– Olvidemos que hemos mantenido esta conversación. No importa si nuestra relación fue una aventura o algo más. Terminó, Slade. Y ha pasado mucho tiempo.
Él frunció el ceño.
– Si tú lo dices, abogada…
– Yo lo digo.
– En tal caso, no hay más que hablar.
Slade se dirigió hacia la salida; pero al pasar por delante de Jamie, la tomó del talle y la levantó del sofá.
– ¡En! ¿Qué estás haciendo?
– ¿Sabes una cosa, Jamie Parsons? Eres la peor mentirosa que he conocido en toda mi vida; y eso no es nada bueno, teniendo en cuenta que te dedicas a la abogacía. Se supone que los abogados tenéis talento para manipular la verdad.
– Yo no he mentido.
– Estupideces.
– En serio, Slade…
– Has mentido. Y quieres que te bese.
El azul de los ojos de Slade se volvió más oscuro y seductor. El pulso de Jamie se volvió irregular.
– ¿Qué? ¡No!
Jamie forcejeó para apartarse de él.
– Te lo has estado preguntando -insistió Slade-. Quieres saber si todavía me deseas.
– Tu arrogancia es asombrosa…
– No es lo único asombroso que tengo.
– Por favor, Slade, suéltame.
La petición de Jamie resultó poco creíble, porque ya no intentaba liberarse de su abrazo. Por mucho que le disgustara, adoraba su contacto físico, el calor de su cuerpo y el olor de su colonia.
Bajó la mirada a sus labios y le parecieron duros, finos como una hoja de afeitar, casi crueles.
– Vamos, Jamie, admítelo. Quieres saberlo.
– Tú eres quien quiere saberlo.
La cara de Slade estaba tan cerca que notó las distintas capas azules en el iris de sus ojos y hasta vio que su cicatriz tenía un tono blanquecino.
– Eso es verdad, y todavía nos quedan unos cuantos minutos de mi hora. Sugiero que los aprovechemos.
– ¿Besándonos?
– Por supuesto.
Antes de que Jamie pudiera respirar, los labios de Slade se apretaron contra los suyos. Ella cerró los ojos y se dejó hacer durante unos segundos, sintiendo las caricias de su lengua, recordando lo mucho que lo había amado, todo lo que habría hecho con tal de conquistar su amor.
Pero no podía permitirlo.
– Basta, Slade -dijo, empujándolo-. Esto no está bien. Los dos lo sabemos.
– ¿Ah, sí?
Slade no hizo ademán de soltarla; pero Jamie apretó los dientes, se resistió con más voluntad y logró apartarse.
– Sí, claro que sí. Ya no soy una adolescente con fantasías románticas, y no voy a cometer los mismos errores que cometí en el pasado. ¿Conoces el dicho del gato escaldado? Pues bien, ese gato soy yo.
Jamie se apoyó en la pared e intentó convencerse de que no lo hacía porque sus piernas amenazaran con doblarse.
– ¿Crees que te voy a escaldar?
– Exacto.
A duras penas, Jamie caminó hasta la cocina, sacó los trescientos dólares del tarro, regresó al salón y le metió los billetes en el bolsillo de la chaqueta.
– Tu tiempo ha terminado -dijo.
Slade sacó el dinero con intención de devolvérselo, pero ella alzó una mano para impedírselo.
– No, ni lo pienses.
Él sonrió con malicia, como un diablo.
– Eres una mujer muy dura, abogada.
– Y me precio de ello.
– Yo también me acuerdo de un dicho, Jamie. ¿Cómo era? Ah, sí… Más dura será la caída.
– Eres un canalla.
– Y me precio de ello.
Jamie se cruzó de brazos.
– No sólo eres un canalla. También eres insoportable.
– Eso me han dicho.
Slade le guiñó un ojo y caminó hacia la puerta con tranquilidad, como si supiera que, más tarde o más temprano, se saldría con la suya.
Cuando llegó a su destino, abrió y dijo:
– Buenas noches, abogada. Que duermas bien.
– Lo haré.
– ¿Sola?
– Así es como quiero dormir.
El aire frío se coló en la casa.
– ¿En serio? Me pregunto qué pasaría si…
– Pues deja de preguntarte -replicó, acercándose a él con paso firme-. Ah, por cierto, eres un neandertal.
Slade la miró con desconcierto.
– ¿Cómo?
– Antes has dicho que no sabías si eras cromagnon o neandertal. Sólo he querido aclarártelo.
– Muchas gracias… -dijo con humor.
– Y hasta nunca -murmuró ella.
Slade cerró la puerta al salir. Jamie lo miró por la ventana y vio que se detenía un momento, antes de llegar a su vehículo, y encendía un cigarrillo. La llama del mechero iluminó los ángulos acerados de su perfil contra la oscuridad de la noche.
Aquel hombre tenía algo increíblemente sexy, absolutamente inolvidable.
Molesta, echó la persiana. Pero sabía que no serviría de nada, porque cuando oyera el motor de su camioneta, volvería a pensar en lo sucedido y sabría que le había mentido a él y a sí misma.
Su relación con Slade McCafferty no era cosa del pasado. No estaba cerrada. Y con toda seguridad, nunca lo estaría.
Capítulo 7
Jamie Parsons tenía novio. Pero al menos, no estaba casada.
– Maldita sea…
Slade dio una vuelta final con la llave inglesa y la dejó caer en la caja de herramientas. Estaba nevando otra vez. Una ráfaga de viento frío sacudió el lateral del granero, al que se había acercado para arreglar un grifo.
Pero ¿qué importaba el estado civil de Jamie? Tanto si estaba casada como si sólo tenía novio, le había dejado bien claro que no quería tener absolutamente nada con él. Y por otra parte, su propia actitud le parecía absurda; había estado quince años sin pensar en ella y ahora no se la podía quitar del pensamiento.
Una y otra vez, rememoraba la conversación que habían mantenido la noche anterior y lamentaba amargamente que estuviera con otro hombre. ¿No había estado él en los quince años transcurridos con más mujeres de las que podía soportar? Pero no había mentido al confesarle que Jamie le daba miedo de joven; ella era tan libre, tan independiente y tan atrevida que temió que aquel amor lo abrasara. Y en cierto modo, lo había hecho.
– Diablos -Abrió el grifo, se aseguró de que ya no goteaba, y lo cerró de nuevo. Estaba tan tenso que había comprobado todas las tuberías del granero y del establo para mantenerse ocupado. No podía estar todo el tiempo con su hermana, vigilándola como un perro sabueso, ni volver a la carga con Jamie. Y sabía que tampoco podría volver a Boulder, ni en aquel momento, ni nunca; su casa le recordaba a Rebecca y al bebé.
Miró al cielo, completamente encapotado, y se preguntó por qué habían muerto. Las horas de duro trabajo no habían servido para que dejara de pensar en Rebecca, cuya imagen desaparecía poco a poco en su memoria; ni para dejar de preocuparse por su hermanastra; ni para dejar de especular sobre Chuck Jansen, el abogado con tres hijos que salía con Jamie.
Estaba seguro de que querría casarse con ella. Chuck podía tener familia y sacarle unos cuantos años, pero seguramente era un hombre rico y también podría ofrecerle dinero, un trabajo, un hogar, seguridad. Sin embargo, Jamie Parsons no era mujer capaz de convertirse en esposa de un ejecutivo y madrastra de sus hijos por pura ambición. Su rebeldía y su independencia se lo impedirían.
Desgraciadamente, Slade sabía que sus elucubraciones carecían de sentido. Jamie no quería saber nada de él, nada de nada.
Se alzó el cuello del abrigo para protegerse del viento y de la nieve y pensó en el beso de la noche anterior. Jamie podía negarlo tanto como quisiera, pero sabía que le había gustado. Había notado su deseo, intenso, urgente, como si llevara esperando ese momento desde hacía años.
– Olvídalo, McCafferty… -se dijo en voz alta.
Slade se inclinó y cerró la caja de herramientas. Aunque Jamie estuviera disponible, no tenía tiempo para aventuras amorosas.