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– Lo haré.

Jamie se levantó bruscamente de la silla. Thorne debió de notar que aquello no le parecía bien, porque añadió:

– Lo hago por el bien de su hermana y de su niño. ¿Cómo crees que nos sentiríamos si les pasara algo y no hubiéramos hecho todo lo posible por ayudar? Además de los intentos de asesinato de Randi, el bebé estuvo a punto de morir en el hospital. Una meningitis bacteriana -explicó.

Jamie comprendió que tenía razón. Thorne tenía la obligación moral de intervenir. Y por otra parte, no le estaba pidiendo nada ilegal.

– Hablaré con Chuck.

Salió del despacho y pensó que se había metido en un lío. Los hermanos McCafferty eran unos cabezotas, y muy protectores con Randi. Si quería salir bien de aquel asunto, tendría que mantener las distancias.

Sin embargo, sabía que sería imposible. Podía resistirse al encanto y a la inteligencia de Thorne y de Matt, pero no a los de su hermano menor, no a los del hombre que ya le había roto el corazón en una ocasión.

Cuando llegó a la parte delantera de la casa, Slade la estaba esperando. Se había apoyado en la barandilla de la escalera, con los brazos cruzados, y sonreía como si hubiera adivinado sus pensamientos.

– ¿Te has divertido con Thorne?

– Hemos hablado de negocios.

– Los negocios son su diversión.

Ella arqueó una ceja.

– ¿De verdad?

– Bueno, antes lo eran. Durante años, no habló de otra cosa que no fueran sus negocios. Pero supongo que Nicole lo habrá vuelto más… afable.

– Ese término no encaja muy bien con Thorne.

– Si lo hubieras conocido antes… Pero olvidemos eso. ¿Ya estás preparada?

– ¿Para qué?

Antes de que Slade pudiera responder, las dos niñas aparecieron en el vestíbulo. Una iba vestida de rosa y la otra de amarillo. Las dos llevaban botas y mitones.

– ¿Nos vamos? -preguntó Mindy, llena de entusiasmo.

Slade le guiñó un ojo.

– Creo que sí. Precisamente le estaba pidiendo a la señorita Parsons que venga con nosotros -respondió.

Las dos niñas miraron a Jamie.

– ¡Pues date prisa! -ordenó Molly-. ¡Tenemos que marcharnos!

– Bueno, no sé -se defendió la abogada-. No llevo ropa tan cálida como la vuestra y…

– Estarás bien -dijo Slade, abriendo la puerta.

Una ráfaga de aire frío entró en la casa. El caballo y el trineo, de color rojo, esperaban en el exterior.

– Será divertido -insistió Slade.

Jamie le devolvió la mirada y pensó que con Slade McCafferty, cualquier diversión, hasta la más inocente, podía convertirse en otra cosa.

– Vamos, abogada. ¿Qué puedes perder?

Jamie era incapaz de decidirse.

– Si vienes, te dejaré llevar el trineo un rato.

Slade la miró con humor, como desafiándola. Y ella no se pudo resistir.

– Muy bien, McCafferty, os acompañaré. Pero sólo si puedo usar el látigo contigo en el caso de que te excedas.

Él sonrió un poco más.

– Trato hecho. Intentaré portarme tan mal como pueda.

Slade subió a las niñas a la parte trasera del trineo, donde habían puesto unas mantas para protegerlas del frío. Molly vio que había un paquete extraño y preguntó:

– ¿Qué es eso?

– Chocolate caliente y galletas. Son para después de que cortemos el árbol.

– Pero quiero tomarlos ahora…

– Tendrás que esperar.

– ¡No!

Los dos adultos subieron al pescante.

– La paciencia es una virtud, pequeña -dijo su tío.

Slade restalló el látigo y el caballo comenzó a andar. El trineo se deslizó suavemente sobre la nieve caída, y las dos niñas soltaron unas risitas.

– No había previsto una escapada -dijo Jamie.

Slade la miró. Jamie llevaba pantalones de lana, un jersey y un abrigo, además de botas y guantes. Era ropa perfectamente adecuada para el invierno, pero no para salir al campo.

Le pasó un brazo por encima de los hombros y dijo:

– Lo sé, pero confía en mí. No permitiré que te congeles. Toma, lleva las riendas un rato…

Ella alcanzó las riendas. Él buscó debajo del pescante y sacó una manta que le puso por encima de las piernas, como si realmente le importara su bienestar.

Jamie pensó entonces en el niño que había perdido. Su abuela no había llegado a saberlo, aunque estaba segura de que en su momento sospechó algo. Un día, Nita la encontró llorando en el granero, cerca de Caesar; se acercó con una cesta llena de malas hierbas, que había arrancado del jardín, y le dijo:

– Es por ese chico de los McCafferty, ¿verdad?

Como Jamie no respondió, su abuela se acercó y le puso una mano en el hombro.

– Si necesitas ayuda, quiero que me lo digas. Hay problemas que se presentan de repente, cuando menos te lo esperas.

Jamie asintió, pero no le dijo nada.

Su abuela la miró con gesto de preocupación.

– Estoy contigo, cariño, siempre lo estaré. Si te ha pasado algo por culpa de ese chico, hablaré con su padre. Puedes estar segura.

– Estoy bien, abuela… -mintió.

– ¿Seguro?

– Seguro -afirmó ella, secándose las lágrimas-. Es que estoy en esos días del mes, y cualquier cosa me entristece.

Nita apretó los dientes como si no la creyera, pero no la acusó de mentir.

– Está bien. Pero recuerda que puedes contar conmigo. Para cualquier cosa.

Dicho eso, su abuela salió del granero y se alejó lentamente hacia el jardín. Jamie deseó confiar en Nita, pero no habría sido de ninguna utilidad; Slade la había abandonado por Sue Ellen y ella había perdido el niño.

Parte de Jamie había muerto con aquel bebé. Por eso, cuando se giró y vio al hombre que estaba sentado a su lado, en el trineo, se estremeció; pero el caballo empezó a subir por las colinas llenas de álamos y pinos, y las risas de las niñas, que se negaban a permanecer sentadas a pesar de los requerimientos de su tío, la devolvieron al presente.

– ¡Aquél! ¡Quiero aquél! -exclamó Molly.

Slade miró el árbol, de diez metros de altura, y rió para sus adentros.

– Me parece que es demasiado grande. Si tuviéramos que cargarlo en el trineo, al pobre General le daría un infarto. Buscad algo que quepa en la casa…

– Aguafiestas -murmuró Jamie.

Slade se hizo cargo de las riendas y detuvo el trineo algo más adelante, junto a un bosquecillo de árboles más pequeños. Las niñas bajaron de inmediato y se alejaron entre risas.

– Aquí encontraremos lo que buscamos -dijo a Jamie.

Slade le ofreció un brazo y ella dudó un momento antes de aceptar. En cuanto descendieron del trineo, él la atrajo hacia sí y la besó con deseo, como si llevara mucho tiempo esperando ese instante.

Jamie se estremeció al sentir el contacto de sus labios helados, pero no se apartó. Se sentía incapaz de resistirse a sus encantos. Aunque Slade fuera un peligro para ella.

– Bueno, vamos a jugar un rato a leñadores -dijo él-. Prefería jugar a médicos y enfermeras, pero con las niñas cerca…

– No sería muy apropiado.

– Exacto. Y ya sabes que siempre intento ser apropiado.

Ella rió y sacudió la cabeza.

– No te vas a rendir nunca, ¿verdad?

– Nunca.

Slade abrió un compartimento de la parte de atrás del trineo y sacó una sierra eléctrica y un rollo de cuerda, que se colgó al hombro. Después, siguió las huellas que las niñas habían dejado en la nieve.

– ¡Aquí! ¡Aquí!

– ¡Tío Slade! -exclamó Molly-. ¡Hemos encontrado un árbol!

Slade llegó a su altura y miró el pino, de unos tres metros de altura.

– Este no vale, cariño. No está recto.

– Es perfecto -insistió Molly.

– Sí -dijo su hermana-. Queremos éste, tío Slade.