– Quizá. Pero no te hará ningún daño.
– Puede que pierda el tiempo.
– En este preciso momento de tu vida, yo no lo vería como una pérdida de tiempo. -Se encontró con su mirada- Yo mantendré mi promesa. Recibirás una hora de entrenamiento cada día, tanto si pintas como si no. Pero la única manera de conseguir más es darme lo que quiero.
– Esto no te beneficiará para nada.
– Ni me perjudicará. -Tanek sonrió-. Y a ti tampoco, ¿verdad? -Lentamente, Nell negó con la cabeza-. ¿Trato hecho, pues?
¿Por qué no? Sería una manera de controlar el ritmo de su entrenamiento sin tener que rogarle. Miró las telas y sin-tió una sutil excitación. Su mirada fue en dirección a la cocina, donde podía oír a Michaela preparando la comida. Aquel maravilloso rostro…
– Sí, si consigues persuadir a Michaela para que pose para el retrato.
– Nunca intento persuadirla para que haga nada. Si la quieres, ve tras ella.
– ¿Más terapia?
Tanek sonrió.
– Simplemente, terror. Ella me da pánico.
La empresa funeraria de John Birnbaum resplandecía en la oscuridad como si fuera un pequeño invernadero. Sus tres columnas estaban iluminadas por un reflector oculto en unos arbustos de hoja perenne en la gran extensión de cés-ped de la entrada.
Qué derroche, pensó Maritz. Mansiones para los muer-tos. Bueno, no sólo para los muertos. Los enterradores sa-can buenos beneficios de cuidar cadáveres y restos. Malditas sanguijuelas. Con el entierro de su padre, le habían dejado sin blanca.
Pero Maxwell e Hijo no había tenido nunca un lugar como aquél. Su funeraria estaba en una concurrida calle de un barrio popular de Detroit, y Maritz era demasiado pobre e insignificante para merecer atención. Le habían enviado a Daniel Maxwell, el hijo. Maritz se había sentido invadido Por la furia de la impotencia ante aquel niñato lleno de gra-nos y acné que estaba sentado frente él y que intentaba ro-barle todos los dólares que podía.
Habría querido exprimirle la garganta a aquel bastardo hasta que los ojos le salieran disparados.
Pero eso fue antes de que encontrara el cuchillo.
La puerta principal de la funeraria estaba abierta y un grupo de personas iba fluyendo hacia el exterior. Ojos hin-chados, comentarios en voz baja, furtivos signos de alivio al dejar la muerte y volver otra vez con los vivos.
Miró su reloj. Las nueve en punto. Hora de cerrar. Les concedería a los rezagados otros quince minutos.
Les estuvo observando mientras subían a sus coches y se marchaban. También él estuvo en un duelo. Quería a su pa-dre. Debía haber sido su madre la que muriera. La puta viciosa. No había deseado que pasara aquello. Sólo le había dado a su padre un pequeño empujón, pero lo precipitó es-caleras abajo. Debería haber sido ella.
Un joven con traje oscuro venía de la funeraria y atajó por el césped hacia el aparcamiento de empleados. ¿Un aprendiz de vampiro? O quizá Birnbaum también tenía un hijo. El chico silbaba, y entraba en un Oldsmobile azul aparcado justo al lado de un lustroso Cadillac fúnebre.
Un coche fúnebre nuevo, que había sido pagado en efectivo una semana después de la supuesta cremación de la señora Calder.
Maritz había encontrado la factura de aquella compra muy interesante.
Las luces de la entrada se apagaron.
Maritz esperó hasta que el Oldsmobile hubo desapare-cido por la esquina para salir de su coche y cruzar la calle. Pulsó el timbre.
Sin respuesta.
Volvió a pulsar.
Esperó un minuto y lo hizo sonar de nuevo.
Las luces de la entrada volvieron a encenderse, la puerta se abrió. Aire frío y una pesada fragancia de flores rodearon a Maritz.
John Birnbaum estaba de pie en el vestíbulo. Cabello liso, canoso, un poco rechoncho, vestido con un sobrio traje gris
– ¿Deseaba ver el cuerpo? Lo siento, pero hemos cerrado.
Maritz sacudió la cabeza.
– Necesito hacerle unas preguntas. Sé que es tarde, pero ¿puedo pasar?
Birnbaum vaciló. Maritz casi podía ver que en el inte-rior de su cabeza se ponía en marcha en engranaje que fabri-caba signos de dólar sin parar. Birnbaum se hizo a un lado.
– ¿Ha sufrido una pérdida?
Maritz entró en el vestíbulo y cerró la puerta. Sonrió.
– Sí, he sufrido una pérdida. Tenemos que hablar de ello.
Nell, de pie en el umbral de la puerta de la cocina, contem-plaba a Michaela trabajar una porción de masa con el rodi-llo. Los brazos de aquella mujer estaban manchados de harina y cada uno de sus movimientos era ágil, preciso y lleno de gracia.
– ¿Quieres algo? -le preguntó Michaela sin levantar la mirada.
Nell se sobresaltó y dijo la primera cosa que le vino a la cabeza.
– ¿Qué está haciendo?
– Galletas.
– Las del desayuno eran maravillosas.
– Lo sé.
No iba a ser fácil.
– Está muy ocupada. -Michaela asintió-. Son muy ama-bles, usted y su marido, por dejar que Peter se quede en el rancho durante un tiempo.
– No es ninguna molestia. -Dejó a un lado el rodillo y empezó a cortar la masa de las galletas-. Si hubiera sido un problema, no lo habríamos hecho. Jean no tiene tiempo para tonterías. Ese chico tiene la mentalidad de un niño, pero no es tonto. A los niños se les puede enseñar. -Aque-llas palabras fueron pronunciadas con tanta fuerza como la que le aplicaba al cuchillo sobre la masa-. Y ahora, ¿qué es lo que quiere?
– Su rostro.
Michaela levantó la mirada.
– Diría que el tuyo está bastante bien ya.
– Quiero decir… Me gustaría dibujarla.
Michaela empezó a colocar las galletas en una fuente.
– No tengo tiempo para posar.
– Podría hacer un boceto mientras trabaja. No la moles-taría mucho al principio.
Michaela no dijo nada durante un instante.
– ¿Eres artista?
– La verdad es que no. No tengo tiempo. Lo hago sólo cuando no estoy… -Se contuvo al darse cuenta de que esta-ba dando automáticamente la misma respuesta que hubiera dado a cualquiera antes de lo de Medas. Pero ahora ya no es-taban ni Jill ni Richard para ocupar su tiempo. Contuvo una punzada de dolor-. Sí, soy artista. -Aquellas palabras sona-ron extrañas y remotas en sus oídos.
Michaela la estudió un instante y después asintió breve-mente.
– Dibújame pero de lejos. Simplemente, no te pongas por en medio.
Nell no le dio ocasión para cambiar de idea.
– Voy a buscar mi bloc de dibujo.
– No me voy a quedar quieta.
– Trabajaré a su alrededor…
Era mucho más fácil decirlo que hacerlo. Se dio cuenta después de una hora intentando capturar las facciones de Michaela. Aquella mujer nunca se estaba quieta. Para ser una persona cuya cara adoptaba la serenidad de una Nefertiti, Michaela era una dinamo de energía. Después de tirar varias hojas enteras, desesperada, Nell decidió concentrarse en un sólo rasgo cada vez. Empezó con aquellos profundos ojos.
Así estaba mejor. Lo estaba consiguiendo. Quizá podría combinar las facciones más tarde…
– ¿Para qué has venido?
Nell levantó su mirada. Era la primera vez que Michae-la había hablado en más de una hora.
– Estoy de visita.
Michaela sacudió la cabeza.
– Nicholas dijo que te quedarías todo el invierno. Eso no es una visita.
– Intentaré no ser una molestia para usted.
– Si Nicholas te quiere aquí, yo sobrellevaré cualquier pequeña molestia.
– Nicholas dijo que usted y Jean pertenecían a este lugar mucho antes que él.
– Sí, es cierto, pero él también se está haciendo al lugar. Sólo necesita un poco más de entrenamiento.
– ¿ Entrenamiento?
Michaela se encogió de hombros.
– Creo que es duro para él ser de algún sitio, pero, al mismo tiempo, lo desea mucho. Ya veremos.