Frunció el ceño.
– No seas ridículo. Ojalá no me hubieras dicho nada, porque es un ejercicio del todo inútil.
– No del todo. Ha hecho que te plantees que poseo algo más, aparte de talento por las artes marciales. -Extendió su manta-. Pensarás sobre ello y te preguntarás qué tal estaría-mos juntos. -Se tumbó y cerró los ojos-. Estaría muy bien, Nell. Te lo aseguro: no en vano me crié en un burdel.
Nell se sintió inundada de un calor que, instintivamente frenó.
– Del que te marchaste cuando tenías ocho años -repli-có, entre cínica y burlona.
Tanek abrió un ojo.
– Fui muy precoz.
Nell se tapó con la manta.
– Bruto.
– Nunca lo sabrás, si no me pruebas.
Nell oyó como Nicholas se acomodaba y, finalmente, se dormía. Sería mejor que ella también se durmiera, se dijo a sí misma. Tanek le había hecho proposiciones y ella las ha-bía rehusado. Ya estaba. No había razón alguna para sentir-se intranquila. Él era un hombre civilizado que aceptaría un no por respuesta.
Pero también era un hombre que había luchado desde la infancia por todo lo que deseaba, y siempre había ganado.
No se rendiría fácilmente. No la obligaría, pero intentaría convencerla. Y era un hombre terriblemente persuasivo.
Aunque ella podía negarse a dejarse persuadir; uno pue-de rehusar cualquier cosa que no le guste. No deseaba nin-guna distracción, ni instintos irracionales sujetos a la conveniencia del sexo. Quería continuar fría y concentrada, distante, ajena.
Abrió los ojos. Tanek estaba ahí, echado, con los ojos cerrados, con una mano, muy relajada, medio iluminada por el fuego. Una mano fuerte, bien formada, capaz, con las uñas muy cortas. Nell conocía muy bien aquella mano. Conocía su poder y su fuerza letal. Una mano peligrosa. Aunque ahora no parecía peligrosa. Sólo fuerte y… masculina. Siem-pre le había encantado dibujar manos. Había algo mágico en ellas. Las manos levantan ciudades y crean grandes obras de arte, pueden ser brutales o amables, traer dolor o placer.
Como Tanek.
Sintió que se fundía, mirando aquella condenada mano masculina. ¿Qué demonio había maquinado que todo esto sucediera? Y que le sucediera a ella, deseosa de que su sexualidad continuara profundamente dormida.
Demasiado tarde. Pero no demasiado para controlarse. Quizá sería pasajero.
Volvió a cerrar los ojos. Le llegaba el aroma a roble ar-diendo, el olor de las hojas perennes, y la fría caricia del aire. Ser consciente de la intuición. De repente, se había vuelto extraordinariamente sensible a los sonidos y a los olores, a la aspereza de la manta bajo su brazo desnudo. Nada había cambiado. Jill estaba muerta. Y su cuerpo no tenía ningún derecho a volver a la vida.
Maldito Tanek.
– Más fuerte -dijo Tanek-. Estás floja. Ya podría haberte tumbado dos veces esta mañana.
Nell se volvió rápidamente y le golpeó en el estómago.
Él retrocedió, pero se recuperó instantáneamente y, en cuanto ella se acercó para rematarlo, la agarró del brazo, la giró y se sentó encima de ella.
– Muy floja.
– Deja que me levante -gritó Nell, casi sin aliento.
– Maritz no te lo permitiría.
– Estaba distraída. No lo hubiera estado con él.
Se levantó y la ayudó a ponerse en pie.
– ¿Por qué estás tan distraída?
– No he dormido demasiado bien.
– Nunca duermes bien. Te paseas por la casa como un fantasma.
No se había dado cuenta de que Tanek lo supiera.
– Lo siento si te molesta.
– Sí, me molesta. -Le dio la espalda-. Ve a darte un baño y a echar una cabezada. Mañana te quiero alerta, y tan pre-cisa como una navaja afilada.
Como él. Desde que habían vuelto de la meseta hacía dos días, Tanek había estado tan afilado como una navaja, en todos los sentidos. No sabía exactamente qué esperaba, aunque no que la tratara con aquella brusca indiferencia.
No, indiferencia, no. Sabía que él estaba pendiente de ella, y esto era parte del problema. Tanek hervía de ganas de acercarse, bajo aquella fría e incisiva apariencia.
Y ella también.
Por Dios, ella también.
– Vete a la cama. -Tanek cerró el libro y se levantó-. Es tarde.
– Un minuto. Quiero acabar este boceto -dijo sin levan-tar la vista del papel-. Buenas noches.
– Pensaba que ya habías acabado los bocetos de Michaela.
– Unos cuantos más no me irán mal antes de ponerme a pintar.
Podía sentir sus ojos sobre ella, pero no levantó la mirada.
– Que no se te haga tarde. Esta mañana has estado tan in-segura que no la has aprovechado para nada. Me has hecho perder el tiempo.
Nell se puso tensa.
– Intentaré no defraudarte más.
– Si lo haces, no te daré clases en una semana. Ya te dije que creía en los castigos y las recompensas.
Nell dijo tranquilamente:
– ¿Estás seguro que no estás buscando una excusa?
– Quizá. No me des ninguna.
Lanzó un suspiro de alivio cuando él salió de la habita-ción. Cuando estaban juntos, sus sentimientos pugnaban por no mirarle. No quería ver su cuerpo fibroso relajado sobre una silla, o su mano pasando las páginas de un libro. No quería oler su aroma, mezcla de jabón y de loción para después del afeitado, rodeándolo.
Hizo los últimos trazos de las líneas del pelo. Le tem-blaba la mano. Odiaba sentirse tan débil. Nell no quería res-ponder como un animal en celo mientras contemplaba como él se movía por la habitación. No había sido así ni con Richard. Ni con Bill. ¿Qué demonios le estaba pasando?
Dejó el lápiz y estudió el esbozo de Tanek. Había pen-sado que si pintaba, su imagen actuaría como una especie de catarsis. Había conseguido capturar el parecido muy bien. Su tranquila inteligencia, su fuerza, aquella intensidad que descansaba bajo su apariencia, aquella desmayada insinua-ción de sensualidad en la curva de su labio inferior…
Sensualidad. ¿La había copiado de la realidad, o se había permitido dibujarla, fruto de su obsesión? No lo sabía. Úni-camente sabía que estaba allí, llana y con crudeza, ante ella.
Se puso en pie de un salto y metió el bloc de dibujo en el interior del portafolios. Tenía calor, notaba las mejillas ru-borizadas y febriles. Estúpida. Estúpida. Estúpida. Nunca hubiera debido dibujarlo. No la había ayudado para nada. ¿Dónde estaba ese control que había estado ejercitando? Ya no era una jovencita con las hormonas jadeantes por un pri-mer encuentro.
Pero se sentía tan insegura y vulnerable como si lo fue-ra. Había pensado que podría cruzar por aquel mar de du-das. Pero ¿qué utilidad tenía poder confiar en otros aspectos de su vida si se permitía vacilar por…?
«Olvídalo. Vete a la cama. Mañana empezarás de nuevo.»
Si pudiera dormir. Había estado dando vueltas en la cama durante horas la pasada noche, frustrada, queriendo…
Sí, debía dormir.
Nell estaba soñando otra vez.
Tanek se quedó quieto en el salón al oír los suaves ru-mores que provenían de detrás de su puerta.
Pesadillas. Sufrimiento.
Debía irse a su habitación y olvidarlo. No era nada nue-vo. No podía ayudarla. No quería ayudarla.
Penetrar en aquellos sueños significaría acercarse aún más, y ya estaba suficientemente cerca de ella.
Lo que deseaba era poseer aquel cuerpo fuerte y adora-ble, no aliviar aquel alma atormentada.
Demonios, se iría a la cama y se olvidaría de ella.
… abajo, abajo,
A tocar la rosa…
Nell luchó por escapar de las pesadas capas del sueño y salir de la pesadilla.
Estaba acostada, temblorosa, intentando controlar los sollozos.