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Se acercó a la mesa. No quería comer pero, de todas for-mas, lo haría. Después se ducharía y se metería en la cama. Estaba tan exhausta que quizá se dormiría inmediatamente. Con suerte ni tan siquiera soñaría.

Deliberadamente, escogió la silla encarada hacia el bal-cón, se sentó en ella y empezó a comer.

Capítulo 7

– He descubierto lo que usted quería -le dijo Nigel Simpson a Tanek tan pronto como éste levantó el auricular-. Sé por qué dieron el golpe.

– ¿Por qué? -preguntó Nicholas.

– Venga aquí y se lo diré. Y traiga doscientos mil dólares en efectivo.

– No hay trato -repuso Nicholas llanamente.

– Tengo que desaparecer. Creo que alguien me vigila. -Nigel estaba muy inquieto-: Es por su culpa. Usted me obligó a hacerlo. He estado haciendo negocios con Kabler durante más de un año sin levantar las sospechas de nadie. No hay derecho que ahora tenga que dejarlo todo y desapa-recer.

– El único pago que recibirá de mí es el silencio.

– Le digo que necesito dinero para…

– Jamie me ha contado que tiene usted una cuenta en Suiza con el dinero que Kabler le ha ido ingresando. Estoy seguro de que tendrá suficiente para empezar una nueva vida en cualquier paraíso tropical.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

– Mil dólares y le entregaré los libros contables de Gardeaux.

– ¿Qué me pueden aportar? Ayer mismo dijo que no eran incriminatorios.

– A no ser que los relacione con los informes de Pardeau. Entonces, la imagen se completa.

– ¿Quién es Pardeau?

– Francois Pardeau, 412 de St. Germain. Mi homólogo en París. -El tono de Nigel se volvió taimado-: Ya ve que colaboro. Y esto le ha salido totalmente gratis.

– Podría ser que esos informes no me aportaran ningún beneficio. No quiero a Gardeaux detrás de unos barrotes.

– Kabler sí. Y yo podría ayudarle.

– No intente hacernos jugar el uno contra el otro, Simpson. Si lo que necesita es dinero de inmediato, sabe que Ka-bler tampoco se lo dará. Se tarda tiempo en mover el pape-leo burocrático y conseguir la autorización para un soborno de ese calibre.

– ¿Quiere los libros o no?

– Los quiero. Por cincuenta mil, un pasaporte falso, una identidad nueva y una escolta segura para salir de Inglaterra. Tómelo o déjelo.

– No es suficiente. Yo tendría…

– Si intenta conseguir los papeles usted mismo, Gar-deaux lo descubrirá y le destrozará como un gato a un ratón.

Simpson guardaba silencio. Finalmente, dijo:

– ¿Para cuándo?

– Jamie tardará un día en tener los papeles. Yo saldré en avión mañana por la mañana y llegaré a su apartamento ha-cia la medianoche.

– No, no venga aquí. No quiero que me vean con usted. Deje el dinero y los documentos pasado mañana en el cepi-llo de la iglesia de St. Anthony a las diez en punto.

– ¿Sin los libros ni la información? Lo siento, pero mi caridad no llega a tanto.

– En el cepillo encontrará la llave de una consigna de la estación de autobuses de Bath. Confíe en mí.

– Bath está a más de una hora en coche de Londres.

– Es lo mejor que puedo ofrecerle. Ya no queda ni una sola consigna en las estaciones de Londres gracias a las bom-bas del IRA.

– Mira qué bien.

– Yo soy el que se arriesga -dijo chillando-. ¿Y si me si-guen?

– Nosotros también lo haremos. Desde el momento en que recoja el dinero hasta que yo llame a Jamie para decir-le que el paquete de la consigna está bien. Después, él envia-rá un hombre a recogerle y asegurarle una huida segura.

Colgó el auricular.

– ¿Libros? -le preguntó Jamie, sentado al otro lado de la habitación.

– Simpson está asustado. Acepta vender los libros conta-bles de Gardeaux y la información sobre lo de Medas por una suma miserable y una huida segura.

– ¿Para qué quieres esos libros?

Nicholas se encogió de hombros.

– Puede que no los quiera. Son tan sólo una especie de comodín. Y tendría que acceder a los libros que Pardeau tie-ne en París para que los de Simpson cobraran sentido.

– Entonces, ¿qué sentido tiene pagar por ellos?

– A veces, un comodín puede hacer que ganes la partida. Por Dios, nunca antes habíamos estado tan cerca de Gar-deaux -y luego añadió-: También quiero enterarme del por-qué del golpe de Medas.

– Y supongo que querrás que agilice el tema de los papeles de Simpson, ¿no? -Se puso en pie y se acercó al teléfono-. Se-cuestrado una vez más en las rutinas de este pragmático mun-do. Qué desastre. Yo que estaba sentado, ahí, componiendo una inmortal oda a los bellísimos ojos de nuestra Nell…

* * *

La casa de Joel Lieber le recordaba vagamente a una que ha-bía visto en una revista, construida por Frank Lloyd Wright. Toda ella era un conjunto de líneas modernas y cristal, inte-grado sutilmente en un marco de jardines, rocas y una cas-cada que brotaba de un pequeño estanque burbujeante.

– Es preciosa -dijo Nell al salir del coche.

– Por fuerza. -Nicholas la guió hacia la entrada princi-pal-. Es una casa construida gracias a la belleza.

– Tania dice que Joel realiza una buena cantidad de tra-bajos de caridad.

– No le estoy criticando. Yo soy capitalista. Todo el mundo tiene derecho a recoger los frutos de su labor.

– Eh, señor Tanek. Me alegro de verle.

Nell se volvió asombrada al ver a Phil bajando por el ca-mino del jardín. Iba vestido con téjanos y una camiseta de los Bulls, y llevaba una azada.

– ¿Qué haces tú aquí?

Sonrió contento.

– El señor Tanek cree que es mejor que yo ande cerca, por si tiene usted una recaída. Y, mientras, el doctor Lieber me deja trabajar en su jardín. Me pagué los estudios vendiendo plantas. Es fantástico estar cerca de las flores otra vez. -Se sentó en el banco al lado del arroyo-. Si me necesi-ta para algo, sólo tiene que llamarme.

Nell se volvió hacia Nicholas.

– Sabes perfectamente que no voy a tener ninguna recaída.

– Nunca se sabe. -Cambió de tema-. Joel me ha dicho que quieres empezar el papeleo para anular tu muerte. ¿Porqué no me lo has comentado?

– Porque he cambiado de opinión.

– Bien. ¿Puedo preguntarte por qué?

– He decidido que puede ser conveniente. Mi nuevo nombre será Eve Billings. Necesitaré un carné de conducir y un pasaporte con este nombre. ¿Me los conseguirás?

– Tardaré unos días.

– Y necesitaré dinero para vivir. ¿Puedes abrir una cuen-ta a mi nombre hasta que me sea posible acceder a mi dine-ro? Por supuesto, te firmaré un pagaré.

– Eso, tenlo por seguro -dijo-. Puede que tenga que co-brármelo de tus propiedades si persistes en intentar que te maten.

– ¿Lo harás pronto?

– Llamaré y te transferiré fondos al banco de Joel a nom-bre de Eve Billings esta misma mañana. Recibirás tus docu-mentos por correo.

– Gracias. A Kabler no le costó demasiado encontrarme. ¿Debo preocuparme por la posibilidad de que Maritz pueda haber seguido mi rastro hasta el hospital?

– No.

Lo dijo con absoluta certeza. Tanek debía de haber ta-ponado la brecha, pensó Nell.

– ¿Y qué hay respecto a mi expediente sobre la operación?

– Destruido, excepto algunos documentos que Joel guarda aquí. Le pediré que se libre de ellos también.

– Bien. -Tocó el timbre-. Sé que te dije que no te pediría na-da más. Te prometo que ésta será la última vez. Adiós, Tanek.

– No lo digas como si fuera un adiós definitivo. Te se-guiré viendo. Si no, acabarás bajo tierra y…

– ¡Ya estás aquí! -Tania abrió la puerta de par en par con una amplia sonrisa-. Y Nicholas también. ¡Qué bien! En-trad y veréis qué maravillas he hecho con la casa de Joel.