– Pues yo siempre lo conecto. Joel debe de haberse olvi-dado de hacerlo cuando se ha ido esta mañana. -Le siguió hasta el recibidor y accionó el interruptor después de que él abriera la puerta. Observó la nieve, que caía con fuerza y le-vantaba remolinos tan espesos que prácticamente no se veía nada a dos pasos de distancia-. Vaya día tan desagradable. ¿De veras tiene que salir?
– No puedo estar sin coche -sonrió-. Estoy acostumbra-do a conducir en condiciones como éstas. -Hizo un ademán de despedida con las manos y bajó con mucho cuidado los escalones cubiertos de una fina capa de hielo-. Me acordaré de traerte la leche.
Y desapareció tras la cortina de nieve.
Tania cerró la puerta y volvió a dirigirse hacia la cocina. Tan sólo había dado unos pasos cuando se paró en seco y frunció el ceño. Había agua sobre el suelo de madera del vestíbulo. Phil solía tener mucho cuidado y siempre usaba la alfombrilla de la entrada antes de pasar a la casa. Tenía que estar realmente preocupado por el hecho de haber podido cruzar la puerta como si nada. Bueno, no había más remedio que ir por una bayeta y secarla antes de que pudiera estro-pear la madera.
No notaba su presencia. Maritz se sintió un tanto desen-cantado.
La observó mientras se agachaba a secar cuidadosamen-te el rastro de agua que habían dejado sus zapatos cuando se había colado en la casa, detrás del muchacho que rondaba siempre por allí. Lo habría hecho él mismo, pero no sabía de cuánto tiempo disponía antes de que el chico saliera otra vez. Así que optó por ir a lo seguro: se descalzó y subió rá-pidamente las escaleras que llevaban al piso de arriba.
«Estoy aquí mismo, preciosa Tania. Si levantas la mirada, me verás.»
Ella no levantó la vista. Acabó de secar el suelo y se metió de nuevo en la cocina.
Maritz pensó que no debía desanimarse tanto. No era la primera vez que se topaba con este tipo de ceguera. La ca-pacidad de intuir merma cuando uno cree estar en un sitio seguro.
Pero, de todos modos, él pensaba que Tania era distinta.
Quizá daba lo mismo. La sorpresa sería mayor, y el miedo mucho más intenso.
¿Dónde lo haría?
La oyó tarareando en la cocina. Estaba contenta, aquella mañana.
La cocina, el centro de la casa, la base de la vida en fa-milia.
¿Por qué no?
Empezó a bajar los escalones.
Phil arrancó suavemente y giró el volante, intentando no derrapar. Le gustaba la sensación de control que sentía al conducir. Era casi como navegar por Internet, entrar y salir de los programas, investigar y rastrear hasta dar con algo que le interesara.
Si supiera tanto de motores como de ordenadores, otro gallo cantaría, se lamentó. Probablemente, la reparación iba a costarle un ojo de la cara.
O quizá no. Había ido a hacer el cambio de aceite al Ta-ller Acmé, y los mecánicos parecían ser bastante eficientes. Rondaría por allí mientras trabajaban, y charlaría un rato con Irving Jessup, el propietario, y éste…
Taller Acmé.
El rótulo apareció ante él de repente. Entró con cui-dado.
Había un coche delante, incluso con mal tiempo. Así que tendría que esperar. No le importaba. Si hay cola, quie-re decir que hacen bien su trabajo. Ningún problema.
No tenía prisa.
El goulash necesitaba un poco más de pimienta, decidió Tania. Dejó la cuchara a un lado y cogió el molinillo pimentero de cristal del estante. Phil le había dicho que estaba per-fecto, pero él no había probado el goulash de la abuela. Tania siempre se sentía feliz cuando cocinaba alguna de las recetas de su familia. Le traían recuerdos que habían perma-necido intactos a pesar de aquellos últimos años. La abuela, sentada junto a la mesa, pelando patatas y contándole histo-rias de sus viajes por el país cuando era joven. Mamá y papá llegando de la oficina, riendo, explicando…
– Ha llegado la hora, Tania.
Ella se volvió hacia la puerta.
Allí había un hombre con un cuchillo en la mano. Son-riendo.
El corazón le dio un vuelco y después se le heló.
Él. Seguro que era él.
El hombre asintió, como si ella hubiera pronunciado esas palabras.
– Sabías que vendría. Me estabas esperando, ¿verdad?
– No -murmuró ella.
Su aspecto era tan normal como el de cualquier hombre. Cabello y ojos castaños, un poco por encima de la estatura media. Hubiera podido ser el dependiente del supermerca-do o el agente de seguros que la había visitado la semana pa-sada. No era la amenaza sin rostro que la había estado per-siguiendo.
Pero llevaba un cuchillo.
– Tú no quieres hacer esto -dijo Tania, humedeciéndose los labios-. Ni siquiera me conoces. Todavía estás a tiempo. Vete de aquí.
– Sí te conozco. Nadie te conoce mejor que yo. -Dio un paso hacia ella-. Y sí quiero hacer esto. Hace mucho tiempo que quiero.
– ¿Por qué?
– Porque eres especial. Lo supe la primera vez que te seguí.
¿La puerta?
No, él le impedía el paso mientras se acercaba.
Tania tenía que continuar hablándole y tratar de pensar en algo.
– ¿Por qué me seguías?
– Por el asunto de la señora Calder. Esperaba que vol-viera o se pusiera en contacto contigo. -Un paso más-. Pero me di cuenta de lo especial que eres y empecé a disfrutar contigo.
– Yo no sé dónde está Nell.
– Esperaba que dijeras eso. Ya averiguaré si es cierto o no. -Sonrió-. De hecho, espero que no me lo digas ensegui-da. Me dará mucha pena que esto se acabe.
¿El cajón de los cuchillos de cocina?
No: antes de que pudiera abrirlo, ese hombre ya se ha-bría abalanzado sobre ella.
– ¿Quién eres?
– Había olvidado que no hemos sido presentados. Sien-to que te conozco tanto, Tania. Soy Paul Maritz.
Oh, Dios santo. El monstruo de Nell era, ahora, el monstruo de Tania, y cada vez estaba más cerca. ¿Qué po-día hacer?
– Te he mentido. Sé dónde está Nell, pero nunca lo sa-brás, si me matas.
– Ya te lo he dicho: prefiero que sea un poco más ade-lante, y no enseguida. -Estaba a tan sólo a dos metros de ella-. Pero podemos hablar de eso cuando…
Tania rompió el pimentero contra el borde del estante, y le echó la pimienta y los pedazos de cristal a los ojos.
El masculló algo y, cegado, blandió el cuchillo.
Tania cogió la cazuela del goulash y le lanzó el conteni-do a la cara.
Maritz gritó, con las mejillas rojas, escaldadas.
Ella pudo salir de la cocina hacia el recibidor.
El la perseguía, soltando improperios.
Tania alcanzó la puerta principal e intentó abrir el ce-rrojo.
Maritz la agarró por el hombro y la empujó lejos de la puerta.
Ella se tambaleó hacia la pared, tropezó con la mesilla del recibidor y cayó al suelo.
– Estúpida zorra. -Le lloraban los ojos, y las lágrimas cubrían su rostro enrojecido y dolorido-. ¿Creías que iba a dejar que…?
Tania le lanzó el jarrón de bronce que había sobre la me-silla y corrió de nuevo hacia la puerta.
Pudo abrirla, y pulsó la alarma antes de salir a toda prisa.
Resbaló y bajó rodando los escalones.
Había olvidado que la entrada estaba cubierta de hielo.
Maritz se acercaba otra vez, despacio, para no cometer el mismo error que ella.
La alarma de segundad aullaba mientras Tania intenta-ba desesperadamente ponerse en pie. Alguien la oiría. Al-guien aparecería. Cojeaba, se había torcido el tobillo iz-quierdo. El dolor le impedía avanzar, pero ella intentaba cruzar el jardín hasta la calle.
– ¿Adonde vas, Tania? -le gritó él, ya cerca-. ¿A pedir ayuda a los vecinos? No vas a poder llegar, cojeando así. Y nadie va a verte, con esta tormenta. Y, en cuanto a la alarma, la compañía de seguridad no llegará a tiempo.
Tania seguía avanzando.