Slade palideció.
– ¿Estabas embarazada?
– Sí.
– Pero ¿qué pasó con el bebé? ¿Dónde está…?
– Lo perdí, Slade. Sufrí un aborto espontáneo -respondió.
– ¿Cómo es posible?
Los ojos de Slade se habían vuelto tan oscuro como la noche.
– No lo sé. Simplemente, ocurrió. Pero no tiene sentido que te preocupes ahora por eso… era asunto mío, no tuyo.
– ¿Que no era asunto mío?
– Tú te habías marchado, ¿recuerdas? Te alejaste de mí y dejaste de formar parte de mi vida. No me llamaste ni una vez. No me escribiste, no pasaste a verme… ¿Y por qué? Porque yo no te importaba. Admítelo.
– No, no fue por eso…
– ¿Ah, no? Entonces, ¿por qué fue? Lo único que sé es que me abandonaste y te marchaste con otra mujer. Yo me quedé sola, embarazada y sin saber qué hacer con mi vida -le confesó.
– Si me lo hubieras dicho…
– ¿Si te hubiera dicho lo del bebé? ¿Habría cambiado algo? Si te marchaste con Sue Ellen fue porque querías estar con ella. ¿Insinúas que habrías seguido conmigo de haber sabido que estaba embarazada?
Slade alcanzó su ropa y se empezó a vestir. Su cara se había enrojecido por la rabia y el disgusto.
– Cometí un error, Jamie.
– Los dos lo cometimos, y acabamos de repetirlo hace un momento. Pero será mejor que lo olvidemos y que volvamos a nuestras vidas -declaró ella.
Jamie se vistió a toda prisa y bajó por la escalerilla. El frío exterior la golpeó con la fuerza de una galerna. No podía creer que le hubiera dicho la verdad a Slade. Se arrepentía de haberlo hecho.
Caminó hacia su coche, intentando abrirse camino entre la nieve, y cayó en la cuenta de que su maletín y su bolso estaban en la casa. Subió al porche y miró por la ventana, hacia el salón. Las niñas estaban jugando junto al árbol de Navidad, y Thorne miraba a su esposa con tanto cariño que el corazón de Jamie se partió en mil pedazos.
Se mordió el labio e intentó contener las lágrimas. Por el rabillo del ojo, vio que Matt llevaba a General hacia el establo. Él y Kelly se casarían pronto, y seguramente darían más niños a la familia McCafferty.
Tenía que marcharse de allí.
Tenía que irse enseguida.
No soportaba otro minuto con aquella familia perfecta.
– ¡Jamie, espera!
Era Slade. Caminaba hacia ella a toda prisa.
Jamie entró en la casa sin llamar. Se oía música navideña y las voces de las niñas.
– Quiero poner los adornos… -dijo Molly en ese momento.
– Todavía no puedes. Deja que ponga antes las luces -declaró Nicole.
– Tened paciencia -intervino Thorne-. Tengo una idea… ¿por qué no comprobáis si las luces funcionan y dejáis los adornos para después? Os echaré una mano.
Jamie pensó en el bebé que había perdido y estuvo a punto de romper a llorar otra vez. Alcanzó el bolso y el maletín y volvió a mirar hacia el salón.
Thorne encendió las luces de Navidad en ese momento.
– Oh… -dijo una de las pequeñas.
– Es precioso… -declaró la otra.
Jamie ya no pudo soportarlo más.
Se giró hacia la salida con intención de marcharse, pero la puerta se abrió de golpe en ese instante y se encontró ante el metro ochenta de Slade McCafferty.
– Discúlpame…
Jamie intentó salir, pero él la agarró y se lo impidió.
– Todavía no te vas.
– Suéltame, McCafferty.
Justo entonces oyeron el motor de un coche, que frenó en seco y se detuvo.
– Y ahora, ¿qué pasa? -dijo Slade.
Jamie pudo ver al hombre que bajaba del vehículo. Y el corazón se le encogió.
Chuck Jansen había llegado.
Capítulo 11
– Supuse que te encontraría aquí.
Chuck sonrió de forma afable cuando subió los escalones del porche. Alto y delgado, moreno en invierno por el esquí y en verano por el golf, Chuck se inclinó para abrazar a Jamie; pero se detuvo en seco y su sonrisa desapareció cuando vio que Slade la tenía agarrada por el brazo.
Jamie se apartó a toda prisa y explicó:
– Estaba a punto de marcharme. Chuck, te presento a Slade McCafferty.
Los dos hombres se estrecharon la mano y se miraron con desconfianza. Randi salió entonces al porche, con su hijo entre los brazos.
– Por Dios, Slade, a ver si cierras la puerta de una vez. Entra un frío que…
La expresión de Randi cambió de la irritación a la preocupación cuando vio al desconocido. Incluso abrazó a su niño con más fuerza.
– Randi, permíteme que te presente a Chuck Jansen, mi jefe y socio de Jansen, Monteith y Stone -declaró Jamie.
Las presentaciones se repitieron poco después, cuando pasaron al salón de la casa, y Jamie comprendió que su fuga del rancho Flying M se iba a retrasar un poco.
Thorne apareció enseguida y se alegró al ver al recién llegado.
– ¡Chuck!
El abogado, ya recuperado de la sorpresa de haber visto a Jamie con otro hombre, sonrió.
– Hola, Thorne. Nunca imaginé que fueras un hombre de familia…
– Últimamente he cambiado.
– Ya lo veo…
Chuck lo dijo con un tono extraño, entre divertido y sorprendido, como si no creyera que un McCafferty pudiera sentar la cabeza.
– Deja que cuelgue tu abrigo -intervino Nicole.
Jamie deseó estar en cualquier otro sitio, pero no tuvo más remedio que quedarse allí mientras charlaban, consciente de que Slade la estaba observando. Para empeorar la situación, supuso que su abrigo estaría lleno de paja y que tendría el pelo algo revuelto; a fin de cuentas, acababan de volver del granero.
Si sólo hubiera estado ella, se habría ido enseguida; pero Chuck tenía otros planes y la obligó a sentarse cuando se puso a hablar sobre el traspaso de la propiedad. Thorne y él bebieron y contaron anécdotas de la época memorable en que habían trabajado juntos; después, todos se marcharon a la mesa del comedor y se sirvieron unos cafés.
Jamie se sentía completamente fuera de lugar. Chuck se comportaba como si él fuera el único responsable en lo tocante a los negocios de los McCafferty, y su relación especial con Thorne, con quien hablaba como si formaran parte de un club de viejos amigos, le resultó particularmente irritante.
Jamie no intervino demasiado. Explicó lo sucedido con el traspaso y con la venta de las propiedades, pero no mencionó haber llamado a Felicia Reynolds para consultarle lo de la custodia del niño ni comentó que Thorne le había pedido que el bufete se encargara de localizar al padre de Joshua.
Curiosamente, Chuck cometió un par de errores sobre el traspaso del rancho, que ella corrigió con delicadeza. A Jamie le extrañó, pero pensó que tal vez la estaba poniendo a prueba.
Mientras tomaban café, Chuck mencionó que J.M.S, las siglas con las que solía referirse al bufete, podía hacer mucho por Thorne y sus familiares.
Jamie no logró marcharse hasta después de las siete. Chuck prometió dejarla en su casa y propuso que fuera a cenar con él para que lo informara de lo sucedido. Slade, sentado frente a ella, escuchó el intercambio con sumo interés, pero en silencio.
Fue la hora más larga de la vida de Jamie. Cuando Thorne les ofreció unos puros y unas copas, Chuck aceptó y ella dijo que tenía que marcharse. Nadie se opuso, ni siquiera Slade, y Jamie se llevó una sorpresa cuando se dirigió al coche y oyó pasos a su espalda.
– No estarás considerando seriamente la posibilidad de casarte con ese cretino, ¿verdad?
Era Slade.
Jamie apretó los dientes, abrió la portezuela del vehículo y se giró hacia él.
– Pues sí, lo estaba pensando -admitió.
Slade la miró con seriedad.
– Te aburrirías en menos de un mes.
– No conoces a Chuck.
– Es verdad. Y no estoy seguro de querer conocerlo. Ese tipo está más seco que un hueso en mitad del desierto.