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– Nada.

No era verdad. Nell acababa de recordar el verso com-pleto.

Rojo sobre negro, carece de veneno.

Rojo sobre amarillo, mata al primer mordisco.

Capítulo 9

Llegaron a Cypress Island una hora antes de la puesta de sol. Más que una isla, parecía un banco de arena cubierto de musgo, pero eso no importaba. Era tierra firme, seca y a Nell le pareció fantástico mientras salía tambaleante del agua.

– Hola -dijo Tanek.

Nell se quedó helada un instante por la impresión.

Estaba ahí, sentado bajo un ciprés, sobre la tierra mus-gosa.

– Perdona que no me levante. No me siento con ganas de ser bien educado, en estos momentos. Incluso podría decir que estoy un poco irritado contigo.

Estaba más que irritado, pensó Nell. Saltaba a la vista. Estaba embarrado, mojado y de muy mal humor.

– ¿Qué haces aquí?

– Podría preguntarte lo mismo.

Wilkins la apartó a un lado.

– Aquí no se le ha perdido nada. Además, ¿quién es usted?

– Parece que no soy el único que no tiene ganas de mos-trarse bien educado. -Tanek se levantó-. ¿Y usted es…?

– Sargento George Wilkins.

– Nicholas Tanek. -Hizo un gesto hacia Nell-. He veni-do para llevarme a la señora.

Wilkins frunció el ceño.

– ¿Le envía Randall?

– Me dijo dónde podía encontrarla.

– Pues está bajo mis órdenes y no puede ir a ningún lado -contestó Wilkins, para sorpresa de Nell-. Además, no ten-go ninguna orden escrita de entregársela a usted.

– Ya empezamos -suspiró Tanek.

– No voy a irme contigo -intervino Nell.

Tanek inspiró profundamente, y ella casi pudo oír cómo contaba hasta diez. Después, se dio la vuelta y se alejó de la columna de hombres.

– Necesito hablar contigo.

– Ella no tiene tiempo para hablar. -La mandíbula de Wilkins se tensó-. Debe ayudar a montar el campamento.

Tanek le lanzó una mirada. Y dijo muy suavemente:

– Estoy hablando con la señora. No moleste.

Wilkins vaciló un instante, y se encogió de hombros.

– Hable todo lo que quiera, pero no se la va a llevar. -Se volvió y gritó-: Scott, ven conmigo.

– ¿Va todo bien? -Peter frunció el ceño, inquieto.

– Perfectamente -le tranquilizó Nell, mirándolo por en-cima del hombro mientras seguía a Tanek-. Ahora mismo vuelvo.

Tanek se encaró a ella tan pronto estuvieron lejos del ra-dio de escucha de los otros.

– Esto es una locura. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

– Es necesario.

– Es peligroso.

– Dijiste que no era rival para Maritz ni para Gardeaux.

– Ya sé lo que dije. ¿Y crees que dando zancadas por un pantano te vas a convertir en mejor rival para ellos?

– Puede que ayude. Estoy aprendiendo otras cosas. Nunca había manejado una pistola hasta ayer.

La observó, desalentado.

– Mírate -le limpió con la mano una mancha de barro que tenía en la mejilla-. Estás absolutamente empapada y embarrada y… en cualquier momento, caerás extenuada.

– No, no lo haré.

Tanek tensó los labios.

– No, no lo harás. Simplemente, seguirás adelante hasta que no quede nada de ti.

– Exactamente. -Le miró a los ojos-. Si no me ayudas a capturar a Gardeaux y a Maritz, tengo que hacerlo yo sola. Por eso estoy aquí.

Tanek no dijo nada, pero ella podía sentir su rabia y exasperación, vibrando entre ambos como un ente vivo.

– Maldita sea -dijo suavemente-. Deja ese rifle y la mo-chila. Ya no los necesitarás más. Te vienes conmigo.

– Te he dicho que me quedo.

– Te ayudaré a atraparlos -continuó con aspereza-. Eso es lo que quieres, ¿no?

Una chispa de excitación recorrió a Nell.

– Sí, eso es lo que quiero. ¿Me das tu palabra?

– ¡Pues claro que sí! Hasta el punto de utilizarte como cebo para Gardeaux. Si eso te hace feliz.

– Sí. -Hizo resbalar el rifle de su hombro, lo dejó sobre el suelo y luego se liberó de la mochila-. Haré todo lo que haga falta. -Respiró profundamente y movió los hombros para desentumecerlos. Se sentía como si se hubiera sacado de en-cima una pesada carga, en más de un sentido-. Vámonos.

– ¿Qué estás haciendo? -Wilkins se acercó adonde ellos estaban-. Ésta no es manera de tratar el arma, Billings.

– Me voy.

– Y una mierda.

– ¿Por qué le importa tanto? De todas maneras, usted me quería lejos de aquí.

– Eres un mal ejemplo para los otros hombres. No has sido formalmente relevada por el coronel.

Vaya un dilema…

– Me voy -dijo dándose la vuelta.

Él la agarró por el brazo.

– Ya lo decía yo: mujeres. Las cosas se ponen mal y ellas huyen como…

– Suéltela -intervino Tanek con calma.

Wilkins lo miró, sin soltar el brazo de Nell.

– Que te den por el culo.

Tanek sonrió.

– Vaya, no sabe usted lo feliz que me hace que haya dicho eso. -Dio un paso adelante, alzó la mano y soltó un gol-pe de karateka en el corto cuello de Wilkins-. O incluso lo que me he divertido haciendo esto.

Wilkins puso los ojos en blanco, y se desplomó sobre el suelo.

La mirada de Nell fue rápidamente hacia la cara de Tanek.

– Te lo has pasado bien.

– Puedes apostar por ello. -Sonrió con fiereza-. Sólo me lo habría pasado mejor si hubiera golpeado tu cuello. -Se dio la vuelta y saltó del islote al agua-. Vámonos, tardare-mos un par de horas en llegar hasta el coche a través de este terreno desastroso, y muy pronto se hará de noche.

– Ya voy -repuso, empezó a caminar y se paró. Miró hacia atrás. Peter la observaba, entre desconcertado y des-valido.

No había sitio para él en su vida. Sólo sería un obstácu-lo. Tanek le había prometido lo que quería y lo que menos necesitaba ahora era cualquier impedimento.

– ¿Adonde vas? -preguntó Peter.

Parecía terriblemente solo.

Y en el grupo de hombres de detrás estaba Scott y aque-llos otros bastardos.

– Espera -le dijo a Tanek, y dio unos pasos hacia Peter-. Vente conmigo.

El la miró, dudando.

Le cogió la mano.

– Todo irá bien. Ahora es mejor que vengas conmigo, Peter.

– A mi padre no le gustará, ¿no?

– No te preocupes por él. Ya lo arreglaremos. Tú no quieres estar aquí, ¿verdad?

Inmediatamente, Peter asintió con la cabeza.

– Es un mal sitio. Y no quiero estar aquí si te vas.

– Entonces, tira la mochila y el arma y vente conmigo.

– El sargento dice que nunca debemos separarnos del rifle.

– ¡Nell! -Tanek la llamaba.

Tiró de la mano de Peter.

– Debemos irnos ahora mismo.

Él aún la miraba, tembloroso.

– ¿Por qué te llama Nell? Tú te llamas Eve.

– Mucha gente utiliza más de un nombre. -Controló su impaciencia y le dijo con calma-: Somos amigos, Peter. De-bes confiar en tus amigos. Sería bueno que vinieras conmigo.

Una sonrisa iluminó su rostro con dulzura.

– Amigos. Es cierto, no me acordaba. -Dejó su rifle en el suelo y se sacó la mochila de la espalda-. Los amigos deben estar juntos.

Nell soltó un leve suspiro de alivio y se acercó a Tanek.

– El se viene con nosotros.

– Ya lo sospechaba. ¿Alguien más?

Ignorando el sarcasmo, Nell saltó al agua.

– Vamos, Peter.

Tanek iba abriendo camino por el agua, y Peter lo miró con el ceño fruncido, receloso.

– ¿Está enfadado conmigo?

– No, sencillamente es su manera de ser.

* * *

Se movieron con rapidez durante la primera hora y media, pero al empezar a caer la noche, su marcha aminoró.

El pantano era todavía más temible y amenazador en la oscuridad. Cada chapoteo era un peligro desconocido, cada brazada una alarma. Nell mantenía la mirada fija en el brillo apagado de la camiseta blanca de Tanek, lejos de los árboles forrados de musgo.