna vez lo hago, estoy segura que ellos encontrarán este equipo completamente adecuado.
Él echó su cabeza atrás y se rió como si esta fuera la cosa más graciosa que había oído nunca. Luego se inclinó hacia de mí y posó su mirada sobre mi trasero otra vez.
– Gran trasero, sin embargo.
Me senté. Él sólo sonrió y continuó estudiando mi mitad inferior. Luego quitó un bulto de ropa de encima de la mesa.
– Puedes dejar los vaqueros encima -dijo-. Te traje una falda, pero me gustan los vaqueros. Ese trasero fue hecho para los vaqueros. No me gustan los trasero grandes y flojos.
¿Le gustaban las mujeres con traseros pequeños y tetas grandes? Parece que alguien había jugado con demasiadas muñecas Barbie siendo un niño. Eché un vistazo al montón de ropa, pero no hice ningún movimiento para tomarlo.
– La botas -dijo-. Hay una bolsa allí. Quítate el sujetador.
Lo contemplé, incapaz de creer lo que oía. ¿Era una broma, verdad? Se suponía que los millonarios eran excéntricos, de modo que esta debía ser la extraña idea de Winsloe de una broma pesada. Mientras lo miraba fijamente, sus labios se apretaron, no en una sonrisa, sino de resentimiento.
– Toma la ropa, Elena -dijo, toda la jovialidad fuera de su voz.
Detrás de él, los dos guardias avanzaron, apretando sus armas como si quisieran recordarme su presencia. Bien, tal vez no era una broma. ¿Qué le pasaba a la gente en este lugar? En pocas horas yo había visto a una mujer inteligente convertirse en un werewolf y encontraba a un millonario con la madurez y modo de pensar de un muchacho adolescente. Comparado con este hatajo, yo era completamente normal.
De todos modos, me recordé a mi misma, Tyrone Winsloe era el responsable aquí, y era un hombre acostumbrado a obtener lo que quería cuando lo quería. Pero, si él creía que yo me iba a poner un top para que él pudiera mirar con lascivia mis pechos de calidad inferior, pues una muchacha tiene que poner límites, ¿verdad? Yo habían tratado de hacerlo con los callejeros, aunque sabía como manejarlos. Si ellos hablaban así, los regañaba. Si me tocaban, rompía sus dedos. Ellos no lo querrían de ninguna otra forma. Tal como Logan siempre decía, a los callejeros les gustan que sus mujeres tengan pelotas. Ty Winsloe no era un callejero, pero era un tipo con sus hormonas abrumándolo. Lo suficientemente cerca.
– Mis brazos todavía están quemados -dije, dándome vuelta lejos de la ropa-. Se ven como mierda.
– No me importa.
– A mí sí.
Un largo momento de silencio.
– Te pedí que te pusiera el top, Elena -dijo. Me miró, sus labios curvados en una sonrisa sin sentido del humor, exponiendo los dientes de una manera que cualquier lobo habría reconocido.
Paseé mi mirada desde él a los guardias, arrebaté el top del montón, desechando el impulso de devolver un gruñido de advertencia a Winsloe, y conformándome con la idea de entrar en el cuarto de baño.
Entrar en el cuarto de baño para cambiarse era una pérdida de tiempo, considerando la pared transparente, pero aún así, podría volverle la espalda mientras me cambiaba de camisetas. El top era adecuado para una muchacha pre-púber, más bien dicho, para una muchacha pre- púber pero pequeña. Dejaba al aire mi tórax y marcaba surcos en mis hombros. Mirando hacia abajo, vi que no dejaba absolutamente nada a la imaginación. Primero, era muy ceñido. Segundo, era blanco. Círculos oscuros presionaban contra la tela. Si pescaba siquiera la más leve brisa, no sería sólo eso lo que se presionaría contra la tela. Una ola de furia humillada me inundó. Después de que todo lo que había pasado en las últimas doce horas, esto era el clímax. La paja proverbial. Yo no llevaría esto, yo no… me detuve. ¿Yo no haría qué? Recordé la mirada en los ojos de Winsloe cuando yo había desafiado su orden de cambiarme. Recordé los comentarios de Armen Haig acerca del estado mental de Winsloe. ¿Qué haría Winsloe si yo me negara? ¿Quería realmente tomar ese riesgo sobre algo tan trivial como no desear llevar puesta una camiseta que revelaba todo? Froté mis manos sobre mi cara, resistí al impulso de cruzarme de brazos sobre mi pecho, y marché de vuelta a la celda.