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Los dos hermanos se miraron y se descalzaron a regañadientes antes de entrar. Olía a carne asada, a especias y a canela.

Nicole había estado decorando la casa con la ayuda de sus hijas. Había guirnaldas y cintas doradas y rojas por todas partes, incluidas la barandilla de la escalera y la encimera del hogar, y no quedaba una ventana sin sus luces de colores correspondientes. Además, había movido los muebles del salón para dejar espacio al árbol de Navidad, que aún debían cortar.

Matt y Slade colgaron sus abrigos. Thorne apareció en el pasillo, cojeando, en compañía de Molly y de Mindy.

– Striker ha llamado -anunció-. Viene a Grand Hope.

– ¿Viene solo? -preguntó Matt.

– Creo que sí, y Kelly vendrá más tarde. Ahora está en comisaría, hablando con Roberto Espinoza.

La puerta delantera se abrió. Jenny Riley, la universitaria que cuidaba de las niñas, entró en la casa y se ganó la atención inmediata de las dos pequeñas.

– ¿Llego a tiempo? -preguntó la joven, arqueando una ceja-. Espero que estas diablesas no os hayan molestado en exceso…

– No, ni mucho menos -mintió Thorne. Jenny rió y dijo:

– Venid, niñas, tengo una sorpresa para vosotras.

– ¿Qué es? ¿Qué es? -preguntó Molly.

Mindy tiró a Jenny de la manga.

– No sería una sorpresa si os lo dijera, ¿no te parece?

– ¿Qué es?

– Lo sabréis cuando nos quedemos a solas. Pero será un secreto. Un secreto de Navidad…

– ¿Un secreto? -preguntó Mindy, que se llevó un dedo a los labios.

– Exactamente. Pero no se lo podemos decir a vuestros tíos -contestó Jenny, mirando a los hermanos McCafferty-. Venga, seguidme… y recordad que no debéis decir una palabra a nadie. Esto debe quedar entre nosotras.

Jenny colgó su chaqueta en la entrada y desapareció escaleras arriba con las niñas y un bolso de apariencia sospechosamente grande.

Los hermanos dedicaron los quince minutos siguientes a charlar sobre el rancho y, por supuesto, sobre Randi. Kurt Striker apareció media hora después y les dijo que había localizado dos Ford de color granate que habían sufrido accidentes en la época en que el vehículo de Randi se salió de la carretera. Striker parecía la personificación de un detective privado de Hollywood.

– Por desgracia, ninguno de los dos coches estuvo cerca de Glacier Park aquel día. Uno es de un granjero que sufrió un accidente al oeste de aquí cuando iba a pescar. El otro, una minifurgoneta, chocó contra un poste de teléfono… parece ser que el conductor, un chico de quince años, salió a dar una vuelta sin que sus padres lo supieran.

– Entonces, no tenemos nada… -dijo Thorne, sentado en el sofá.

– Seguiremos buscando. O el agresor no ha llevado su coche a ningún taller, o todavía no hemos dado con el taller en cuestión o arregló los desperfectos bajo cuerda, en un lugar donde no se guardan registros. Pero lo encontraremos.

– Si existe… -puntualizó Matt.

Striker miró a Randi y su expresión se volvió aún más dura.

– ¿No recuerdas nada del otro vehículo?

– No, pero ya te lo he dicho una docena de veces. Si me acuerdo de algo, serás el primero en saberlo -respondió.

Randi se había sentado en la mecedora, y tenía los pies apoyados en la mesita.

– ¿Se sabe algo del tipo que Nicole vio en el hospital? ¿Del que se disfrazó de médico? -continuó.

Matt permanecía apoyado en la ventana y Slade en el banco del piano. Striker había optado por uno de los sillones, pero se había echado hacia delante y mantenía las manos cruzadas mientras miraba a Randi con intensidad. Cuando los miró, Slade tuvo la sensación de que entre su hermanastra y el detective privado había algo personal, pero desestimó la idea; no creía posible que Randi encontrara atractivo a Striker.

– Kelly y yo hemos estado hablando sobre tus amigos de Seattle -declaró el detective.

– Pensaba que ya lo habíais hecho.

– Pero hemos ampliado el círculo.

– ¿A quién?

– A todos los que han tenido algún trato contigo durante los dos últimos años -respondió.

– Pues os va a costar. Mi trabajo me obliga a relacionarme con mucha gente.

– Incluso hablamos con tu agente de Nueva York. Nos dijo que estabas trabajando en un libro sobre relaciones amorosas y que utilizabas información obtenida en tu trabajo en el Clarion, entre otros materiales.

– No recuerdo haberte dado permiso para que hablaras con mi agente.

– Tú no, pero yo sí -intervino Slade-. Como tu memoria es tan dudosa, pensé que era la única forma de sacar algo en claro.

– Podrías haberme informado.

– Y lo hice, pero seguías en coma. Le pedí a Kurt que investigara tu vida a fondo. Sabía que te molestaría, pero teníamos que hacerlo. Hay que encontrar a ese desgraciado.

– Mi libro no tiene nada que ver con eso. Ni mi trabajo.

– Entonces, ¿qué? -preguntó Slade-. Si no es por el libro ni por tu trabajo, ¿por qué es?

– No lo sé -respondió.

Matt se apartó de la ventana, dijo a Slade que Jamie había llegado y le dedicó una sonrisa tan burlona que su hermano se molestó.

– Excelente -dijo Thorne-. Le pedí que viniera.

– ¿Y eso? -preguntó Randi con desconfianza.

– No está aquí por tu caso, Randi. Voy a contratar a su bufete para que se encargue del traspaso de otra propiedad de aquí, de Montana. Pero estoy seguro de que tu nombre se mencionará en la conversación.

– Perfecto, justo lo que necesitaba… una confabulación de mis hermanos para dirigir mi vida -protestó.

Slade se levantó al oír el timbre y dijo:

– No sería tan mala idea. Desde mi punto de vista, necesitas toda la ayuda que puedas conseguir, hermanita.

Slade se dirigió a la puerta y se maldijo para sus adentros por desear ver a Jamie otra vez. Cuando la abogada apareció en el porche, maletín en mano, pensó que estaba preciosa; tenía las mejillas sonrosadas por el frío, y de su moño se habían escapado varios mechones de pelo.

– Entra…

Slade sonrió, notó su incertidumbre y supo que se debía al beso.

– Gracias.

– ¿Has conseguido que te arreglen la calefacción?

Ella también sonrió.

– Sí. Era el termostato, que estaba estropeado.

Una de las niñas apareció y tiró de la manga a Slade. Era Molly.

– ¿Vamos a poner el árbol de Navidad hoy?

– Puede que más tarde.

– ¡Pero lo prometiste!

– Lo sé, pero ahora tenemos visita…

Molly lanzó una mirada fulminante a Jamie, como si quisiera que se evaporara.

– Dijiste que lo pondríamos hoy -se sumó Mindy.

– De acuerdo, de acuerdo… Saldremos con General y el trineo e iremos a buscar el árbol. Pero tendrá que ser cuando terminemos. Ahora, abrigaos un poco. ¡Y no quiero que volváis a salir en calcetines!

Slade se giró hacia Jamie y dijo:

– No preguntes.

– ¿Lo prometes? -preguntó Molly.

Slade alzó una mano.

– Lo prometo por mi honor. Venga, hablad con Juanita para que prepare unos termos de chocolate caliente y unas galletas, y decidle a Jenny que os saque los abrigos y las botas. Pero no me molestéis más. Os llevaré cuando haya terminado, y traeremos el mejor árbol de Navidad de todo el rancho.

Molly sonrió y Mindy miró a su tío por debajo de sus pestañas.

– ¡Vamos, marchaos de una vez!

Las niñas salieron corriendo hacia la cocina.

– Nunca pensé que llegaría a ver este día -intervino Jamie-. Slade McCafferty acompañando a unas niñas a buscar un árbol de Navidad. ¡Y en trineo!

– Hay muchas cosas de mí que desconoces, abogada.

– Tal vez…

– Si quieres, puedes acompañarnos.

La idea de ir con ella y de llevarla a su lado, en el trineo, le pareció repentinamente atractiva.

– Bueno, no sé… he venido para hablar de trabajo.