Eso es lo que haría una madre, ¿no? Ofrecer tranquili-dad y ayudar a ahuyentar las pesadillas.
Suspiró resignado. Definitivamente, sin duda alguna, aquello no era lo que había tenido en mente.
Capítulo 13
Nell entreabrió los ojos cuando Nicholas la dejó sobre la cama.
– Tranquila. Sólo te estoy metiendo en la cama. -La cu-brió con la colcha-. Vuélvete a dormir.
Se encontró con sus ojos, unos bonitos ojos claros que brillaban en la penumbra de la habitación.
– Buenas noches.
– Llámame si me necesitas.
– No te necesitaré. Gracias por…
Ya se había ido. No, no del todo. Aún podía sentir su presencia… reconfortante, sensual. Qué extraño que ambas cosas aparecieran juntas. Por ahora, el consuelo era una par-te más importante en su relación que el sexo, pero Nell sa-bía que esto cambiaría. Y la perspectiva había dejado de dis-gustarla. Se sorprendió. Algo había cambiado esa noche.
Que estúpida había sido por resistirse, pensó adormila-da. El hombre que la había abrazado mientras dormía no era una amenaza. El sexo no era una amenaza. Podía ser con-trolado, como cualquier otra cosa, y le proporcionaría una relajación muy positiva. Ella y Tanek tenían que convivir aún durante varias semanas, y no tenía ningún sentido po-nérselo difícil a ambos. La noche siguiente, se iría con él.
La recorrió un pequeño escalofrío, un súbito deseo, pero lo reprimió con rapidez. No debía pensar en ello ni darle más importancia de la que tenía.
Era sólo sexo.
– ¿Aún no la has encontrado? -preguntó Gardeaux con sua-vidad-. ¿Qué demonios has estado haciendo?
La mano de Maritz estrujaba el auricular del telé-fono.
– Tengo una pista. Ella se hizo muy amiga de la compa-ñera del doctor. Quizás ésta sepa dónde está o si regresará aquí. He estado vigilando la casa del doctor.
– ¿Sólo vigilando?
– La cogeré.
– Con vida. Ahora la necesitamos viva. Las cosas han cambiado. Puede que ella sea la clave.
– Lo sé. Lo sé. Ya me lo dijo usted.
– Pero ¿me escuchaste?
Bastardo. Maritz apretó los dientes.
– He dicho que la cogeré.
– Parece que tienes dificultades con este pequeño pro-blema. ¿Quizá debería enviar a alguien más?
– No -repuso Maritz rápidamente-. Ahora, debo irme. Seguiré en contacto.
Colgó el auricular. ¿Enviar a alguien más?, pensó, ultra-jado. ¿Arruinarle el final de la caza, a la que había dedicado tanto tiempo y esfuerzo?
Ni hablar.
Tanek levantó la mirada de su libro cuando Nell abrió la puerta.
– ¿Sí?
Nell estaba ahí, en el umbral. La luz de la lámpara caía sobre los hombros desnudos de Tanek y sobre el triángulo de pelo oscuro que recubría su pecho. Obviamente, estaba desnudo bajo las sábanas. Nell respiró profundamente.
– ¿Puedo entrar?
Él cerró el libro.
– ¿Necesitas hablar?
– No. -Se humedeció los labios-. Gracias.
– No hay de qué.
– Me preguntaba si… si tú aún… -Lo soltó de golpe-: Me gustaría irme a la cama contigo, si no te importa.
Él se quedó helado.
– Oh, no me importa. ¿Puedo preguntarte por qué?
– Creo… Que hay demasiada tensión entre nosotros. Todo irá mejor cuando…
– Ah, ¿es una terapia?
– Sí. No. -Otra respiración profunda-. Lo deseo -dijo llanamente.
Él sonrió y le ofreció su mano.
– Aleluya.
Nell se quitó el camisón, atravesó volando la habitación y se sumergió bajo las sábanas, entre sus brazos.
– No sé qué hacer -dijo con fiereza-. Odio esto. Pensa-ba que nunca más volvería a sentirme tan insegura. Todo parecía tan claro.
– Todo está claro. -Le acarició el pelo-. ¿Cuál es el pro-blema?
– ¿Cuál es el problema? Uno, no sé si estoy haciendo lo correcto. Dos, he intentado autoconvencerme de que tomar lo que uno quiere es signo de fortaleza, pero podría ser tam-bién signo de debilidad. Y tres, yo sólo he estado con dos hombres y probablemente tú has tenido a dos millones de mujeres.
Tanek sonrió.
– No tantas.
– Bueno, ya sabes qué quiero decir.
– Sí, ya lo sé. -La besó en la sien-. Si estás nerviosa, po-demos estar durante un rato echados y juntos.
Nell apoyó la cabeza contra el pecho de Tanek y se re-lajó. Podía oír el latido constante de su corazón bajo su oído. Como la noche anterior. De repente, se sintió segura.
– Quizá sí, un ratito.
– Y, si eso te tranquiliza, nunca me he ido a la cama con Helena de Troya.
– ¿Qué?
– ¿No te dijo Joel que se inspiró en el memorable rostro de Helena de Troya cuando rehizo el tuyo?
– No. -Estuvo callada durante un instante-. ¿Es por eso que tienes ganas de…?
– «Ganas» no es la palabra adecuada. Ansia. Frenesí.
– Deja de intentar distraerme. Me deseas por el rostro que Joel me dio.
– Te deseo porque eres Nell Calder, con todo lo que eso implica.
– Pero nunca te hubieras ido a la cama con la antigua Nell Calder. Ni siquiera te habrías fijado en mí.
– Yo me fijé en ti. Me fijé en tu sonrisa, en tus ojos y en…
– Pero no hubieras querido irte a la cama conmigo.
Levantó su barbilla y la miró a los ojos.
– ¿Qué quieres que diga? ¿Que me atrae la belleza? Sí, pero no es lo único que busco en una mujer. Si de repente, volvieras a ser aquella mujer de Medas, ¿te seguiría deseando? Sí, porque ahora te conozco. Conozco tu potencial, tu terquedad, tu fuerza…
Nell hizo una mueca.
– Muy erótico.
– La fuerza es erotismo. La inteligencia es erotismo. Siempre tuviste estas cualidades bajo aquella apariencia so-segada. -Una sonrisa asomó entre sus labios-. Y ahora, ¿dejarás de hacer comparaciones? Me siento como un polígamo intentando seduciros a las dos.
– Lo siento, sólo preguntaba. Tan sólo… se me ha ocu-rrido. -Volvió a enterrar la cara en su pecho-. Algunas veces, siento como si fuera dos personas. No me pasa con frecuencia, ya que aquella otra mujer se va alejando cada vez más.
– No, no lo hace. Se está fusionando con la otra persona que ahora eres tú. -Le acarició el labio inferior con el dedo-. Cómo me muero por hacerlo. ¿Has tenido suficiente tiem-po ya? Te prometo que iré despacio.
De repente, notó que el corazón de Tanek latía más fuerte contra su oído, y que sus músculos estaban tensos, listos. Para él, había sido duro esperar, pero le había dado el tiempo que necesitaba, las palabras que necesitaba.
Levantó la cabeza, le besó y susurró:
– No tienes por qué ir despacio.
– Ve a lavarte -le ordenó Tania a Joel tan pronto éste entró en casa.
Le colocó un sombrerito de fiesta, de color fucsia, y le deslizó la banda elástica bajo la barbilla. Joel parecía cansa-do. No era una buena señal.
– Hoy tenemos una celebración.
– Parezco un tonto con estos sombreritos de fiesta.
Tania no dejó que se lo quitara.
– No es cierto. Estás fantástico. Y ese color te sienta per-fecto. A juego con tu pelo.
– Mi pelo no es fucsia. -Contempló el vestido de Tania, de seda color melocotón-. Es bonito. Me gustan todas estas flores. Pareces un jardín. ¿Qué estamos celebrando?
– He sacado un excelente en mi examen de inglés. Está muy bien, si piensas en lo horrible que es el inglés como len-guaje. -Lo besó en la mejilla y le dio un cariñoso empujón hacia las escaleras. Después se puso a su vez un sombrero de fiesta verde-. Soy lista, ¿verdad?
Joel sonrió.
– Muy lista.
– He hecho un asado con patatas y un postre nuevo con salsa de limón. Bajo en calorías, para tu corazón. Sano. Como te consideras tan viejo, he pensado que podría hacerte feliz.