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– Sí, bueno… las niñas estaban encantadas y hacía siglos que no salía al campo a cortar un árbol de Navidad. Normalmente, los compro.

– Sabes de sobra que no me refería a eso.

Ella lo miró, pero apartó la vista enseguida, como si de repente estuviera interesada en las vigas y en las plumas y las deposiciones de un búho que se solía encaramar en el ventanuco redondo de la parte superior.

– Me refería a ti y a mí, a la tarde que hemos pasado juntos -continuó él-. Aunque suene un poco cursi…

– Sí, suena un poco cursi -dijo ella.

Él rió y la tomó de la mano.

– Puede ser, pero lo digo en serio.

Slade la miró un momento y la besó. Ella soltó un gemido de protesta, pero se aferró a él y se entregó a sus caricias sin resistencia alguna.

– Slade…

– ¿Qué, cariño?

– Esto no es buena idea.

– Tal vez…

– De hecho, es una idea terrible.

– Quizá.

– Nos arrepentiremos más tarde.

– No, eso, nunca.

Slade le acarició los hombros y le desabrochó los botones del abrigo. Después, la empujó suavemente y los dos terminaron tumbados sobre el suave heno del suelo.

– Por favor, escúchame…

Él se apoyó en un codo.

– Te escucho.

– Esto… tú y yo… es un juego peligroso, Slade. Deberíamos mantener las distancias.

– Lo dices por ese tipo, claro.

– ¿Por quién?

– Por tu jefe.

– Ah, Chuck…

– Sí, Chuck.

– No, no lo digo por él -declaró Jamie con sinceridad.

– Sea como sea, no me importa. Aquí sólo estamos tú y yo, Jamie.

Slade no quería hablar ni de su novio ni del pasado ni de nada más. Estaban allí, juntos, solos, un hombre y una mujer. La deseaba. Más de lo que había deseado a nadie. Por primera vez en mucho tiempo, por primera vez desde la muerte de Rebecca.

Cerró los ojos, suspiró y la besó otra vez.

La ropa empezaba a molestarle. Se quitó el abrigo e introdujo las manos por debajo del jersey de Jamie. Su piel estaba suave, caliente, y ella soltó un gemido cuando sintió que los dedos de Slade ascendían hacia sus senos.

– Yo… no sé…

– Ssss…

Slade empezó acariciarle un pecho.

– Oh…

Jamie cerró las manos en sus hombros y se arqueó. Él le subió el jersey, se lo quitó por encima de la cabeza y siguió besándola. Después, descendió nuevamente y tocó el sostén con la punta de la lengua. Jamie lo guió hacia uno de sus pezones. Slade liberó el seno del sostén y lo lamió.

– Slade…

Jamie le apretó la cabeza contra su pecho.

– Tranquila -dijo él-. No tenemos prisa.

Sin embargo, Slade la miró a los ojos y vio que Jamie no podía esperar más. Estaba ansiosa, excitada, preparada.

Quería hacer el amor, y quería hacerlo en ese momento.

Slade se apartó de ella y empezó a desabrocharse la camisa.

– Me deseas, abogada. Admítelo.

– Y tú me deseas a mí.

– Oh, sí…

Slade le desabrochó el pantalón, se lo quitó y le besó el estómago. Jamie le dejó hacer y se estremeció al ver que introducía una mano por debajo de sus braguitas y que empezaba a quitárselas. Pensó que aquello era un error, un error de dimensiones catastróficas; recordó lo que había pasado quince años antes y se dijo que debía resistirse. Pero no lo hizo. Su respiración se había acelerado y todo su ser parecía concentrado en el lugar que Slade acariciaba en ese momento, en el lugar húmedo y privado donde sus piernas se unían.

Separó los muslos y arqueó las caderas hacia arriba.

– Deja que te haga el amor, Jamie…

Ella se retorció, dominada por el deseo. Slade la lamió tan dulce y apasionadamente que Jamie sintió un nudo en la garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas. Ya no podía ni quería detenerse. Necesitaba más, mucho más.

– Slade… -rogó.

Slade introdujo la lengua en su cálido interior.

– Oh…

Jamie se estremeció y se movió entre convulsiones, cubierta de sudor. Slade se quitó rápidamente los pantalones y se puso sobre ella. Sus besos ya no eran suaves, sino salvajes. Sus manos ya no eran dulces, sino firmes y llenas de deseo.

Ella pasó los brazos alrededor de su cuello y sintió sus músculos duros, tensos, mientras lo besaba.

Ya no estaba asustada. Ya no tenía inhibiciones. Aquello era lo único que le importaba; aquel lugar y aquel hombre, Slade McCafferty.

– Eres increíble, Jamie…

Slade llevó las manos a su trasero, la levantó un poco y la penetró, mirándola a los ojos.

Ella gimió.

Slade salió de su cuerpo y volvió a entrar.

– Oh, Slade…

Ella se aferró a su amante y siguió sus movimientos una y otra vez, cada vez más deprisa; hasta que tuvo la impresión de que el universo giraba alrededor del lugar donde sus cuerpos se conectaban, hasta que no pudo pensar en nada más que aquel placer puro, primario, animal; hasta que el sudor cubrió sus cuerpos a pesar del frío.

– Jamie… Oh, Jamie…

Jamie alcanzó el clímax. Él siguió adelante un poco más y se derrumbó sobre ella, jadeando, totalmente agotado por el esfuerzo.

No podía creer que estuvieran allí, en el pajar de los McCafferty, después de tantos años. Slade le acarició el cabello y Jamie pensó que definitivamente había cometido el segundo error más importante de su vida, después de enamorarse de él en su adolescencia.

Parpadeó, confusa, e intentó controlar sus emociones. Ya no tenía remedio.

Slade se apoyó en un codo y la miró con una sonrisa en los labios.

– Vaya, vaya…

– Me has quitado las palabras de la boca -ironizó ella, ruborizada-. No sé lo que me ha pasado. De verdad, no lo sé.

– Yo sí lo sé.

– No me refiero a eso, al sexo…

– Ni yo.

– Mira, Slade, ha sido muy divertido, pero… será mejor que me vaya.

Los ojos azules de Slade brillaron con malicia.

– ¿Tan pronto?

– Ya conoces mi lema: ama deprisa y márchate. Ah, no, espera un momento… ése no es mi lema, es el tuyo -respondió.

La sonrisa de Slade desapareció.

– Jamie, intenté explicarte que…

– Y no te dejé hablar -lo interrumpió-. Lo sé.

– Exacto. No me dejaste.

Jamie se arrepintió de lo que había dicho.

– Está bien, de acuerdo. No he debido decirlo. He cometido un error.

– El error lo cometí yo al abandonarte.

Jamie sintió una angustia irrefrenable. Pero no podía derrumbarse ahora; no después de tanto tiempo de haber afrontado el dolor a solas, sin nadie.

– Slade, no tienes que…

– Sé que no estoy obligado a decirlo, pero quiero. ¿No es eso de lo que siempre os quejáis tanto algunas mujeres? ¿De que los hombres no expresamos nuestros sentimientos? Pues bien, quiero expresar los míos -declaró-. Me equivoqué contigo. Entonces no me di cuenta, pero ahora lo sé.

Jamie se mantuvo en silencio.

– ¿No has oído lo que he dicho?

– Claro que te he oído. Perfectamente -contestó.

Ella casi no podía respirar. Estaba tan emocionada que había empezado a llorar.

– ¿Qué te ocurre?

– Nada.

– No mientas.

– Maldita sea, Slade…

– ¿Qué ocurre, Jamie? Sé que me estás ocultando algo.

– Nada, no importa.

Jamie se enjugó las lágrimas.

– Sea lo que sea, es evidente que te importa.

– Ha pasado mucho tiempo.

Slade entrecerró los ojos.

– ¿Qué pasa? Hay algo más, ¿verdad? Algo que yo no sé.

Jamie intentó liberarse, pero Slade se lo impidió.

– Qué pasa, Jamie… Cuéntamelo, abogada. Sé que me ocultas algo importante.

Jamie tomó aliento y sacó fuerzas de flaqueza.

– Está bien. Si te empeñas en saberlo, te lo diré -dijo-. Cuando me dejaste, estaba embarazada.

– ¿Cómo?