– Yo también quería hablar contigo -dijo Nell en cuanto la puerta se cerró tras Joel-. El señor Kabler estuvo aquí.
– Lo sé. Joel me lo dijo. ¿Te molestó?
– No, fue muy educado. Tampoco me hizo muchas pre-guntas.
Nicholas, por un momento, se quedó sorprendido.
– ¿No? ¡Qué raro! Normalmente Kabler escarba como un hurón.
– Parecía querer asegurarse de que no me habías asesina-do. -Hizo una pausa-. Y me advirtió que eres un criminal y que no confiara en ti.
Tanek enarcó una ceja.
– ¿Ah, sí?
– Me tiene sin cuidado si eres un criminal. Lo que me importa es si puedo confiar en ti o no. Tania dice que siem-pre mantienes tu palabra. ¿Es cierto?
– Sí. -Sonrió levemente-. Pero no me atribuyas ninguna falsa virtud. Siempre he creído que la honestidad es un buen negocio.
– ¿Honestidad?
– Es mi manera de decirlo. Mantengo mi palabra y juego según las reglas establecidas. Es importante que todos sepan qué posición ocupan respecto a mí.
– ¿Y cuál es la mía respecto a ti? -Buscó su mirada-. Tú no eres un filántropo, pero te tomaste la molestia de traerme aquí. Incluso has pretendido pagar mis facturas. Eso tendría sentido si pensaras utilizarme, pero has rehusado la ayuda que te ofrecí.
– No necesito tu ayuda.
– Bueno, pues yo sí que necesito la tuya -dijo brusca-mente-. Aunque necesitar quizá sea una palabra demasiado fuerte. Con o sin tu ayuda, encontraré la manera de hacer lo que quiero, pero sería mucho más rápido si me ayudaras. -Cerró los puños-. No seré un corderillo que llevan al ma-tadero, y tampoco un obstáculo en tu camino. Si no piensas ayudarme, dime lo que necesito saber. Y yo haré el resto.
Otra vez era consciente de aquella terrible intensidad que ella emanaba.
– ¿Sabes de cuántos hombres se rodea Gardeaux?
– Sé que uno de ellos es Maritz.
– El cual ha matado más hombres de los que puede recordar. No, rectifico, se acuerda de cada uno de ellos porque disfruta haciéndolo. Y luego está Rivil, que mató a su pro-pia madre porque le prohibió unirse a una banda de adoles-centes en Roma. Ken Brady, que se considera un gran amante. Por desgracia, no sólo le gusta violar a las mujeres, sino también torturarlas. Gardeaux tuvo que abonar una suma considerable para evitar que pusieran a Brady fuera de circulación durante una larga temporada después de que decidiera cortarle los pezones a su última conquista.
– ¿Estás intentando impresionarme?
– Maldita sea. Estoy intentando demostrarte que está fuera de tu alcance.
– Lo único que me demuestras es que conoces muy bien a Gardeaux y a sus hombres. ¿Me contarás más sobre ellos?
La miró exasperado.
– No.
– Entonces tendré que hacerlo sola. Ya he averiguado algo sobre Gardeaux y Bellevigne.
– ¿Kabler?
– No, fui a la biblioteca y accedí al Nexis.
– Por eso le hacías tantas preguntas a Phil sobre ordenado-res. Le defraudará saber que lo has utilizado. Tú le caes bien.
– También él a mí. Pero yo necesitaba saber. -Empezó a caminar hacia la salida-. Tengo que darme una ducha y ves-tirme. Tania me recogerá dentro de una hora para llevarme a casa de Joel.
Estaba despedido. Ya no le era de utilidad, así que se deshacía de él. Tanek descubrió que estaba experimentando una mezcla de diversión e irritación. Fue tras ella.
– ¿Vas a instalarte en su casa? Joel no me ha dicho nada.
– Sólo unos días.
Y, después, iría a Bellevigne, directamente a los brazos de Maritz.
– ¿Le puedes acertar a una diana con una pistola?
– No.
– ¿Sabes usar un arma blanca?
– No.
– ¿Karate? ¿Taekwondo?
– No. -Nell se volvió rápidamente hacia Tanek, sacando llamas por los ojos-. ¿Estás intentando hacerme sentir inú-til? Soy totalmente consciente de que estoy poco preparada. Durante mi lucha con Maritz, sólo fui capaz de lanzar-le una condenada lámpara. Nunca me había sentido tan indefensa en mi vida. Forcejeamos en el balcón, y él no tuvo ningún problema para dominarme y echarme por en-cima de la barandilla. Pero ahora no le resultaría tan fácil. Cada día estoy más fuerte. Y si la fuerza no es suficiente, entonces aprenderé todo lo que tenga que aprender.
– No de mí -dijo con gravedad.
– Pues encontraré a otro.
– No te estaba sugiriendo que te convirtieras en algún tipo de comando. Estaba intentando mostrarte lo fútil que serías contra Gardeaux.
– Pues ya lo has hecho. No te preocupes, no te pediré nada más, nunca más. -Empezó a alejarse, pero se detuvo-. Excepto una cosa. ¿Sabes dónde están enterrados mi hija y mi esposo?
– Sí, creo que tu suegra pidió que sus restos fueran tras-ladados a la ciudad natal de Richard. Des Moines, Iowa.
– ¿Los de Jill también?
– Sí. Pareces sorprendida.
– A Edna Calder no le importaba nada Jill. Richard era todo su mundo y no había suficiente espacio para na-die más.
– ¿Ni para ti?
– Especialmente para mí. -Hizo una pausa-, ¿Sabes en qué cementerio…? -No pudo seguir. Empezó de nuevo-: Quiero visitar sus tumbas. ¿Sabes dónde están?
– Puedo averiguarlo -repuso Tanek-, pero no estoy se-guro de que sea una buena idea.
– Me tiene sin cuidado tu opinión -replicó Nell, vehe-mente-. Es asunto mío. No tuve ni ocasión de despedirme. Y debo hacerlo, antes que cualquier otra cosa.
Nicholas la observó un instante.
– Entonces, eso es lo que haremos. -Dio media vuelta-. Vístete. Voy a hacer unas reservas de avión y a decirle a Joel que te llevaré a su casa mañana por la mañana.
Ella lo miró, cogida por sorpresa.
– ¿Ahora?
– Des Moines está a un paso de aquí. Has dicho que ne-cesitas ir.
– Pero no tienes por qué venir conmigo.
– No, no tengo por qué, ¿verdad? -dijo Nicholas, aleján-dose-. Hago unas cuantas llamadas y te recojo dentro de una hora.
JARDINES DE LA PAZ ETERNA
Un rótulo antiguo en forma de arco en el arbotante de la entrada del cementerio. ¿Por qué siempre se usan arcos en los cementerios?, pensó Nell, triste. Probablemente, como símil de las resplandecientes puertas del cielo.
– ¿Estás bien? -preguntó Nicholas al cruzar la entrada con el coche de alquiler.
– Sí -mintió.
Sabía que tenía que hacerlo, y había tenido la esperanza de que el aturdimiento actuaría como anestesia. Pero no. Era como una de sus pesadillas. Brutal. Terrible. Inevitable. Sin salida posible.
Nicholas detuvo el coche delante del puesto del guarda.
– Quédate aquí. Volveré enseguida.
Iba a localizar las tumbas.
Jill.
Tanek volvió junto al coche.
– Justo al final de la cuesta.
Unos minutos después, la guiaba a través de las tumbas. Se paró delante de una inscripción de bronce.
– Aquí.
JILL MEREDITH CALDER
Allá vamos, arriba, arriba,
hacia el cielo, tan azul…
Nell se tambaleó, y Tanek la sujetó por el codo:
– Nelclass="underline" Jill no está aquí, maldita sea -dijo con violencia-. Está dentro de tu corazón y en tus recuerdos. Ésa es tu Jill. Ella no está aquí.
– Lo sé -tragó saliva-. Puedes soltarme. No me des-mayaré.
Se enderezó y dio unos pasos hacia una inscripción más grande y más ornamentada.
RICHARD ANDREW CALDER
ADORADO HIJO DE EDNA CALDER
Ni una mención de Nell o de Jill. En la muerte, Edna había reclamado a su hijo. De hecho, no es que lo hubie-ra perdido. Simplemente, nunca le había pertenecido de verdad.
«Adiós, Richard.»