– ¿Qué era lo que quería?
– Irse. Con suficiente dinero para asegurarse que nunca volvería atrás.
– Evidentemente, triunfó.
Jamie asintió.
– E intentó darnos también lo que queríamos. Yo lo cogí al vuelo, pero Terence no quería quedarse quieto. Había estado metido en ello demasiado tiempo. Le gustaba aquella vida, la emoción de la partida. Cuando Nick compró este rancho, Terence se caló el sombrero y se alejó.
– Tropezó con Gardeaux. -Sus labios se pusieron en tensión-. Volvió con Nick para morir.
– ¿Qué sucedió?
– Gardeaux lo utilizó como muestra de un castigo ejem-plar. -Le abrió la puerta principal-Una pequeña cantidad de un veneno llamado «coloño» en la punta de una espada. Noventa y siete por ciento fatal y una muerte inimaginable-mente cruel. Nick no pudo hacer más que estar junto a él y presenciar cómo moría.
– ¿Coloño? Nunca he oído hablar de él.
– Procede del Amazonas. Están apareciendo toda clase de enfermedades a medida que se deforesta la selva. El colo-ño únicamente se transmite por contacto con la sangre. La enfermedad no es contagiosa, pero es prima hermana del Ébola. Seguro que has oído hablar de la muy asquerosa.
Nell sintió un escalofrío. Había leído en la prensa sobre este virus que literalmente arrasa los órganos de sus víctimas.
– Sí, algo.
– El cártel guarda a mano una cantidad de veneno para usarlo con la gente que no les gusta. Esta amenaza surtió efec-to. Y a Gardeaux lo mantienen bien surtido de ese material.
– Diabólico.
– Sí. Haz caso de la advertencia. -Buscó su mirada-. ¿Crees que Nick actuaría con tanta precaución si Gardeaux fuera un blanco fácil?
No. Contemplar cómo su amigo moría lenta y dolorosamente debió de sumirlo en una agonía a él también.
– Estoy aquí, ¿no? Estoy siendo paciente.
– Excepto cuando no le aciertas a la diana.
Sonrió.
– Excepto entonces.
– Pensé que se iba a quedar más tiempo. -Nell observaba de-cepcionada, cómo Michaela maniobraba el jeep, con Jamie en el asiento del copiloto, en dirección a la carretera-. No he aprendido suficiente.
– Tiene algunas cosas que hacer. Según él lo estás hacien-do suficientemente bien para que continúes practicando tú sola -dijo Nicholas-. Además, mi casa es demasiado bárbara para su gusto.
– No es bárbara. -Contempló las montañas-. Es sencilla.
– Eso es. -Se volvió a mirar al jeep, que estaba llegando al primer portón antes de preguntar-: ¿Te gusta esto?
Nell no había pensado en ello. Aquel espacio era tan sólo el escenario del trabajo que estaba realizando. Ahora se daba cuenta de que, gradualmente, se había acostumbra-do a aquella paz y el ambiente de aquel lugar, Se sentía en casa.
– Sí, me gusta. Tiene… raíces.
– Por eso lo compré. -Estuvo silencioso un momento y de repente giró sobre sus talones-. Ponte unos téjanos y una chaqueta que abrigue, te espero en el establo.
Nell lo miró desconcertada.
– ¿Por qué?
– ¿Montas?
– He montado alguna vez, pero no soy ninguna vaquera.
– No hace falta que lo seas. No vamos a lacear novillos. Sencillamente, subiremos hasta las colinas para encontrar-nos con Jean y Peter. Ya deben de haber llegado a los pastos bajos con el rebaño.
– Pero ¿para qué vamos?
– Porque yo quiero ir. -Su sonrisa se volvió temeraria-. Y he decidido dejar de ser tan aburridamente responsable y hacer lo que deseo hacer. ¿No quieres ver cómo le va a Peter en su nueva vida de pastor?
– Sí, pero yo… ¿Cuánto tiempo tardaremos?
– Llegaremos a la meseta donde acampan hacia el ano-checer. Pasaremos la noche con el rebaño y regresaremos por la mañana. -Sonrió burlón-. Tendrás mucho tiempo para jugar con tu nuevo juguete.
– Puedo llevar al pistola conmigo.
– No. Aún no eres lo suficientemente buena con ella. Podrías herir a una de las ovejas, o a un perro.
– Entonces quizá debería quedarme y…
– ¿Quieres venir o no? -le preguntó, agotado.
Quería ir, lo comprendió de repente. Quería conocer a Jean Etchbarras y volver a ver a Peter. No le haría ningún daño tomarse un pequeño descanso. Trabajaría el doble al volver. Se dirigió rápidamente hacia el porche.
– Te veré en el establo.
Jean Etchbarras no superaba el uno setenta de altura, re-choncho, musculoso y con una sonrisa que iluminaba su re-donda cara. Nell nunca lo hubiera relacionado con la majestuosa Michaela, lo más parecido a Cleopatra.
– Estoy encantado de conocerte -le dijo el radiante pas-tor-. Mi Michaela dice que eres una buena chica.
Nell parpadeó.
– ¿Eso dice?
É1 asintió y se volvió hacia Tanek.
– Perdimos una oveja, se la comió un lobo. Pero es tan sólo una pequeña calamidad.
Tanek sonrió.
– Sí, es pequeña. Nell ha venido a ver a Peter. ¿Dónde está?
Jean señaló hacia el final del rebaño.
– Allí. Lo está haciendo bien.
Peter ya la había visto y estaba moviendo las manos apa-sionadamente, pero sin acercarse hacia ellos.
– ¿Lo ves? Continúa ahí y vigila las ovejas. A veces se ol-vida de cosas, pero nunca de vigilar el rebaño. -La sonrisa orgullosa de Jean hizo que sus arrugas alrededor de los ojos se hicieran más profundas-. Ha aprendido rápido.
– ¿Puedo acercarme? -preguntó Nell.
Jean asintió.
– De todas formas ya es hora de plantar el campamento. Dile que ponga los perros a vigilar y que venga a cenar.
Nell le entregó las riendas de su caballo a Tanek y empezó a dirigirse hacia el enorme rebaño. Arrugó la nariz mientras iba acercándose a él. Todas aquellas ovejas juntas no desprendían un olor demasiado agradable. Su piel era de una lana beige sucia, no blanca. No se parecían en nada a los corderitos de los cuentos infantiles.
– ¿A que son preciosas? -le preguntó Peter en cuanto es-tuvo al alcance de su voz-. ¿No te gustan?
– Bueno, a ti parece que te encantan. -Le dio un rápido abrazo y se retiró un poco para contemplarlo mejor.
No estaba tan moreno como Jean, pero sí más broncea-do que la última vez que lo había visto. Llevaba un poncho de lana medio roto, botas y unos guantes de piel. Sus ojos brillaban y su expresión era resplandeciente.
– No tengo que preguntarte si estás bien.
Señaló a un perro blanco y negro que estaba guiando a un cordero perdido.
– Éste es Jonti. Es pastor, como yo. Por la noche, cuan-do no estamos de guardia, dormimos juntos.
– ¡Qué bien!
No le extrañaba en absoluto que Peter oliera a una com-binación de oveja y perro. Pero no había cambiado. Nada había sucedido, excepto que ahora estaba feliz y orgulloso de sí mismo.
– Y Jean dice que cuando la compañera de Jonti tenga ca-chorros, podré tener uno y enseñarle a guiar un rebaño.
Aquello empezaba a parecer peligrosamente un proyec-to para siempre.
– ¿No te llevará demasiado tiempo?
La sonrisa de Peter desapareció.
– Estás pensando que quizá tenga que irme. -Sacudió la cabeza-. Nunca me iré. Jean no quiere que lo deje. Dice que soy un buen pastor -añadió simplemente- y que podría pertenecer a este lugar.
Nell sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
– Eso es maravilloso, Peter. -Se aclaró la garganta-. Jean ha dicho que mandes los perros a vigilar y que vengas a cenar.
Peter asintió y gritó con firmeza.
– Vigila, Bess. Vigila, Jonti. -Se volvió y dio un paso hacía ella-. ¿No te parece precioso todo esto? Deberías ver las tierras altas. Todo es verde y, en cuanto miras arriba y ves las montañas justo por encima de ti, te entra como un mie-do que no es real y…