– Nunca he dicho que sea viejo -dijo, algo enojado-. Sólo que tú eres… joven.
Tania se encogió de hombros y se dirigió hacia la cocina.
– Apresúrate. -Inspeccionó el arreglo floral de la mesa, encendió las velas y continuó hacia la cocina. Dejó la fuente del asado sobre la mesa justo cuando Joel entraba en el co-medor de nuevo. Seguía llevando el sombrero de fiesta, se-gún observó con aprobación-. Siéntate y come.
Tania mantuvo una conversación ligera durante la cena y el posterior café, en el salón.
– Ha estado bien. Maravillosamente, ¿no?
– Maravillosamente -sonrió Joel.
A Tania siempre le sedujo aquella sonrisa. Desde el pri-mer momento, cuando Joel entró en su habitación en aquel hospital, hacía bastantes años.
– Incluso te he hecho café con cafeína. Y, claro, debes sospechar que todo esto es por algo.
– Lo sospechaba. ¿No celebramos tu excelente en el examen?
– Sí. Pero sabía que lo iba a conseguir. No ha sido nin-gún triunfo.
– Entonces, ¿por qué llevo puesto este estúpido sombrerito?
Tania hizo una mueca.
– Porque es bueno para ti. -Su sonrisa desapareció, cru-zó la habitación y miró por la ventana-. Y si fueras lo sufi-cientemente sensible, encontrarías un motivo para hacer una fiesta.
Inmediatamente se puso de pie.
– He tenido un día terrible. No puedo empezar a discu-tir contigo, Tania.
– Tú no discutes. Podría ganarte en una discusión. Sim-plemente dices: No.
– Y lo estoy diciendo de nuevo. ¿Qué te ha hecho pensar que esta noche sería diferente?
Tania se volvió hacia él con rapidez.
– Pues eres tonto -dijo insegura-. Te comportas como si fueras de piedra. ¿Por qué no eres como cualquier otro hombre, lo aceptas y eres feliz?
– Autodefensa. Mi felicidad se acabaría de golpe cuando tú decidieras que soy demasia… ¿Qué pasa? -La miró a la cara-. Estás realmente enfadada.
– Claro que lo estoy. ¿Acaso esperabas que me riera de esto? Cada minuto de mi vida es precioso, y tú permites que se nos escapen. -Cruzó los brazos delante del pecho para disimular sus temblores-. ¿Cómo sabes que…? -Se alejó de él-. Vete. No entiendes nada. Eres un estúpido, un hombre muy estúpido.
– Hago lo que creo que es mejor, Tania -repuso con amabilidad-. La vida es preciosa y no quiero arruinártela.
– Lárgate. -Tania miraba fijamente por la ventana mien-tras evitaba derramar las lágrimas.
– Tania…
No contestó y, un instante después, le oyó salir de la habitación. De hecho, no había creído realmente que lo convencería. Aquella noche había sido un completo error. Había elegido un mal momento: él estaba agotado y, pro-bablemente, acusando el peso de cada uno de sus años.
Debería haberse frenado nada más verlo aparecer por la puerta.
Pero no había podido. Tenía que intentarlo. Últimamente, tenía la sensación de que el tiempo se le escapaba…
Seguía mirando en la oscuridad. Estaba loca. No era po-sible que él estuviera ahí fuera. De otro modo, habría visto algún indicio de su presencia durante esas últimas semanas.
Tú, bastardo, ¿por qué no te largas?
Estaba hablando únicamente con un fantasma de su pa-sado. No había nadie allí fuera.
Estaba muy mona con aquel ridículo sombrerito, pensó Maritz. Pero su rostro reflejaba la tensión y la angustia que él ya conocía tan bien: las que le provocaba él mismo.
«Gracias por invitarme a la fiesta, Tania. Sí, sigo estando contigo.»
Ella se alejó de la ventana y él bajó sus prismáticos rusos.
Sí, definitivamente, tenía que ser en la casa.
Tania se sentía tan segura, allí…
Nell evitó el ataque de Nicholas y, desde el suelo, le golpeó las piernas y le atacó por sorpresa. En un segundo, estuvo sentada a horcajadas sobre él.
– Lo conseguí -dijo recuperando el aliento, con el rostro resplandeciente de satisfacción-. Te he derribado.
– Deja de jactarte. -Pero su propia sonrisa le contrade-cía-. Has tardado bastante tiempo en poder hacerlo.
– Pero lo he hecho. -Adoptó un gesto de ferocidad, bur-lándose-: Te tengo a mi merced.
– Absolutamente.
– Deja de ser condescendiente conmigo.
– Nunca estás satisfecha. Sólo te estaba dando lo que te has ganado.
– Admítelo. Estás orgulloso de mí.
– Muchísimo.
Estaba tan pomposa por su victoria, pensó Tanek im-pulsivamente.
– Castigo y recompensa. ¿Qué puedo pedir?
Su sonrisa desprendía indulgencia.
– ¿Qué quieres?
– Esta casa. Sam. El mundo.
– ¿Por haberme derribado?
– Ha sido un espléndido derribo.
– Cierto. Pero no te puedo dar la casa, o a Sam. Otra cosa.
– De acuerdo. -Le levantó la camiseta hasta desnudar su torso y poderle acariciar aquel pelo oscuro de su pecho-. A ti. Aquí. Ahora.
– Caramba, te has vuelto muy agresiva.
Delicadamente, Nell le lamió un pezón y vio, en res-puesta, cómo se desbocaba su pulso.
– Ahora.
Nicholas no se movió.
– No es una buena costumbre interrumpir el entrena-miento.
– Quiero mi recompensa. Lo justo es lo justo.
– Bien, si me lo pones así. -Se sentó, se sacó la camiseta y la lanzó a un lado-. ¿Qué puedo hacer sino rendirme man-samente?
Nell resopló. Nada de lo que Nicholas le hacía era así, mansamente. Algunas veces era suave, otras salvaje, pero siempre decisivo y audaz… y lleno de alegría. No había esperado nunca aquella casi pagana sensualidad en él.
O en ella misma. Era como si se hubieran abierto unas compuertas y la liberaran hacia el placer. Con Richard siem-pre se había sentido obligada a asegurarse de que él se lo estaba pasando bien y, por contra, se sentía culpable cuando le pedía algo a su marido. El sexo con Nicholas era entre dos iguales, rebosantes de ganas, anhelantes de nuevas experi-mentaciones eróticas.
– Me encanta ver que no te queda otra elección.
Se sacó el jersey y el sujetador. Se dejó caer hacia delan-te y se frotó contra él. Un temblor la recorrió al sentir el suave vello de su pecho rozando contra sus pezones.
– No tengo ninguna elección. Me tienes a tu merced.
Al instante, inclinó su cabeza y le cogió un pecho con la boca, chupándoselo con fuerza.
Nell inspiró profundamente mientras intentaba a ciegas agarrarle el cabello. Pero Tanek se había movido para, a su vez, terminar de quitarse la ropa.
– Date prisa -le dijo.
No hacía falta. También se estaba quitando la suya, lan-zándola en todas direcciones.
Nicholas volvió a la colchoneta, y le separó las piernas. La penetró dentro, muy adentro. Las uñas de Nell se clava-ron en sus hombros en cuanto empezó a moverse, rápida-mente, con fuerza.
De repente, rodó y se dejó caer a un lado, colocándola encima.
Lo miró desde arriba.
– ¿Qué es lo…?
Sus ojos centellearon.
– Pensé que hoy preferirías una posición dominante. -Empujó hacia arriba y sonrió al ver que a ella se le cortaba la respiración-. Así estoy totalmente a tu merced.
La mantenía absolutamente unida a él, tanto, que Nell sentía introducirse cada milímetro con el movimiento de sus ingles.
– Pues no me siento muy dueña de la situación -murmu-ró sofocada.
– ¿Cómo te sientes?
– Como si fuera a… -Se sofocó otra vez con una embes-tida.
– Muévete -susurró-. Móntame. Haz que te sienta.
Nell se movió, fuerte, salvaje y gozosamente.
Cuando llegó el climax, se colapso sobre él, totalmente exhausta. Estaba temblando, empapada en sudor, abrazan-do a Nicholas casi con desespero. Este se reía, descubrió estupefacta.
– ¿Qué te resulta tan divertido?
– No sé si podré volver a mirar las colchonetas como an-tes. Cada vez que te derribe, desearé arrancarte la ropa. -La besó-. Te dije que era una mala costumbre. -Intentó ayudarla a ponerse de pie.
– Ven, vamos a enfrentarnos a la ducha.
– No puedo moverme.
Se echó sobre él, con los brazos alrededor de su cintura. Nicholas se sintió a gusto consigo mismo. Ágil, fuerte y ma-ravilloso.
– Ser recompensada me hace perder toda la fuerza. Creo que me voy a fundir.
– No puede ser. Michaela nunca aceptaría tener que pa-sar la fregona sobre ti.
La levantó, la llevó del gimnasio al baño y después le ajustó la temperatura de la ducha. La colocó bajo el agua ca-liente, justo delante de él, y le frotó dulcemente el vientre. Aquellas maravillosas manos… Nell nunca se cansaba de mirarlas o de sentirlas sobre su cuerpo. Había descubierto que Nicholas era una persona muy táctil. Incluso cuando no se trataba de sexo, le encantaba tocarla, acariciarla.
Estar así era maravillosamente reconfortante, pensó, so-ñadora. Se sentía mimada, consolada, segura.
– Te oí ayer noche -le susurró en el oído-. ¿Otra vez pe-sadillas?
Un pequeño escalofrío perturbó aquella serenidad que estaba experimentando.
– Sí.
– Hacía tiempo que no te sucedía. -Le estiró el lóbulo de su oreja con los dientes-. Tenía la esperanza de que se hu-bieran acabado. -Nell negó con la cabeza-. Quiero que te instales en mi habitación.
– ¿Qué?
Cogió el jabón y le empezó a frotar los hombros.
– Quiero que duermas en mi cama. Quiero despertarte por la noche, poder abrazarte y acariciarte.
Lo había entendido a la primera.
– Quieres tener la posibilidad de despertarme cuando tenga una pesadilla.
– Además de otras cosas. -Le enjabonó los pechos-. ¿Te molesta? De todas formas, pasas gran parte de la noche con-migo.
No sabía por qué aquella idea la intranquilizaba. Aun-que tenerlo junto a ella para que la sacara de aquel horror podía significar un alivio increíble.
Demasiado alivio, comprendió. Nicholas la estaba envolviendo en una tela de placer y serenidad con momentos como éste. Estaba convirtiéndose en algo demasiado cómo-do. Las pesadillas eran una agonía, pero también un recor-datorio de lo que aún debía hacer.
– No.
Seguía a su lado, su mano reanudó el tierno recorrido por el cuerpo de Nell.
– Como quieras. Estaré aquí si cambias de opinión.
Sin discutir. Sin presionar. Todo era fácil y sin esfuerzo. ¿Acaso no entendía que con su condescendencia la sumergía más y más en aquella telaraña? Probablemente, sí. Era muy listo.
– Aún estás intentando convencerme de que no persiga a Maritz, ¿verdad?
– Claro -se rió-. Incluso he sacrificado mi cuerpo a tu lujuria. ¿Crees que disfruto?
Nell se recostó contra él. Honestidad. Era tan agradable tener humor, sexo y honestidad en un solo paquete. Y nin-guna necesidad de ser cauta con él.
– Sospecho que sí.
Sus manos fueron subiendo hasta frotarle la nuca. Nell podría incluso haber empezado a ronronear, de tan relajada como se sentía en ese momento.
– Tienes toda la razón -dijo Nicholas alegremente-. Me alegra que, a pesar de lo que hemos abusado últimamente, tu cerebro no haya quedado lesionado del todo.