– Pero lo que quiero es aprender a devolver los golpes. ¿Ésta es la manera habitual?
– Quizá no. Pero es mi manera. Ataca.
Ella le atacó.
Tanek la lanzó contra la colchoneta y se sentó encima.
– Si yo fuera Maritz te golpearía la nariz de abajo a arri-ba y te metería las astillas del tabique nasal en el cerebro.
Nell levantó la mirada. Estaba intentando hacerla sentir tan desvalida e incompetente como fuera posible.
– No, no lo harías.
– ¿Crees que se apiadaría? Olvídalo.
– No, dijiste que a Maritz le gusta usar el cuchillo. Si me hubiera derribado, ¿por qué desperdiciaría la oportunidad?
El rostro de Tanek reflejó sorpresa antes de acusar aquella puntualización poniéndose muy serio.
– En cualquier caso, ya estarías muerta.
– Hoy. Mañana lo haré mejor. Y pasado mañana mucho mejor aún.
Tanek la miró durante un rato, con una expresión que reflejaba una mezcla de emociones que Nell no pudo definir.
– Sé que lo harás. -Sus nudillos fueron sorprendente-mente dulces al rozar la línea de sus mejillas-. Condenada.
De repente, Nell se dio cuenta de la postura dominante de Tanek, del control muscular de sus piernas, del poder de aquellas manos, que no dejaban que ella pudiera levantar las muñecas de la colchoneta. Tanek olía a sudor y a jabón, y el aroma la envolvió. Era… desconcertante. Desvió su mirada de él.
– Deja que me levante, y volvamos a empezar.
Por un momento, Nell sintió la tensión de los músculos de sus muslos contra su cadera. Después, Tanek se apartó de ella y se puso de pie. Le ofreció una mano y la ayudó a levantarse.
– No.
Nell abrió los ojos, sorprendida.
– ¿Qué quieres decir? Apenas hemos empezado.
– Hemos hecho un montón de progresos, más de los que había planeado. -Empezó a ir hacia la puerta-. No más por hoy.
– Tú me lo prometiste. Me lo debes.
La miró por encima del hombro.
– Entonces, apúntalo en la columna de débitos. Estoy se-guro de que llevas las cuentas. Ahora, ve a tomar un baño bien caliente para aliviar los golpes. Mañana a la misma hora.
Nell cerró los puños, frustrada, mientras la puerta se ce-rraba de golpe tras él. Primero, la hacía sentir indefensa, y después se iba, sin dejar que ella pudiera recuperar siquiera la conciencia de su propia fuerza. Puede que aquélla fuera su estrategia. Quizá pensaba que, si la desanimaba y la socava-ba constantemente, acabaría dándose por vencida.
De todos modos, su marcha había sido demasiado brus-ca. Sospechó incluso que él no quería realmente dar la se-sión por finalizada.
Aunque, de hecho, lo que importaba era que se había ido, y que ella no recuperaría esa mañana. No podía permi-tírselo. Iría tras él y…
¿Qué? ¿Lo traería a rastras de vuelta? Discutir con Ta-nek no le serviría de nada. Tendría que hacer sencillamente lo que él le había dicho, y considerar aquel día como perdi-do. Y esperar que él mantuviera su promesa al día siguiente.
Una hora más tarde, se preguntaba si, para ese entonces, ella estaría en condiciones de enfrentarse a él. Poco a poco, se metió en el agua caliente y se apoyó contra la parte curvada de la bañera. Los músculos de sus hombros y espalda esta-ban más rígidos y doloridos a cada minuto que pasaba. Tenía un terrible cardenal en la cadera, otro en el muslo izquierdo, y cinco marcas rosadas en su antebrazo derecho, justo por donde Tanek la había agarrado.
Nadie podría decir que Tanek era un hombre que no dejaba huella, pensó lamentándose. Cada vez que la había tocado hoy, le había hecho daño.
Excepto cuando le rozó la mejilla con los nudillos. En-tonces no le había causado dolor alguno.
Pero incluso aquel momento de suavidad había sido in-quietante.
Tenía que olvidarlo. Cerró los ojos y dejó que el calor del agua invadiera su cuerpo. Sí, había que olvidarlo todo, excepto prepararse para la mañana siguiente.
– ¿Lista para empezar? -Tanek le hizo un gesto para que se le acercara-. Vamos.
Nell se quedó mirándolo. El rostro de Tanek no expre-saba nada.
– ¿No irás a acabar la clase antes de tiempo otra vez?
– De ninguna manera. Pero acabarás deseando que lo haga.
Ella lo embistió.
Con un movimiento rápido, Tanek la levantó y la tiró contra la colchoneta.
– No te pongas rígida. Haz como si no tuvieras huesos. Cuando caigas, rueda y ponte de pie.
«No te pongas rígida -se dijo Nell a sí misma mientras intentaba ponerse en pie-. No te pongas rígida.»
Decirlo era muy fácil. Pero, cuando estás volando por los aires, tensar los músculos es tan natural como respirar.
Después de una hora, estaba tan agotada que ya no po-nía tensión en ninguna parte de su cuerpo.
– ¿Lo dejamos ya? -le ofreció Tanek, de pie, mientras ella, tambaleándose, se esforzaba por levantarse.
– No. -Le costaba hablar-. Sigamos.
Después de otros treinta minutos de entrenamiento, Ta-nek la levantó, la cargó en brazos hasta su habitación y la dejó sobre la cama. Y añadió, bruscamente:
– Recuérdame que, la próxima vez, sea yo el que diga cuándo es suficiente. Tú continuarías hasta que te matara.
Salió de la habitación.
Descansaría un momento, decidió Nell, pero después se obligaría a meterse en la bañera. Por Dios, cómo le dolía todo. Cerró los ojos. Mañana se acordaría de no ponerse rí-gida al caer. Mañana rodaría y se pondría de pie…
Algo frío y húmedo le rozaba la mano, que colgaba a un lado de la cama.
Abrió los ojos.
Sam. Seguramente, había seguido a Tanek hasta allí y se había quedado encerrado.
– ¿Quieres salir? -preguntó-. Tendrás que esperar un minuto, hasta que pueda moverme. No estoy en muy buena forma.
El pastor alemán la miró un momento y después se echó en el suelo, junto a la cama.
Sam se mostraba comprensivo. Sabía lo que era el dolor y quería consolarla. Nell, muy despacito, extendió la mano y le acarició la cabeza.
Al día siguiente, no puso tensión en la caída, pero no fue ca-paz de ponerse en pie de un salto.
El día después, rodó por el suelo durante las primeras caídas pero en un momento dado, el cansancio pudo más que ella.
Al tercer día, consiguió relajarse, rodar y ponerse en pie. Se sintió como si hubiera pintado una obra maestra. ¡Estaba casi a punto!
– Bien -dijo Tanek-. Hazlo de nuevo.
No lo consiguió en los dos días siguientes. Tanek hacía que las caídas fueran más duras y los descansos más cortos.
Sólo estaba dos horas en el gimnasio cada día, pero po-drían haber sido veinticuatro. Cuando no se encontraba allí, pensaba en ello, preparándose mental y físicamente para el próximo encuentro con Tanek. Continuaba con sus esbo-zos, hablaba con Michaela, comía, dormía… pero todo era irreal. Se sentía como si estuviera dentro de un capullo, como si en el mundo no existiera nada más que la figura do-minante de Tanek, el gimnasio y las caídas.
Pero se estaba haciendo más fuerte, más ágil y rápida. Muy pronto, a Tanek no le sería posible dominarla del todo.
Tanek oyó el sonido de unos pasos suaves en el corredor.
Nell había salido de su habitación. Una pesadilla. Otra vez.
Se dio la vuelta en la cama, con los ojos abiertos, fijos en la oscuridad.
Tania le había explicado cosas sobre las pesadillas, pero no era lo mismo saber de qué iban, que ver cómo Nell in-tentaba sobrellevarlas. La había seguido varias veces, pero no había dejado que ella se diera cuenta de su presencia. So-bre todo, después de haberle visto la cara cubierta de lágri-mas. Seguro que no quería que él la sorprendiera mostrando su parte débil.