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– ¿Será de algún valor?

– Posiblemente.

– ¿Cómo?

– La información siempre es útil. Negocié mucho con ella cuando estaba en Hong Kong. Alguna la vendí, y otra la mantuve en reserva. Cuando lo dejé, las he usado como una póliza de seguro.

– ¿Póliza de seguro? -preguntó, deslumbrada.

– Hice un montón de enemigos durante aquellos años. No podía estar seguro de que no me convertiría en un blan-co después de dejar la red. Así que dejé en lugar seguro unas informaciones de alto voltaje sobre Ramón Sandé-quez, en vanas cajas de seguridad de depósito alrededor del mundo, con las instrucciones de filtrar su contenido a los grupos apropiados si yo desaparecía o me encontraban muerto.

Aquel nombre le sonaba familiar.

– ¿Quién es Ramón Sandéquez?

– Uno de los tres capos del cártel de drogas de Medellín.

Es cierto, Paloma, Juárez y Sandéquez, recordó Nell. Los jefes de Gardeaux, la jerarquía.

– Sandéquez no es un hombre al que uno se pueda opo-ner. Él dejó muy claro que, si me tocaban, no le haría nin-guna gracia.

Nell sintió un profundo alivio.

– Entonces, estás seguro.

– Hasta que Sandéquez crea haber encontrado mis cajas de seguridad. Ya ha localizado dos. O hasta que Sandéquez mismo sea asesinado. O hasta que alguien tan loco como Maritz decida que no le importa correr el riesgo.

– Pero si te quedaras aquí, ¿estarías seguro?

– ¿Limitando mi mente y mis esperanzas? -Movió la cabeza-. Prefiero tomar precauciones. No quiero renun-ciar a una vida plena. No es ésta la razón por la que vine aquí.

Había venido a echar raíces. Unas raíces muy poco pro-fundas.

– No seas loco -le dijo con fiereza-. Deberías continuar escondido aquí. No hay razón para que tengas que ir a nin-guna parte.

– Hay una razón.

– No valoras el riesgo que…

Gardeaux. Maritz. Por supuesto que había una razón. ¿En qué estaba pensando, se riñó Nell?

Había estado pensando solamente en mantenerlo se-guro.

Un sentimiento de culpabilidad la invadió. La cercanía y la intimidad habían ido avanzando y, ahora, amenazaban con interferir en aquello que debía hacer. Rápidamente se alejó de él.

– Tengo que darme una ducha.

– ¿Huyes? -le preguntó con tranquilidad.

– No, sólo… Sí. -No le mentiría-. Creo que debería irme. Las cosas se están complicando demasiado.

– Ya pensé que pasaría esto -dijo-. Maldito Kabler.

– No es culpa suya. Es sólo…

– Complicado -acabó la frase con sarcasmo-. Con Kabler como catalizador. -Fue hacia ella y la agarró por los hombros-. Escúchame. Nada ha cambiado. No tienes por qué huir.

Algo había cambiado. Por un momento había olvidado lo que era importante para ella, por culpa de su preocupa-ción por él.

Y Tanek lo sabía. Lo veía en su expresión.

– Muy bien. No volveré a tocarte -dijo-. Será como antes.

No podía ser. Se había acostumbrado totalmente a él, fí-sica y emocionalmente.

– No estás preparada. -Tomó la cara de Nell entre sus manos y susurró-: Quédate. -Tanek la besó ligeramente, con amabilidad. Levantó la cabeza-. ¿Lo ves? Nada se-xual, como si fuera tu hermano. ¿Qué te resulta tan compli-cado?

Se recostó contra él. Cómo ansiaba quedarse. Le necesi-taba tanto. Tenía razón: no estaba preparada para dejarlo. Quizá todo iría bien ahora que había comprendido lo que pasaba.

– De acuerdo. Durante una temporada.

Pudo sentir cómo se relajaba.

– Inteligente decisión.

No estaba demasiado segura de que aquello fuera muy inteligente. No estaba segura de nada en ese momento, pero sus brazos eran fuertes y protectores, y quería estar allí, abrazada por ellos.

– Déjame ir.

– En un minuto. Ahora necesitas un poco de esto.

Lo necesitaba. La conocía tan bien. La había estudiado y sabía lo que necesitaba, lo que quería. Cuando necesitaba comodidad, él le ofrecía comodidad. Cuando quería sexo, el le daba todo el que podía recibir. Era él, el inteligente. Esto debería asustarla en lugar de producirle aquella sensación de seguridad tan sólida. Finalmente, lo apartó y se dirigió hacia la puerta.

– Te veré en la cena.

– De acuerdo.

Se detuvo en la puerta cuando, de repente, la asaltó un pensamiento.

– No me has dicho qué ha ido a hacer Jamie a Grecia.

– Estaba investigando un par de pistas sobre el atentado de Medas.

– ¿Has sacado algo en claro?

– Aún es demasiado pronto para decirlo. -Lo dijo con indiferencia y su expresión así lo denotaba.

Demasiada indiferencia, quizá. Hubiera tenido que pre-guntarle inmediatamente por Jamie, pero él pasó de Simpson a Ramón Sandéquez y, de alguna manera, ella había perdido el hilo. ¿Había intentado a propósito detener su particular cacería?

– ¿Me estás diciendo la verdad?

– Por supuesto.

Nell añadió, titubeante:

– Esto es muy importante para mí, y necesito confiar en ti.

– Has dejado las cosas muy claras. ¿He hecho algo que te haya podido hacer desconfiar de mí?

Nell negó con la cabeza.

La sonrisa le iluminó la cara.

– Entonces, dame un descanso, pequeña. -Sonrió.

Una sonrisa preciosa, llena de calidez. Se descubrió de-volviéndole la sonrisa, como había hecho durante los días anteriores.

– Lo siento. -Se volvió para marcharse, pero vaciló al ver el exterior a través de la ventana-. Está nevando con más fuerza.

Tanek suspiró.

– Estás preocupada por Kabler. ¿Quieres que vaya tras sus huellas y me asegure de que consigue volver a la ciudad?

– ¿Lo harías? -preguntó, sorprendida por su ofreci-miento.

– Si es lo que quieres.

Sintió una ola de calidez.

– No, entonces me preocuparía por ti.

– Es bonito saber que me valoras por encima del virtuo-so Kabler.

– Quizá deje de nevar.

– Lo dudo. El hombre del tiempo ha dicho que nevará durante toda la semana a lo largo de toda la frontera con Ca-nadá. -Contempló cómo los campos de nieve asaltaban la ventana-. En pocos días incluso les afectará a Joel y Tania, en Minneapolis.

Capítulo 14

– ¿Necesitas algo del supermercado? -Phil estaba junto a la puerta de la cocina. Olisqueó al aire-. Huele muy bien. ¿Qué es?

– Goulash. -Tania le sonrió por encima del hombro-. Te guardaré un poco para la cena.

– Estupendo. -Phil se acercó a los fogones-. ¿Puedo probarlo?

No era más que un niño grande, pensó Tania, indulgen-te, al tiempo que sumergía el cucharón en la cazuela y se lo ofrecía. El probó el goulash, cerró los ojos y suspiró:

– Delicioso.

– Es una antigua receta de la familia. Me la enseñó mi abuela. -Bajó la potencia del fuego-. Estará aún más bueno después de unas horas a fuego lento.

– Parece imposible. -Phil echó un vistazo por la venta-na-. Está nevando con fuerza. Puede que, dentro de unas horas, no podamos salir. Me preguntaba si podías necesitar leche, o pan, o cualquier cosa.

– Leche. La he terminado para preparar el desayuno. -Ella también miró hacia fuera-. Pero no hace falta que sal-gas, si sólo es para traer provisiones. Las calles deben de es-tar tan resbaladizas como el hielo.

– Iba a salir de todos modos. Le pasa algo a mi coche. Tengo que llevarlo al taller.

– ¿Qué le pasa?

– Ni idea. Hace dos días funcionaba perfectamente, pero ayer empezó a traquetear. -Se encogió de hombros-. Puede que me haya equivocado de gasolina al llenar el depósito

– Se dirigió hacia la puerta-. Volveré dentro de un par de horas. Acompáñame hasta la puerta principal y conecta el sistema de segundad. ¿De qué sirve tenerlo si no lo conectas? Yo acabo de entrar en casa como si nada.

– Pues yo siempre lo conecto. Joel debe de haberse olvi-dado de hacerlo cuando se ha ido esta mañana. -Le siguió hasta el recibidor y accionó el interruptor después de que él abriera la puerta. Observó la nieve, que caía con fuerza y le-vantaba remolinos tan espesos que prácticamente no se veía nada a dos pasos de distancia-. Vaya día tan desagradable. ¿De veras tiene que salir?

– No puedo estar sin coche -sonrió-. Estoy acostumbra-do a conducir en condiciones como éstas. -Hizo un ademán de despedida con las manos y bajó con mucho cuidado los escalones cubiertos de una fina capa de hielo-. Me acordaré de traerte la leche.

Y desapareció tras la cortina de nieve.

Tania cerró la puerta y volvió a dirigirse hacia la cocina. Tan sólo había dado unos pasos cuando se paró en seco y frunció el ceño. Había agua sobre el suelo de madera del vestíbulo. Phil solía tener mucho cuidado y siempre usaba la alfombrilla de la entrada antes de pasar a la casa. Tenía que estar realmente preocupado por el hecho de haber podido cruzar la puerta como si nada. Bueno, no había más remedio que ir por una bayeta y secarla antes de que pudiera estro-pear la madera.