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– Es feliz. -Nell bebió un sorbo de café y escruto con la mi-rada a través de las llamas a Peter y a Jean al otro lado del campamento. Jean le estaba enseñando a Peter a afilar un cuchillo y la frente de Peter mostraba toda su concentra-ción-. Está como flotando.

– Sí. -Su mirada buscó la de ella-. Precioso.

– Quiere quedarse.

– Entonces, se quedará.

– Gracias.

– ¿Por qué? Se está ganando la plaza. No es fácil ser pas-tor. Aislamiento, trabajo duro, sol, nieve. Lo intenté una temporada, justo cuando llegué aquí.

– ¿Por qué?

– Pensé que me haría sentir más mío este lugar.

– ¿Y fue así?

– Ayudó.

– El sentimiento de propiedad es importante para ti.

Tanek asintió.

– Cuando era un crío, no tenía nada más que la ropa que llevaba puesta, y decidí salir al mundo, agarrar todo lo que pudiera y no soltarlo. Supongo que aún conservo ese instinto.

Nell sonrió.

– Sin ninguna duda.

– Al menos, he cambiado mis deseos. -Removió el fuego con una madera-. Y hoy día pago por lo que quiero.

Nell miró hacia las montañas.

– Te encanta este lugar.

– Desde la primera vez que lo vi. A veces sucede de esta manera.

– Como a Peter. Me ha dicho que pertenece a este lugar. -Miró al muchacho-. Y le creo. Peter parece… completo.

– ¿Completo?

– Completo. -Tanek la contemplaba con curiosidad mientras buscaba las palabras-. Ya no será un patito feo nunca más.

– Parece un poco más curtido, pero soy incapaz de ver ninguna otra sorprendente mejora en su aspecto.

– Eso no es lo que yo quería decir. Cuando era una niña pequeña, mi abuela solía hablarme de los patitos feos del mundo y sobre cómo todos ellos se convirtieron en cisnes. -Se encogió de hombros-. Después, descubrí que eso no era necesariamente cierto.

– Para ti, sí.

– Pero ha sido un milagro. El milagro de Joel. Aunque, últimamente, he estado pensando que puede que todos ten-gamos la oportunidad de convertirnos en un cisne. Porque, en parte, está en nuestro interior. Si buscas quién eres y consigues la paz contigo mismo, quizá eso sea un tipo de milagro también. Quizá nos sucede a medida que vamos superando nuestros miedos, dudas e inmadurez. Quizás es lo que… -Se detuvo y gesticuló-. Suena tan profundo… ¿Por qué no te ríes de mí?

– Porque aplaudo cualquier signo de que piensas en algo más que en lo de Medas. ¿Así que Peter está completo?

– Te estás riendo de mí. -Él no replicó, y Nell conti-nuó-. Puede ser que no esté completo, pero ha dado un gran paso adelante.

– ¿Un paso de ganso? -Levantó la mano-. Lo siento, pero no lo he podido resistir. Todas estas alegorías de pája-ros me alteran. Realmente, creo que tiene sentido. ¿Así que Joel creó un cisne en más de un aspecto?

Negó con la cabeza.

– No, si te refieres a mí. Yo no estoy completa. Estoy… rota en pedacitos. Pero creo que tú sí sabes quién eres. Como Tania. -Tanek ya no sonreía, pero su mirada era arrolladoramente intensa. Rápidamente, Nell desvió la suya y bromeó-: Puede que Tania sea un cisne, pero estoy segu-ra de que tú eres un halcón.

– Posiblemente. -Su tono era ausente, y ella aún notaba aquella mirada fija en su cara.

Nell tiritó al sentir un soplo de aire helado que taladró la cálida protección del círculo del fuego.

– Abróchate la chaqueta -le aconsejó Tanek.

Nell no se movió.

– Abróchatela, hace mucho frío en las colinas.

Pensó en desobedecerlo, pero ¿por qué congelarse la na-riz sólo para enojarlo? Se abotonó la chaqueta.

– No necesito que me digas cómo debo cuidar de mí misma. Llevo haciéndolo hace bastante tiempo.

– No demasiado bien -repuso Tanek con una súbita as-pereza-. Dejas que todos los que se te acercan te conviertan en un felpudo. Abandonaste la carrera que te gustaba, dejas-te que tus padres te casaran a toda prisa con un hombre al que no le importabas un comino, y después…

– Te equivocas. -Aquella repentina brusquedad la había sorprendido con la guardia baja-. Richard se preocupaba por mí. Soy yo quien le engañó.

– No puedo creerte. Incluso ahora intentas manipular tus emociones, ahora que…

– Richard está muerto. Deja de hablar de él.

– Hablaré cuanto me plazca. -Se volvió y buscó su mira-da-. ¿Por qué no admites que aquel bastardo te utilizó? Consiguió una pequeña, dulce y educadita esposa a la que podía dominar para satisfacer su felicidad personal, una es-posa que nunca le diría que no porque estaba henchida de gratitud hacia él, porque él se había rebajado a…

– Cierra la boca. -Respiró profundamente-. De todas maneras, ¿a ti qué te importa?

– Me importa. Porque quiero irme a la cama contigo, maldita sea.

Nell se quedó con la boca abierta.

– ¿Qué?

– Ya me has oído. -Sus palabras la martilleaban-. ¿O de-bería usar unos términos más finos? ¿O lo quieres escuchar en chino? ¿En griego?

– No quiero oírlo. De ninguna manera -dijo, casi tem-blorosa.

– Lo sé. No he dicho que intentaría arrastrarte a la cama. Sé que no estás preparada para ello.

– Entonces, ¿por qué razón lo has dicho?

– Porque quiero -repuso simplemente-. Además, estoy cansado de luchar contra ello. Y porque no te hará ningún daño saberlo. Pensar en ello. Y quizá la suerte me sonría.

Ella se humedeció los labios.

– Preferiría que no hubieras dicho nada. Hará que las co-sas sean más incómodas.

– Bienvenida al club. He estado incómodo durante algún tiempo. Ahora estoy incómodo del todo.

Su mirada se deslizó hacia la parte inferior del cuerpo de Tanek y, rápidamente, se desvió en otra dirección.

– Lo siento. Yo nunca… Espero que tú…

– ¿Por qué no pones la cabeza bajo la almohada y lo ig-noras? ¿No es lo que has hecho durante las pasadas se-manas?

– No he estado ignorándolo. No lo sabía.

– Lo sabías. Es difícil ignorarlo.

– Tú disimulas muy bien.

Sonrió sesgadamente.

– No tan bien. Es una condición que no es fácil de dis-frazar.

¿Lo había sabido y había enterrado la cabeza en el agu-jero? Quizás. Era posible que hubiera rechazado las pala-bras que le dijo Michaela simplemente porque no se las quería creer.

– No quería que esto sucediera.

– No, el sexo sería un estorbo, ¿verdad? Aunque proba-blemente lo podríamos ubicar entre el asesinato y las activi-dades criminales.

– No es necesario que seas sarcástico.

– Sí, para mí es necesario. El sarcasmo puede ser muy satisfactorio. La única satisfacción que puede que obtenga de ti.

– Dile a alguna otra que sea tu saco de boxeo verbal. -Hizo una pausa y, de repente, la asaltó una idea-: ¿Esto significa que ya no me enseñarás nada más?

Tanek la miró fijamente.

– Eres increíble.

– Contéstame. ¿Se acabaron las clases?

– No. Yo gobierno mi cuerpo, no él a mí -y susurró-: la mayoría de las veces.

– Bien. -Puso su olvidada taza de té sobre el suelo y se echó sobre las mantas-. Entonces, no interferirá.

– Tampoco interferiría si decidieras irte a la cama conmi-go. Te estoy pidiendo sexo, no un compromiso de por vida.

– No te entiendo. Yo no soy como tú. -Se mordió el la-bio inferior-. Yo sólo puedo… Sólo he practicado el sexo con dos hombres en toda mi vida.

– ¿Y te gustó?

– Claro que sí.

– Entonces, quizá deberías probar un tercero. Dices que Nell Calder está muerta. ¿Por qué te aferras a su sentido de la moralidad? -Sonrió temerariamente-. Deja que Eve Billings se vaya a la cama conmigo. Ella está viva, funciona… y yo no soy homosexual.