– Bueno, no he querido ofrecer mucha resistencia. Te echaba de menos. -Lo despeinó, riendo-. Y tú también a mí.
– Claro. -No podía marcharse aún. Melissa no era una puta. No la podía tomar y largarse sin más. Eso no sería ju-gar limpio. Así que dale algo, bastardo. Se obligó a abrazar-la.-. Siento haberte parecido brusco.
– Me ha gustado. -Bostezó Melissa-. Me encanta cual-quier cosa que me hagas. Aunque, sí, parecías un tanto dis-tinto. -Se acurrucó contra él-. ¿Te importa si duermo un poco? He tenido un día de perros.
– ¿Quieres que me vaya?
– No, solamente quiero echar una cabezadita. -Frotó su mejilla felina contra el hombro de Nicholas-. Sé que pronto querrás más.
– Lo que importa es lo que quieras tú.
– Entonces, pasarás la noche aquí. No te voy a dejar ir ahora que finalmente te has decidido a hacerme una visita.
Nicholas contuvo un brote de impaciencia. Tenía claro lo que Melissa esperaba, ya que, normalmente, Tanek se quedaba toda la noche-. Duérmete. Me quedaré.
– Vale -repuso, medio dormida. Hubo un silencio más o menos largo y, de repente, preguntó-: ¿Quién es ella?
– Una amiga.
– No quiero ser una cotilla -susurró-, simplemente es que… tenía curiosidad. Me has hecho el amor con tantas ganas.
– Hacía mucho tiempo. -Le acarició los labios con su dedo índice-. Calla y duerme.
– No quieres hablar de ella.
– No hay nada de qué hablar.
No quería hablar de Nell y tampoco quería pensar en ella. Debería haber sido capaz de olvidarla con el sexo. Siempre lo había usado para relajarse y huir de la inquietud y, sin embargo, se sentía aún más inquieto, caminando al borde de un precipicio.
No, aquello no funcionaba. No quería estar allí. Quería volver al rancho con ella, contemplar la expresión reconcen-trada de su rostro cuando dibujaba, o ver cómo se sentaba junto a Sam y lo mimaba.
Había que admitirlo.
Quería llevarla a la cama, quería hacerle el amor como nunca antes a nadie.
Pero Nell no estaba preparada. Y quizá no lo estuviera nunca, quizá no pudiera aceptarle durante mucho tiempo… Probablemente, sería mucho mejor si no lo hacía. A Tanek le había costado mucho esfuerzo tener una vida como la que llevaba, y ella se la cambiaría. Ya lo había hecho. Nell no era una mujer a la que se pudiera relegar a un segundo plano y visitarla sólo cuando le fuera conveniente. Aun en los momentos más plácidos, se descubría contemplándola, preocu-pado por sus silencios.
Obviamente, la solución era poner distancia, pero aque-llo no era una opción factible. Continuarían viviendo uno junto al otro, relacionados íntimamente cada día.
Dios santo.
– ¿Aún no ha vuelto Nicholas de la ciudad? -preguntó Michaela.
– Aún no -repuso Nell, sin levantar la vista del bloc de dibujo.
– Casi es de noche. Normalmente no está tanto rato con ella.
Nell resistió el impulso de preguntarle por la identidad de «ella».
– ¿Por qué has dejado que se marchara? -preguntó Michaela.
– Él hace lo que quiere.
– Podías haberlo retenido. A ella tan sólo la utiliza. La próxima vez, dale lo que busca y no se marchará.
Nell levantó la cabeza como un rayo, y la miró:
– ¿Qué?
– Ya me has oído.
– No estoy muy segura. Creía que usted quería que me fuera lo antes posible.
– He cambiado de opinión. He decidido que puedo acostumbrarme a ti.
– Gracias -contestó Nell con sequedad.
– Y también tú te acostumbrarías a esta tierra. Podrías ayudar a que Nicholas echara raíces aquí, con nosotros.
– Estoy contenta de que piense que le podría ser útil en algo.
– Te has molestado por mis palabras. Yo sólo deseo lo mejor para todos.
– Según su punto de vista, y con sus condiciones.
Michaela sonrió.
– Por supuesto. Pero estoy deseosa de acceder, también, a algo que te haga más feliz. Incluso te regalaré cada día quince minutos de completa inmovilidad para que puedas dibujarme mejor.
– Su generosidad me deslumbra.
– No es para menos. -Fue hacia la puerta-. No me gusta estarme quieta. Me gusta que los demás noten mi presencia.
– Eso está clarísimo -dijo Nell después de que la puerta se cerrara tras Michaela. Apartó el bloc a un lado.
Aquella mujer era asombrosa, totalmente sorda a cual-quier otro propósito que no fuera el suyo propio.
Pero ¿no era exactamente igual que ella? «Apártate de mí, que tiznas», le dijo la sartén al puchero…
Se puso en pie y fue, inquieta hasta la ventana. El cielo se iba haciendo más oscuro a medida que la noche llegaba. Había echado de menos el reto de las horas de gimnasio. Se había acostumbrado a la rutina, al ritmo de los días.
Se había acostumbrado a Tanek.
Era perfectamente natural y no significaba nada. Se ha-bía ido acostumbrando a Michaela y a Sam también.
¿Dónde estaba Nicholas?
Un súbito escalofrío la recorrió. Quizá no estaba con una mujer. Según Michaela, nunca tardaba tanto en volver. Un hombre que se rodeaba de cercas constantemente sin duda se ponía en peligro cuando las dejaba atrás.
Sam ladró chillonamente y descendió los escalones del porche.
¡El jeep!
Nell se descubrió de repente en el porche, esperando.
Sam corría peligrosamente hacia las ruedas del jeep mientras éste se acercaba a la casa. Nell sonrió al oír que Ta-nek maldecía al perro mientras pisaba a fondo los frenos.
– Llegas tarde. -Bajó los escalones-. Michaela tiene casi lista la sopa. Se hubiera enfadado si tú… -Se detuvo, sor-prendida al ver a Jamie Reardon saliendo del jeep también-. Hola.
Tanek estaba con una rodilla en el suelo, calmando a Sam.
– He ido a recoger a Jamie al aeropuerto. Hace sólo una hora que ha llegado.
Jamie sonrió mientras se acercaba a ella.
– Nick me ha llamado esta mañana, temprano, y me ha dicho que necesitas de mis servicios. Aunque no me guste ver a una dama encantadora empuñando un arma letal, me he visto en la obligación de volar a vuestro lado, natural-mente. -Miró hacia las montañas, el horizonte, y fingió un exagerado temblor-: No puedes imaginarte el sacrificio que significa. Ningún hombre civilizado se aventuraría a aden-trarse en estas tierras salvajes.
Armas. Estaba hablando de armas. Nell cayó en la cuen-ta: le había mencionado a Tanek su carencia de conocimien-tos al respecto, justo la noche anterior. Y él se había referi-do a Jamie, pero de modo tan casual que a ella no le había parecido que fuera a prosperar.
– Gracias por venir.
Tanek se puso en pie y fue hacia el porche.
– Entra y ven a ver mi hogar, Jamie. No es exactamente la cabaña que pensabas.
– Si nuestra Nell ha sobrevivido todas estas semanas -dijo Jamie-, es un signo excelente de que me será posible tolerarlo.
Nell los siguió lentamente mientras entraban en la casa.
Jamie se dio la vuelta y la sonrió.
– No era mi intención aparecer de sopetón. ¿Quieres que me marche?
– No, por supuesto que no. Sólo que me ha sorprendido -dijo rápidamente-. No lo esperaba.
– Ni yo tampoco. -Hizo una mueca-. Pero Nick puede ser muy persuasivo. Te prometo que no molestaré.
Pero todo sería distinto. Con la presencia de Jamie, la si-tuación cambiaba, desaparecía la intimidad.
Que era lo que, obviamente, Nicholas pretendía, o no habría traído a Jamie. Entonces, se estaba aburriendo, esta-ba cansado de malgastar su tiempo exclusivamente con ella.
Ignoró la punzada que le provocó tal pensamiento. De acuerdo, aceptaría el cambio, y lo haría productivo para ella. Estaba aprovechando el tiempo para aprender y Jamie tenia algo que enseñarle.
– No molestas. Estoy contenta de que estés aquí.
Estaba perdiendo el tiempo, comprendió Maritz decepcio-nado. La mujer de Calder no iba a venir. Pronto tendría que acabar con esto. Lástima. Se sentía muy cercano a Tania Vlados.