– ¡Qué rápido sale en tu defensa! -dijo Kabler-. Siempre fuiste muy bueno ganándote la confianza de la gente. ¿Ha olvidado, señora Calder, que Tanek sí cree que había una razón por la que la atacaron? Dígame, ¿le ha contado lo de Nigel Simpson? -Sonrió-. No, ya veo que no.
– Dígaselo usted mismo -intervino Tanek impasible-. Obviamente, tiene unas ganas terribles de hacerlo.
– Muy perceptivo por tu parte. Nigel Simpson era uno de los contables de Gardeaux, al que obligaba a proveer-me de cierta información, señora Calder. Pero ha desapare-cido -movió la cabeza-. Más o menos en los días en que el señor Tanek hizo una visita a Londres. Qué coincidencia.
Londres. Nell recordaba perfectamente aquella llamada de Londres y el vuelo de Tanek al día siguiente.
– ¿Cree que lo tengo escondido aquí también? -le pre-guntó Tanek.
– No. Creo que ese pobre bastardo lo más probable es que esté escondido en el fondo del océano.
– ¿Y lo hice yo?
– Quizá.-Se encogió de hombros-. O puede que te acer-caras a mi fuente, lo comprometieras demasiado y Gar-deaux decidiera hacerlo picadillo. ¿Qué te dijo, Tanek?
– Nada. Ni lo conocía.
– Podría detenerte para interrogarte.
– No tiene pruebas. La única cosa que sabe es que los dos estábamos en la misma ciudad.
– Eso bastaría en tu caso. -Vaciló por un instante-. De acuerdo. No puedo presionarte. ¿Ya has compartido tus ha-llazgos con la señora?
– Pero si todavía no hemos establecido si descubrí algo o no.
– Entonces, ¿por qué está Reardon husmeando por ahí?
Tanek le miró con cara de póquer.
– ¿Husmeando por dónde?
– Atenas.
Nell se puso alerta.
Tanek sonrió.
– Grecia es un precioso lugar. Quizá necesitaba unas va-caciones. ¿Es eso lo que ha venido a preguntarme?
– No, creo que ya sé la respuesta. -Su expresión se tor-nó dura-. Sólo he venido a decirte que no vuelvas a meter-te en mi camino o tomaré medidas. Sabes que necesitaba a Simpson.
– Y yo. -Tanek dio un paso hacia la puerta y la abrió-. Adiós, Kabler.
Kabler arrugó la frente.
– ¿Me arrojas al frío? Qué poco hospitalario. ¿Éste es el famoso código del Oeste? -Pasó por delante de él-. Aún eres, en esencia, el mismo matón, Tanek.
– Nunca lo he negado. Somos lo que somos… o fuimos.
Kabler dio un último vistazo a la habitación, hasta que su mirada se posó en un florero chino que había en una esquina.
– Y fuiste bien recompensado. Sólo con este florero po-dría enviar a mis hijos a la universidad. -Su tono, de repen-te, se hizo más amargo-. Vives bien, ¿verdad? Tú y ese as-queroso de Gardeaux. Siempre te ha molestado que…
– Adiós, Kabler.
Kabler abrió la boca para añadir algo pero se contuvo al ver la mirada de Tanek. Se volvió hacia Nell.
– ¿Me acompañará hasta el coche? Me gustaría tener unas palabras con usted a solas. Contando con que Tanek le permita dejar su tutela.
– Ciertamente -dijo él sin expresión-. Ponte una cha-queta, Nell.
Ella la descolgó del perchero, cerca de la puerta, y siguió a Kabler.
La nieve caída velozmente y con más fuerza. El parabri-sas del coche de Kabler estaba ahora totalmente cubierto.
– Tendré suerte si consigo volver a la ciudad antes de que esto se convierta en una tormenta -musitó él mientras abría la puerta de su coche.
– Podría quedarse a pasar la noche.
– ¿Después de que Tanek me haya echado? Prefiero co-rrer el riesgo de la ventisca.
– No es ningún ogro. Si hubiera peligro realmente, le ha-bría permitido quedarse.
– No es un ogro, pero tampoco me parece el rey de la amabilidad en persona. -Añadió, cansado-: Además, no po-dría quedarme. Tengo que volver a Washington. Tengo un hijo enfermo. Y mi esposa me necesita para que la ayude.
Por primera vez, percibió que parecía mayor y más can-sado que en la última vez que lo había visto.
– Lo siento. -Impulsivamente le puso la mano sobre el hombro-. Sé que eso es mucho peor que estar enfermo uno mismo. ¿Qué tiene?
Se encogió de hombros.
– Gripe, quizá. Pero no parece que se la pueda sacar de encima.
– Espero que todo vaya bien.
– Irá. -Sonrió con esfuerzo-. Ya lo pasamos antes con los otros dos. Los crios se recobran con facilidad.
Nell asintió.
– Una vez, Jill tuvo neumonía, y en dos semanas ya esta-ba corriendo por el parque. Fue como si… -se detuvo-. Se pondrá bien.
– Claro. Gracias por su comprensión. Creo que necesi-taba que alguien me lo recordara. -Dirigió su mirada hacia la casa-. No confíe en él. Si has sido un criminal, siempre lo eres.
– Se equivoca. La gente cambia.
– No es como nosotros, ningún criminal lo es. ¿Podría imaginárselo sufriendo por un hijo que está enfermo? Son gente que camina por el barro y el barro los endurece, y nada traspasa la coraza.
– Eso no es cierto.
Kabler sacudió la cabeza:
– Lo he visto durante veinticuatro años. No son como nosotros. -Su mano se convirtió en un puño-. Son los reyes de la tierra. El dinero llega en abundancia y no tienen reglas. Sólo tomarlo, tomarlo y tomarlo.
– ¿Era esto lo que me quería decir?
– Tanek la ha engatusado. Ya he podido verlo. No quie-ro que salga herida.
– Nadie me va a herir ni nadie ha intentado engatusarme. Ya no.
– Entonces, ¿por qué no le ha contado lo de Nigel Simpson?
– No tengo ni idea. Pero lo hará cuando se lo pida.
Los labios de Kabler se tensaron.
– Realmente, la tiene en el bote, ¿verdad? ¿Está usted lia-da con él?
– Eso no le incumbe -repuso con frialdad.
– Lo siento. Tiene razón. Tan sólo quería ayudarla. ¿To-davía conserva mi tarjeta?
– Sí.
– Estaré cerca. -Arrancó el coche-. No espere a usarla cuando sea demasiado tarde.
Nell lo miró mientras conducía hacia la salida.
Realmente, la tiene en el bote.
Kabler estaba equivocado. Tanek no tenía control sobre ella. Estaba equivocado del todo. Excepto, quizá, en lo de Nigel Simpson.
Caminó lentamente de vuelta hacia la casa.
Nicholas estaba de pie junto al fuego con las manos ex-tendidas.
– Ven y caliéntate. Has estado fuera mucho rato.
Se despojó de la chaqueta y fue directamente al fuego.
– Está nevando con fuerza. Le he pedido que se quedara a pasar la noche.
– Pero ha preferido no arriesgarse.
– Le he dicho que no te importaría.
– ¿Y tú piensas que lo he arrojado a la nevada para que se lo cómanlos lobos?
– No seas ridículo.
– No lo haría -sonrió-. No si tú le hubieras rogado que se quedara.
Nell se dio cuenta de que eso implicaba que, sin su invitación, sí lo echaría.
– Me cae bien -explicó Nell.
– Lo sé. ¿Por qué no? Es un hombre de familia, honra-do…
– Pero a ti no.
– Demasiado virtuoso para mi gusto. Estoy acostumbra-do a que me lapiden y, por lo tanto, no confío en los hom-bres cuya tendencia natural es lanzar la primera piedra.
– ¿Qué le ha pasado a Nigel Simpson?
– Probablemente, lo que ha intuido Kabler. -Sus ojos se hicieron más pequeños-. Pero si lo que me estás preguntan-do es, si lo hice yo, entonces…
– No te estaba preguntando eso -le interrumpió.
– ¿Porque crees que soy demasiado inocente e incapaz de cometer tal barbaridad? -le preguntó burlón.
– No lo sé. Probablemente seas muy capaz, pero no creo… No lo harías sin… -Se frenó para, finalmente, añadir-: Sencillamente, no creo que tú lo mataras.
– Bien, está claro.
– Pero me gustaría saber qué sacaste de él.
Estuvo callado un instante:
– Me dio unos libros de contabilidad de Gardeaux y el nombre de otro contable en París con el que podría com-pletar el significado de aquellos libros.