– ¿Quiere que se quede aquí?
Michaela asintió.
– Nos entiende y nos deja ser a nuestra manera. El pró-ximo propietario podría ser un estúpido y nada apto para recibir instrucción.
Nell sonrió.
– ¿Y ustedes están instruyendo a Nicholas?
– Por supuesto. Él no es difícil. Tiene una gran fortaleza mental y voluntad. Se fusionará con este lugar, si le damos tiempo.
– Yo pensaba que su fuerza de voluntad sería un gran obstáculo para esa unión.
– Esta tierra es fuerte. Y no le gustan las personas débi-les. -Miró a Nell-. Los mastica y después los escupe.
Su lápiz se quedó quieto a mitad de un trazo.
– ¿Cree que yo soy débil?
– No lo sé. ¿Lo eres?
– No.
– Entonces, no tienes nada por qué preocuparte.
– Usted no me quiere aquí, ¿verdad?
– Me da igual que te quedes o te vayas. -Sacó las galletas del horno-, mientras no intentes llevarte a Nicholas. Habla con él. Sonríele. Duerme con él. -Dejó la fuente al lado del rodillo-. Pero, cuando te vayas, déjalo aquí.
Nell protestó:
– No tengo la intención de dormir con él. No es para eso para lo que he venido.
Michaela se encogió de hombros.
– Sucederá. Él es un hombre y tú estás más disponible que las mujeres de la ciudad. -Cogió una espátula y con cui-dado extrajo las galletas de la fuente-. Y tú eres el tipo de mujer que inspiraría a un hombre.
– El no lo ve así.
– Todos los hombres ven a las mujeres así. Es su reacción instintiva. Solamente después nos ven como personas, con cerebros además de cuerpos.
– ¿Y él es el único que tiene algo que decir al respecto?
– A ti también te gusta mirarlo. Lo contemplas.
¿Lo hacía? Maldita sea, por supuesto que lo miraba. Era un hombre que merecía atención. Había destacado como un faro en la oscuridad dentro de aquel salón tan concurrido…
– Esto no significa nada. No hay nada entre nosotros.
– Si tú lo dices. -Se alejó-. Se acabó la charla. Casi es hora de comer. Tengo que llevar la comida a la mesa.
Nell respiró, un tanto aliviada. Michaela estaba total-mente equivocada y aquella conversación había sido dema-siado desconcertante.
– ¿Puedo ayudarla? Podría poner la mesa.
– No. -Abrió un armario y bajó unos platos-, Pero po-drías ir al establo y avisar a Nicholas.
Nell dejó su bloc de dibujo y se bajó del taburete.
– Ahora mismo.
Cuando entró en el establo, Nicholas estaba acicalando un semental bayo. Se detuvo justo en la entrada.
– La comida está lista.
– Estaré listo en un minuto.
Lo miró mientras cepillaba aquel semental con movi-mientos largos y elegantes. Lo hacía todo con aquella fuer-za y simplicidad, pensó. Llevaba unos téjanos y una camiseta, y, realizando aquellos trabajos domésticos, parecía estar totalmente en casa. Si no lo conociera, habría pensado que había nacido allí. Era difícil relacionar al Tanek de Medas con aquel hombre.
Nicholas no levantó la mirada.
– Estás muy quieta. ¿En qué estás pensando?
– En que lo haces muy bien. ¿Sabes mucho de caballos?
– Estoy aprendiendo. Nunca había visto un caballo antes de venir aquí excepto unos mongoles británicos en el club de polo.
– ¿Fuiste socio de un club de polo?
– No exactamente. De pequeño lavaba platos en la cocina.
– No te imagino lavando platos.
– ¿No? Pues lo consideré como un progreso. Mi trabajo anterior era fregar suelos en el burdel donde trabajaba mi madre.
– Oh…
La miró por encima del hombro.
– Qué exclamación más fina. ¿Te he hecho sentir incó-moda?
– No, pero yo… -se dio cuenta, molesta, de que estaba tartamudeando-. No es de mi incumbencia. No he preten-dido entrometerme.
– Y no lo haces. Yo conocí a mi madre muy poco. Me sentía más cercano a las otras prostitutas que a ella. Era una norteamericana hippy que llegó a China buscando la luz verdadera. Lamentablemente, la única luz que encontró era la que veía bajo los efectos de la droga. Así que siempre iba drogada. Murió de sobredosis cuando yo tenía seis años.
– ¿Cuántos años tenías cuando te fuiste de allí?
Tanek pensó un instante.
– Creo que tenía ocho cuando empecé en el club de polo. Fui despedido de ese trabajo a los doce.
– ¿Por qué?
– El cocinero dijo que yo había robado tres cajas de ca-viar y que las había vendido en el mercado negro.
– ¿Era verdad?
– No, lo hizo él mismo, pero yo era una cabeza de turco conveniente. Realmente, fue bastante listo escogiéndome. -Su tono era fríamente objetivo-. Yo era el más vulnerable. No tenía a nadie que me protegiera y tampoco era capaz de protegerme yo solo.
– No parece que te moleste.
– Ya pasó. Y me sirvió de lección. Nunca volví a ser tan vulnerable, y aprendí a conservar lo que era mío.
– ¿Qué sucedió después de que te fueras? ¿Tenías algún sitio a donde ir?
– Las calles. -Dejó el cepillo y dio una palmada cariñosa en el hocico del caballo-. Las lecciones que aprendí allí fue-ron incluso más valiosas pero creo que no te gustaría dema-siado escucharlas. -Salió del establo y cerró la portezuela in-ferior-. O quizá sí. Unas cuantas tienen que ver con trucos sucios y actividades delictivas.
No podía ni imaginarse lo que debía significar sobrevi-vir en aquellas calles… y, además, por aquel entonces, Tanek era tan sólo un niño.
Miró a Nell y movió la cabeza.
– Me estás mirando igual que a Peter. Eres blanda como la mantequilla a punto de derretirse.
Rápidamente, Nell desvió la mirada.
– Detestar los abusos infantiles no significa ser blando. Tú también los detestas.
– Pero yo no me derrito.
– Yo tampoco.
– Tú sí, bastante. Mira, no todos los niños son como Jill. Yo era pendenciero, egoísta, un pequeño bastardo de zarpas afiladas. -Sus miradas se cruzaron-. Crees que he cambiado, pero aún eres demasiado blanda. Blando significa maleable y maleable significa muerte.
– Entonces, cambiaré. -Empezó a ir hacia la puerta-. Michaela se enfadará si la comida se enfría.
– Y no queremos que eso suceda. -La siguió-. ¿Cómo lo llevas con ella?
– Bastante bien. Me ha dado permiso para que la dibuje… -Hizo una mueca-. Mientras no me ponga por en medio.
– ¿Y cómo te sientes, dibujando de nuevo?
– Bien. -Le miró brevemente-. Pero no conseguirás que me busque una pequeña y cómoda esquina y me olvide de todo.
– Quizás ayude. Forma parte de una imagen global.
– Hoy he estado tres horas haciendo bocetos. Y eso sig-nifica que me debes algo.
La comisura de sus labios se elevó en una sonrisa iróni-ca mientras le abría la puerta principal.
– Así es como funcionan las cosas.
Nell sacudió la cabeza. Tanek formaba una extraña mezcla de frialdad, dureza… pero su código incluía, a la vez, un sentido de la responsabilidad y de la justicia. Y eso era notable en un hombre con su pasado.
Pero es que Tanek era un hombre notable.
Lo contemplas.
Las palabras de Michaela acudieron a su mente y, otra vez, sintió una extraña sensación ante la idea de intimar con Tanek. Era una reacción estúpida. Admitir que Tanek era extraordinario no significaba que quisiera meterse en la cama con él. Ahora no había sitio en su vida para el sexo con nin-gún hombre y, si no pretendía llegar a ser amiga de Tanek, ciertamente tampoco lo quería en su cama. Él tan sólo era una vía para atrapar a Maritz, y eso iba a ser todo. Ni si-quiera sabía por qué le había interrogado sobre su pasado. Cuanto menos supiera sobre él, mucho mejor.
No, no era cierto. Le había interrogado porque tenía cu-riosidad por saber qué tipo de circunstancias habían confor-mado una personalidad como la suya. La curiosidad era un rasgo normal y aceptable. Descubrió que aún tenía curiosi-dad cuando, de repente, se le ocurrió preguntar: