– Tal vez.
Jamie intentó parecer animada, pero no sentía entusiasmo alguno. Desde que estaba en Grand Hope, se había dado cuenta de que tenían muy pocas cosas en común y de que, en realidad, no deseaba estar con él.
Durante meses, se había repetido que Chuck Jansen era un hombre rico, inteligente, atractivo y con éxito, un hombre que merecía ser su compañero; pero ni su pulso ni su respiración se aceleraban cuando estaban juntos. Además, el reencuentro con Slade McCafferty le había abierto los ojos. Ella no deseaba la seguridad, la estabilidad y el dinero que Chuck le podía proporcionar. Deseaba el amor.
– Bueno, tengo que marcharme -dijo él-. Barry acaba de entrar en mi despacho. Hasta pronto, Jamie…
Chuck cortó la comunicación antes de que ella pudiera despedirse.
En cuanto colgó el auricular, Jamie pensó que había cometido un enorme error al darle esperanzas a su jefe; de hecho, había estado saliendo con él por pura conveniencia. No tenían los mismos gustos ni compartían las mismas ilusiones. Con Chuck, ni siquiera podría tener hijos propios; tendría que contentarse con ser madrastra de los suyos.
Tenía que romper con él. Y pronto.
Tenía que romper antes de que se reuniera con los McCafferty y se diera cuenta de que entre Slade y ella había algo, aunque ni la propia Jamie fuera capaz de definirlo.
Por enésima vez, se preguntó qué le estaba pasando con su antiguo novio. Sólo se habían dado un beso, pero las piernas se le volvían de gelatina cuando estaba con él y se estremecía al escuchar su voz.
Por muy estúpidos que le parecieran aquellos sentimientos, no los podía negar. Además, el contraste con la indiferencia que le provocaba Chuck era demasiado evidente.
Se frotó los brazos para calentarse un poco y pensó en el motivo por el que había aceptado salir con su jefe, después de rechazar sus invitaciones durante varias semanas. Por entonces no estaba saliendo con nadie, y le pareció que Chuck era el hombre perfecto: atractivo, poderoso y con mucho sentido del humor. Era mucho mayor que ella y vivía en un mundo completamente distinto, pero representaba todo lo que siempre le había faltado en la vida; en concreto, una figura paterna.
– Qué tonta eres -se dijo.
Jamie se puso unas botas, el abrigo y unos guantes. Después, buscó la cesta más grande que pudo encontrar y salió a afrontar los elementos. No había dejado de nevar en todo el día, de modo que abrió un camino hasta el granero y comprobó el estado de Caesar. El caballo la saludó con un relincho y se animó bastante cuando le puso avena y lo acarició detrás de las orejas.
Tras asegurarse de que el viejo animal estaba bien, se digirió al garaje, llenó la cesta de leña y volvió a la casa. Al llegar al porche, se sacudió la nieve de las botas. Hacía tanto frío que su respiración formaba nubes de vaho.
Ya dentro, descubrió que Lazarus se había tumbado en el sofá, cerca de la chimenea, para mantenerse caliente; el felino bostezó y mostró una lengua larga y unos dientes afilados.
Jamie echó madera al fuego, que despidió llamas azules y empezó a chisporrotear; después, miró la fotografía que estaba sobre la repisa y apretó los dientes. La habían sacado cuarenta años antes, y en ella aparecían sus abuelos y su único hijo, Leonard Parsons, el padre de Jamie.
Leonard había sido un joven atractivo, prometedor y mujeriego que con el tiempo se convirtió en un alcohólico al que despedían de todos los trabajos. Abandonó a su familia cuando Jamie estaba en primaria, y su esposa se marchó casi inmediatamente con un hombre que no sentía ningún afecto por la niña. Años más tarde, después de muchas peleas, Jamie tuvo que marcharse a vivir con sus cariñosos pero estrictos abuelos.
En cuanto llegó a la casa, Nita decidió que no cometería con su nieta los mismos errores que había cometido con su hijo.
– Escúchame bien, Jamie. Eres mi nieta y te quiero con toda mi alma -le había dicho-, pero tendrás que aprender a ser responsable. Te vas a encargar del gallinero y vas a ser muy cuidadosa con mis damitas; recogerás los huevos, cambiarás la paja, les darás de comer, las sacarás al corral y lo limpiarás todo cada dos semanas, aunque no esté especialmente sucio. En cuanto al jardín…
La lista de encargos era interminable, pero Nita fue justa. Todos los domingos, cuando se hacía de noche, daba la paga a su nieta; se la daba entonces y no antes porque sabía que los fines de semana eran demasiado tentadores para los adolescentes. Quería que Jamie aprendiera a ser juiciosa con el dinero.
Naturalmente, a Jamie le desagradaba el trabajo en la granja. Pero ahora, al pensar en aquellos días, comprendió que todas esas obligaciones, desde cuidar de las gallinas hasta aprender a hacer mermelada o limpiar el garaje, habían servido para que aprendiera cosas útiles y, sobre todo, para mantenerla ocupada, cansada y por el camino recto.
Sin embargo, la estrategia de su abuela no impidió que Jamie se enamorara de un chico tan rebelde y poco convencional como Slade McCafferty. Cuando la besó por primera vez, sintió que se derretía; cuando le introdujo las manos por debajo de la blusa, buscando sus senos, se excitó sin remedio; cuando le quitó los vaqueros, fue incapaz de resistirse.
Jamie contempló la nieve en las ramas desnudas de los álamos y pensó en el día en que se entregó a él. Era una tarde soleada, en una pradera de hierba alta, plagada de flores. El cuerpo de Slade, de pecho duro como una roca y músculos definidos, le pareció tan irresistible como su piel suave y morena. Hacía calor, los dos estaban excitados y pasó lo que tenía que pasar.
Habían estado a punto de hacerlo en otras ocasiones, pero Jamie siempre se echaba atrás. Aquel día, mientras contemplaba el cielo azul y escuchaba el canto del río cercano, decidió perder su virginidad; había tomado un poco de vino, lo justo para debilitar sus inhibiciones, y se entregó a las gloriosas sensaciones que dominaban su cuerpo. Las manos de Slade le parecían mágicas; sus labios, fuego sensual; y sus palabras, embriagadoras.
En un determinado momento, él contempló sus pechos desnudos, se inclinó y le acarició los pezones, cuyo color contrastaba vivamente porque Jamie tomaba el sol con biquini y la piel de sus senos estaba más pálida que la del resto de su cuerpo. Ella se excitó de inmediato.
– Eres preciosa, Jamie. Tan absoluta e increíblemente preciosa… Nunca había visto a una chica tan bonita como tú.
Slade la besó y le acarició el vello del pubis. Jamie llegó a pensar que Slade podía estar mintiendo, pero sus pensamientos se esfumaron cuando él le introdujo una mano en la entrepierna.
– Tranquila, relájate.
Sus labios sabían a vino. La besó lenta y apasionadamente mientras sus dedos exploraban y acariciaban el sexo de Jamie, que ahora quería mucho más.
– Deja que te haga el amor…
Al oír aquellas palabras, Jamie se sintió tan feliz que las lágrimas afloraron en sus ojos.
– Por favor -rogó él-. No te haré daño.
Slade le besó el cuello y los hombros. Jamie se dejó hacer.
– Haré que te sientas bien. Tan bien…
Jamie gimió cuando Slade se situó sobre ella, le separó las piernas con delicadeza y apoyó el tronco sobre los codos. Podía sentir el contacto de su sexo largo y duro.
Después, él la besó apasionadamente y la penetró con una acometida profunda y contundente. Jamie sintió dolor, pero las molestias desaparecieron enseguida y no quedó otra cosa que el placer y el deseo.
Clavó los dedos en los hombros de Slade, empezó a jadear y siguieron adelante, salvajemente, hasta que los dos alcanzaron el orgasmo. Slade la abrazó durante un buen rato, como si no quisiera soltarla nunca, como si tuviera intención de seguir con ella para siempre. Pero no fue así.
Se amaron durante tres o cuatro semanas, hasta que Sue Ellen Tisdale decidió que quería volver con él.