– Gracias por el consejo -dijo con sarcasmo-. Lo recordaré.
– Hazlo.
Jamie dejó su maletín en el asiento del copiloto.
– Hay otra cosa que también deberías recordar-continuo él.
– ¿Ah, sí?
Slade se acercó a ella y apoyó los brazos en el coche, a ambos lados de su cuerpo, atrapándola.
– Slade, espera un momento…
– No, no voy a esperar.
La besó larga y apasionadamente; tan apasionadamente, que el corazón de Jamie latió con desenfreno absoluto. Adoraba su aroma y su contacto. Todo lo de Slade le gustaba, y no sabía por qué; tal vez fuera una cuestión de química, o la emoción de la fruta prohibida, o el peligro de coquetear con el diablo.
O quizá se había vuelto loca.
Quizá era una masoquista que disfrutaba cuando le rompían el corazón.
Slade alzó la cabeza y la miró con sus ojos azules.
– Esto es lo que quiero que recuerdes, Jamie.
Dicho eso, se alejó hacia el establo, con zancadas largas y firmes, y ella se apoyó en el coche sin aliento. Entonces, notó olor a tabaco y vio que los tres hombres habían salido al porche delantero. Thorne, Matt y Chuck estaban bebiendo y fumando puros.
– Maravilloso -murmuró ella.
Subió al vehículo, metió la llave y arrancó. Después, miró por el retrovisor, vio a Slade y se puso en marcha. Las ruedas levantaron una nube de nieve; y mientras se alejaba por el camino del Flying M, se preguntó cómo podía romper la relación con su jefe.
Estaban sentados en un apartado de un pequeño restaurante de Grand Hope. Habían estado hablando del bufete, de las reparaciones de la casa de Jamie y de los asuntos de los McCafferty, incluido lo del niño de Randi, los derechos de custodia y la identidad del padre. Pero la conversación se mantuvo lejos de Slade hasta que Chuck la sacó.
– De modo que Slade y tú…
– Slade y yo salimos juntos hace años -explicó.
Jamie apartó su plato. Apenas había probado su solomillo.
– ¿En serio? Nunca lo habías mencionado.
– Porque no vi la necesidad.
Una camarera esbelta y rubia se llevó los platos. Sonaba música de fondo.
– ¿Y qué vas a hacer al respecto? El pasado es una cosa, pero el futuro es algo bien distinto -dijo Chuck, echándose hacia delante-. Sabes lo que siento por ti, Jamie. Esperaba que tú y yo…
Chuck la tomó de la mano y le acarició los nudillos.
– No creo que eso sea posible -dijo ella-. Nuestros mundos son muy distintos.
– ¿Y el de McCafferty no lo es?
– Slade no tiene nada que ver con esto.
– Te amo, Jamie.
Ella sacudió la cabeza.
– Pero me ridiculizas…
– No, eso no es cierto.
– Claro que es cierto, Chuck. Lo has hecho hace un par de horas, con tu amigo Thorne. Has hablado de mí con condescendencia, burlándote, y ambos sabemos que lo has hecho porque soy una mujer -declaró.
– ¿Cómo? -preguntó, sinceramente sorprendido-. ¿De qué demonios estás hablando?
– Deberías haberme apoyado, Chuck; pero en lugar de eso, te has dedicado a buscar mis posibles equivocaciones y a enfatizarlas delante de los demás. Ha sido insoportable. Como si Thorne y tú compartierais una broma privada sobre una mujer estúpida.
– Eso es totalmente ridículo, Jamie. Yo nunca he contratado a nadie por su sexo, su credo o su grupo étnico. Lo sabes de sobra. Si trabajo contigo, es porque eres una gran profesional.
– Sí, no lo dudo, pero me has tratado con condescendencia, como siempre.
– Yo no he hecho eso…
– Por supuesto que lo has hecho. Si Frank Kepler, Morty Freeman o Scott Chávez hubieran estado en esa habitación, habrías apoyado todas sus decisiones aunque hubieran cometido alguna equivocación. Pero conmigo es distinto.
– No es así, Jamie…
– Lo es, Chuck. Y me he sentido muy mal.
Chuck la miró con desconcierto.
– Puede que estés demasiado sensible, Jamie. Como intentas impresionar a los McCafferty y especialmente a ese niñato…
– Eso es un golpe bajo, Chuck.
– Pero es verdad.
Jamie no se lo discutió. Tenía parte de razón. En el fondo, intentaba impresionar a Slade para demostrarle que ya no era una adolescente, sino una abogada de éxito, una mujer adulta, con encanto y dinero, a quien él había abandonado años atrás.
Tomó un poco de café, dejó la taza a un lado y miró a su jefe.
– Al margen de lo que sienta por Slade McCafferty, o de lo que haga al respecto, lo nuestro no tiene futuro, Chuck. Lo sabes tan bien como yo.
Chuck arqueó una ceja, pero la dejó hablar.
– Pedimos cosas distintas a la vida. Estamos en momentos distintos de nuestras vidas.
– Y además, soy un cerdo arrogante.
Jamie estuvo a punto de atragantarse con el café. Pero se limpió los labios con la servilleta y asintió.
– Bueno… sí, a veces.
– Puede que necesite una mujer fuerte que me ponga en mi sitio.
– Estoy segura. Pero esa mujer no soy yo.
Chuck suspiró, se cruzó de brazos y se recostó en el asiento.
– No te das cuenta de cuánto te quiero y de cuánto me gustas. Y eso es importante, aunque no lo sepas -afirmó-. Nunca has estado casada, Jamie… la pasión es fundamental, no lo dudo, pero tienes que ser compatible con la persona que elijas. No puedes estar con alguien que te disgusta.
Jamie no se lo discutió.
– Y tienes razón al suponer que no quiero más hijos. Tres son suficientes para mí; y no desde un punto de vista económico, sino también personal y emocional. Ya he sufrido toda mi ración de cambios de pañales, piernas magulladas, corazones rotos y coches destrozados… cosas que no son nada fáciles.
Chuck se detuvo un momento y concluyó;
– Ahora les estoy pagando la universidad, y cuando el último termine la carrera, ya casi estaré en edad de jubilarme. No quiero empezar con eso otra vez. Quiero tiempo para mí, y dedicarles el resto de mi vida a ellos y a los nietos que vendrán inevitablemente. Mis hijos se lo merecen.
– ¿Y qué hay de tu esposa? ¿Ella también podría disfrutar de tu tiempo libre?
– Sobra decirlo.
Jamie sacudió la cabeza.
– Te comprendo muy bien, Chuck, pero yo no puedo renunciar a ese sueño. Lo quiero todo: una carrera, un amor, niños, un coche y una casa con jardín, un columpio y una valla blanca. Llámame anticuada si quieres, pero es lo que deseo.
– ¿Y crees que ese McCafferty te lo proporcionará?
– Lo dudo. No estoy hablando de Slade ni de su forma de entender la vida. Te estoy hablando de mí.
Jamie abrió el bolso, sacó la cartera y la abrió.
– ¿Qué estás haciendo? -Invitarte a cenar.
– No, no, invito yo. A cuenta de J.M.S.
– Esta vez, no.
– Insisto.
– Sabía que insistirías.
Jamie hizo entonces un gesto a la camarera. Cuando se acercó, le dijo:
– ¿Puede traerme la cuenta?
– Jamie… -dijo Chuck.
– No te empeñes -declaró, enojada-. Esa actitud es precisamente a la que me refería antes.
– Pero lo de cenar ha sido idea mía…
La camarera terció en la discusión:
– ¿Quieren que les cobre por separado?
– No -respondió Chuck.
– No, pagaré yo -dijo Jamie-. Y no quiero oír nada más al respecto.
– Esto es ridículo…
– Absolutamente.
La camarera volvió con la cuenta. Jamie pagó y dejó una propina generosa; se sentía más libre que en muchos años, aunque de Chuck no se podía decir lo mismo: estaba tan enfadado que casi echaba humo.
– Puedes presentar la factura en el bufete -dijo él-. Como gasto profesional.
Jamie alcanzó el bolso.
– Sé que puedo, pero no lo voy a hacer. Me voy, Chuck. Y no me refiero exclusivamente a nuestra relación. Dejo el bufete.
– ¿Que lo dejas? No, no, espera un momento… te estás dejando llevar por las emociones. Te comportas como la típica mujer histérica.