Lo siento, cariño. Lo siento, Jill.
Se incorporó y, a ciegas, se calzó las zapatillas.
Alejarse de la cama, de la habitación, del sueño…
El salón. El espacio, el fuego, las ventanas…
Bajó rápidamente y atravesó el pasillo a oscuras. Vio el resplandor del fuego sobre las paredes del salón ante ella. Todo iba a salir bien. Estaría allí hasta que se calmara y entonces volvería a la cama y…
Se detuvo bruscamente en la puerta del salón.
– Entra. -Tanek estaba sentado en el sofá de piel frente al fuego, envuelto en una bata de felpa-. Te estaba esperando.
Ella susurró.
– No, yo no… -Dio un paso atrás-. Quiero decir… Me voy.
– ¿Y me dejarás aquí, sentado, preocupado por ti? ¿Por qué? ¿Te sientes mejor si le das vueltas a la cabeza sola?
– No le estaba dando vueltas.
– Le dabas vuel… -contuvo lo que iba a decir y añadió con cansancio-. Lo siento. Ya sé que no. Soy yo el que esta dándole vueltas. Tú simplemente estás intentando sobrevi-vir. Entra, ven aquí e intentaremos hacerlo juntos.
Nell vaciló. Sus sentimientos hacia él ya eran suficiente-mente confusos, y no quería exponerse a Tanek cuando es-taba así de vulnerable.
Él levantó su mirada y le sonrió desmayadamente.
– Ven aquí. No muerdo.
Sin aristas. Sin aspereza. Lentamente, Nell se acercó.
– Bien. -Tanek se volvió a mirar hacia el fuego, ignorán-dola.
Nell se dejó caer en un taburete al lado de las llamas.
– No tienes por qué estar tan tensa. No voy a saltar so-bre ti. Ni física ni verbalmente. Cuando hay heridas abier-tas, no juego sucio.
– Nunca juegas sucio.
– Sí que lo hago. Sólo que no me has visto en el momen-to adecuado. -Metió la mano en su bolsillo, sacó un pañue-lo y se lo alcanzó-. Límpiate la cara.
Nell se secó las mejillas.
– Gracias.
Silencio. Sólo se oía el sonido del crepitar de la madera y el de sus respiraciones. Empezó a relajarse. Su presencia si-lenciosa era extrañamente reconfortante. Era mucho mejor que estar sola frente a sus demonios. Él no podía compartir sus pesadillas pero sí mantenerlas a raya.
– No puedes seguir así y lo sabes -susurró Tanek, al fi-nal, pausadamente.
Nell no le respondió. No había respuesta.
– Tania me explicó lo de los sueños. A veces ayuda ha-blar de ello. ¿Por qué no me explicas de qué tratan?
– No. -Se cruzó con su mirada y se encogió de hom-bros-. Medas.
– Ya sé que van sobre lo de Medas. ¿Qué más?
– Jill -dijo secamente-. ¿Qué otra cosa podría ser?
– Puedo entender el dolor. Pero no puedo entender que te atormentes.
– Jill está muerta y Maritz aún deambula por ahí fuera.
– Ira, no angustia.
Nell se sintió arrinconada. No estaba en condiciones de que la examinaran.
– Ya te he dicho que no quiero hablar de eso.
– Creo que sí. Por esta razón no te has ido cuando me has visto aquí sentado. ¿Qué sucede en tu sueño, Nell?
Ella abría y cerraba las manos con nerviosismo.
– ¿Qué crees que sucede?
– ¿Estás forcejeando con Maritz?
– Sí.
– ¿Dónde está Jill?
Ella no contestó.
– ¿En el dormitorio?
– No quiero hablar de ello.
– ¿Tú estás en el balcón?
– No.
– ¿Puedes oír los disparos en la planta baja?
– No, nunca. Todo lo que oigo es la caja de música.
Allá vamos, abajo, abajo,
a tocar la rosa roja…
¿Por qué no paraba? La estaba enviando de vuelta al centro de aquel mundo nebuloso y oscuro.
– ¿Dónde está Jill?
«Maldito seas, ¿por qué no lo dejas ya?»
– ¿Dónde está Jill, Nell?
– En la puerta. -Nell, de repente, empezó a hablar-. Está de pie en la puerta, llorando y mirándome. ¿Es eso lo que querías saber?
– Sí, es lo que quería saber. ¿Por qué no querías decír-melo?
Sus uñas se clavaron en la palma al cerrar con fuerza los puños.
– Porque no te incumbe.
– ¿Porqué?
Aquí bajamos abajo, abajo, abajo.
– ¿Por qué, Nell?
– Porque yo grité.-Las lágrimas surcaban sus mejillas-Yo no pensé…, siempre me habían dicho que hay que gritar para asustar a un atacante. Yo grité y ella salió del dormito-rio. Fue por mi culpa. Si yo no hubiera gritado, ella se hu-biera quedado en la cama. Y él podía no haber sabido que estaba allí. Podría haberse salvado.
– Nell…
Nell se estaba balanceando adelante y atrás sobre el ta-burete.
– Fue por mi culpa. Ella salió, y él la vio.
– No fue por tu culpa.
– No me digas eso -replicó con fiereza-. ¿Me has oído? Yo fui la que grité.
– Un pecado terrible mientras alguien te está apuñalando para matarte.
– Fue un pecado. Era mi hija. Debería haber pensado. Debería haberla protegido.
Tanek la cogió por los hombros y la zarandeó.
– Hiciste lo que pensaste que era mejor. De todos mo-dos, Maritz la hubiera encontrado. Él nunca deja cabos sin atar.
– Podía no haberse dado cuenta que estaba allí.
– Lo habría descubierto.
– No, yo grité y él…
– Para. La caja de música. -La rodeó con sus brazos y le puso la cabeza en su hombro-. Has dicho que la caja de mú-sica seguía sonando. Maritz habría sospechado que había alguien en la otra habitación. Y lo habría comprobado. -Ella levantó los ojos y miró directamente a los de Tanek-. ¿No habías pensado en eso? -Nell sacudió la cabeza-. No me sorprende. -Apartó unos mechones de pelo oscuro de su cara-. Me preguntaba por qué no me culpabas por lo suce-dido. Estabas demasiado ocupada culpándote a ti misma.
– Y aún me culpo. ¿Crees que acordarme de la caja de música va a arreglarlo todo?
– No, no hasta que te perdones por continuar viviendo mientras Jill está muerta.
– Cuando muera Maritz, me perdonaré a mí misma.
– ¿Lo harás?
– No lo sé -susurró-. Espero.
– Yo también. -La atrajo entre sus brazos y la meció-. Yo también, Nell.
Ella sentía su olor, la aspereza de su ropa contra sus me-jillas. Sin pasión, sin calentura. Simplemente, una paz plena. Nell se quedó así mucho tiempo, dejando que aquella paz la envolviera y la curara.
Finalmente, levantó la cabeza.
– Debería volver a la habitación e intentar dormir. De lo contrario, mañana me dirás que estoy torpe.
– Probablemente. -Tanek la obligó a sentarse de nuevo en el sofá, y a recostar la cabeza sobre su hombro-. Preocú-pate mañana por eso.
Nell se relajó, apoyada en él, y dejó que aquella paz flo-tara a su alrededor. Era extraño que él, un ser nada pacífico, pudiera aportarle tanta serenidad. Se quedaría un ratito más allí, y después se iría…
Nell estaba acurrucada entre sus brazos, tan confiadamente como si él fuera su madre, pensó Tanek con tristeza.
No era precisamente lo que él tenía en mente.
Quería sexo casual y distancia emocional.
No había conseguido sexo, sino más intimidad de la que nunca antes había experimentado con ninguna mujer.
Era por su culpa. No tenía por qué hacer el rol de madre sustituta.
Excepto porque Nell lo necesitaba.
Le dolía el brazo, le daba calambres, pero no lo retiró. Miró la mano de Nell, que yacía relajadamente sobre su muslo. Marcas diminutas en forma de media luna sangraban sobre su palma, donde se había clavado las uñas. Dulcemen-te, le acarició una de aquellas medias lunas rojas. Cicatrices. Aquellas marcas desaparecerían, pero las invisibles perma-necerían. Las de Nell eran tan feas como las suyas propias, y aquellas heridas los unían más.
Ella se acurrucó contra él y murmuró algo inaudible.
– Shh. -La abrazó más fuerte.