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– Tienen razón. Es un árbol muy bonito -intervino Jamie.

Slade sonrió.

– De acuerdo, me habéis ganado. Sois tres contra uno…

– ¡Bien! -gritó Mindy.

– ¡Córtalo! -ordenó Molly.

– Sois un par de niñas muy mandonas -dijo su tío-. Ahora, dejadme un poco de espacio para que lo pueda cortar.

– Venid conmigo… -dijo Jamie.

Las niñas se alejaron y Slade puso en marcha la sierra eléctrica. Unos segundos después, el árbol cayó al suelo entre una nube de nieve y serrín.

Las dos pequeñas se acercaron inmediatamente e insistieron en ayudar a su tío a atar el árbol. Slade se lo permitió y lo enganchó al trineo.

– Buen trabajo, chicas. Os recomendaré para el premio anual del gremio de leñadoras.

– ¿Podemos cortar otro? -preguntó Molly.

– Con uno basta -contestó él, acariciándole la cabeza-. Nos lo llevaremos a casa, lo meteremos dentro y tal vez podáis ayudar a la tía Randi a decorarlo.

Mindy dio palmaditas con sus manos enguantadas.

– ¿Y podremos colgar piruletas?

– Si queréis… Bueno, ¿os apetece unas galletas y un poco de chocolate caliente?

Comieron en el trineo, con las mantas tapándoles las piernas, mientras la nieve caía a su alrededor. Jamie se sintió como si formara parte de aquella familia, pero ni Molly ni Mindy eran hijas suyas ni Slade era su marido. De hecho, él la había abandonado quince años antes; y el niño que ella llevaba en su vientre no sobrevivió.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y él se dio cuenta.

– ¿Ocurre algo?

Jamie sacudió la cabeza.

– No, sólo es un acceso de nostalgia.

– ¿Por qué?

– Por las cosas que podrían haber sido y no fueron.

– Tal ver deberías pensar en el futuro en lugar de mirar hacia el pasado -comentó él, como si hubiera adivinado sus pensamientos.

– No eres la persona más adecuada para dar ese tipo de consejos.

Jamie se giró hacia él, le tocó la cicatriz de la cara y añadió:

– Todavía te castigas por esto.

La expresión de Slade cambió. Se puso tenso y muy serio.

– No sigas por ese camino -dijo él.

– ¿Por qué camino? -preguntó Molly, interrumpiéndolos-. ¿Adónde vamos?

– A casa -respondió su tío-. Venga, debemos volver antes de que se haga de noche.

Slade restalló el látigo y el caballo se puso en marcha. Jamie se recostó en el asiento del pescante mientras las niñas se acurrucaban bajo las mantas en la parte de atrás.

Momentos después, se puso a pensar en lo que habría pasado si las cosas hubieran sido distintas y no hubiera perdido a su hijo. Slade se habría enterado más tarde o más temprano y habría querido que se casaran, pero su vida se habría complicado mucho y seguramente habría tenido que renunciar a la universidad y a su carrera.

Slade tenía razón. Dar vueltas al pasado carecía de sentido.

Pero no podía olvidar a su hijo, ni al propio a Slade; porque por mucho que le disgustara, quería hacer el amor con él.

Capítulo 10

Slade detuvo el trineo delante de la casa, miró hacia el establo y frunció el ceño.

– ¿Has visto eso?

– ¿Qué? -preguntó Jamie.

– En el establo hay alguien… no es Larry Todd, nuestro capataz; ni Adam Zollander, un empleado nuestro; ni ninguno de mis hermanos -declaró él, con voz tensa.

– Yo no veo a nadie…

– Porque ahora no se ve a nadie. Pero lo he visto.

Slade bajó del trineo y añadió:

– Lleva dentro a las niñas. Voy a echar un vistazo.

– ¿No vamos a meter el árbol? -preguntó Molly.

– Después.

– Pero…

– He dicho que lo meteré después -insistió Slade-. A no ser que convenzáis al tío Matt o a Thorne para que se encarguen ellos… pero entretanto, entrad en la casa. Aquí hace demasiado frío.

Jamie decidió intervenir y las llevó hacia la puerta.

– Vamos, niñas. Puede que Juanita tenga algo para vosotras en la cocina.

Jamie y las pequeñas entraron en la casa. Slade llegó el granero, abrió la puerta y buscó en el interior, pero sin encender la luz. Cabía la posibilidad de que alguien estuviera acechando con una pistola, y no quería facilitarle el tiro.

Alcanzó una horca, se agachó y caminó pegado a la pared. Uno de los caballos relinchó con nerviosismo. Un ratón cruzó a toda prisa y desapareció. Slade creía haber oído pasos, pero sus ojos empezaban a acostumbrarse a la penumbra del establo, iluminado débilmente por las luces del exterior, y no distinguía ninguna silueta sospechosa.

Cuando llegó al compartimento de Diablo Rojo, se detuvo. El caballo movió la cabeza y resopló con enfado, como si pensara que Slade había perdido el juicio.

Llegó al final y entró en el cuarto donde guardaban los arreos. Tampoco había nada, de modo que se dirigió a la escalerilla que llevaba al pajar y empezó a subir. Pero en ese momento, la puerta se abrió de par en par y las luces se encendieron.

– ¿Qué diablos estás haciendo?

Era Matt.

Slade se relajó un poco.

– Me ha parecido ver a alguien -explicó.

– ¿Y qué pretendes? ¿Sorprenderlo y matarlo? Por Dios, Slade, ¿por qué no has venido con el rifle de papá?

– Porque no estaba seguro.

– Y has decidido armarte con una horca.

– Exactamente.

Matt sonrió y caminó hacia un estante donde había unos guantes de cuero y unos cepillos para los caballos.

– A veces no hay quien te entienda, Slade. Pero sospecho que estás más nervioso de la cuenta desde que esa abogada se presentó en el rancho.

– ¿Qué quieres decir con eso?

Matt se puso los guantes y se dirigió a la salida.

– Tú sabrás, hermano. Pero te dejaré a solas con tu hombre invisible… yo tengo que meter el árbol en la casa. Las niñas se están poniendo pesadas.

– Muy bien, vete -dijo, enfurruñado.

– Después, desengancharé a General y me encargaré del trineo.

– Gracias.

– De nada.

Matt salió del granero. Slade se sentía como un idiota, pero decidió comprobar el pajar. Cuando llegó arriba, sólo vio balas de heno amontonadas hasta el techo. No se oía nada, no se movía nada y nada parecía fuera de lugar.

Empezó a bajar, sintiéndose más estúpido que antes, y se llevó un buen susto al ver que la puerta estaba entreabierta.

– ¿Slade?

Era la voz de Jamie.

– Estoy aquí…

Slade saltó de la escalerilla y caminó hacia ella.

– ¿Has visto algo?

– Sólo a Matt. Una visión terrorífica, por cierto.

Jamie sonrió.

– A veces puedes ser muy gracioso…

– Me lo tomaré como un cumplido, abogada. ¿Vienes conmigo al pajar?

Ella dudó y frunció el ceño.

– ¿Y qué hay de las gemelas? Te están esperando.

– Que esperen un poco más.

– No sé si debemos…

– ¿Tienes miedo?

– ¿De qué? ¿De ti?

Los ojos de Jamie brillaron. Slade sabía que era incapaz de resistirse a un desafío.

– No, de nosotros.

– Ya te he dicho que…

– Sí, sí, ya lo sé -la interrumpió-. Vamos, Jamie, ya es hora de que firmemos un armisticio. No te haré daño. Y no muerdo… es decir, sólo muerdo tan fuerte como las damas quieran, claro está…

– Déjalo, McCafferty, ahórrate las explicaciones.

Jamie subió por la escalerilla. Cuando llegó arriba, se sintió completamente fuera de lugar con sus pantalones de lana, su jersey y su abrigo.

– Siéntate -ordenó él, señalando una bala de heno.

– Muy bien.

Jamie se sentó.

– Y ahora que estoy sentada, ¿querías decirme algo?

Slade se acomodó junto a ella.

– Sí. Quería decirte que me he divertido mucho esta tarde.

– Ah…

– ¿Tú no?