– Estoy justo detrás de ti.
Cállate, bastardo.
– Ríndete. De todos modos, va a ser lo mismo.
Ella se tambaleó al resbalar de nuevo sobre el hielo.
Casi podía sentir la agitada respiración de Maritz justo en la nuca.
– Sabes lo que va a pasar. Hace semanas que lo sabes.
El tobillo cedió, y Tania cayó al suelo.
Se volvió hacia él y lo miró a los ojos.
– Preciosa Tania. -Maritz se arrodilló junto a ella y le acarició el pelo-. No era esto lo que había planeado para ti. Quería algo más agradable que verte arrastrándote sobre la nieve. Pero has disparado la alarma y, ahora, tengo que dar-me prisa.
– Pero no te he dicho dónde está Nell -arguyó ella, de-sesperada.
– Entonces, dímelo.
– En Florida. Déjame ir y le diré que…
Maritz movió la cabeza:
– Me parece que mientes. Siempre lo adivino. No creo que me lo digas. Tendré que preguntárselo al doctorcito.
– ¡No!
– No me dejas otra opción. -Tiró con fuerza de los cabe-llos de Tania mientras levantaba el cuchillo-. No voy a ha-certe el daño que tú me has hecho. Un solo corte y todo ha-brá acabado.
Iba a morir. Tenía que ocurrírsele algo, rápido. Seguro que debía de haber una salida. No había sobrevivido al in-fierno de Sarajevo para morir de aquel modo.
No había nada que hacer, pensó horrorizada.
El cuchillo se acercaba a su garganta.
No. No podía hacer nada para salvarse…
Jamie Reardon estaba en el hotel cuando su busca recibió la señal de alarma de la casa de Lieber.
Tardó veinte minutos en llegar allí. Vio un coche patru-lla aparcado en la esquina, sin ocupantes. La alarma aún es-taba conectada, aullando desde la puerta principal. ¿Por qué no la habían parado?
Salió del coche y se dirigió hacia la casa.
Vio una pisada sangrienta nada más cruzar la verja del jardín. Aquel oscuro líquido, con pequeñas incrustaciones de hielo cristalizado, resaltaba sobre el blanco de la nieve.
Dos guardias de seguridad, uniformados, estaban allí, de espaldas delante de él, observando algo en el suelo.
Jamie sabía qué miraban.
Llegaba demasiado tarde.
– Necesito hablar con Nick. Ahora mismo.
– Ha ido al Barra X esta tarde, Jamie -contestó Nell, mi-rando su reloj-, pero dudo que todavía le encuentres allí. Seguramente, ya debe de estar de vuelta, aunque es difícil decir cuánto va a tardar, con esta tormenta. ¿Quieres que le diga que te llame?
– Sí. Tan pronto como llegue.
– ¿Estás en el hotel?
– No. Te doy el número.
Nell lo anotó en el bloc de notas del teléfono.
– ¿Qué pasa? ¿Quieres dejarme el mensaje?
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
– No, no hay mensaje.
Nell se puso tensa. Se sentía tan dejada de lado como la vez que Jamie le había dado a Nicholas aquel mensaje críp-tico sobre Nigel Simpson. Pero eso había sido antes de que Nicholas le prometiera que no habría secretos entre ellos.
– Quiero saber qué pasa, Jamie.
– Pues pregúntaselo a Nick -repuso Jamie, cansado-. Si te lo digo, seguro que pide mi cabeza.
Y colgó.
Lentamente, Nell se sentó en la silla, junto al teléfono. No se sentía bien. Estaba muy claro. Y era decepcionante. Nicholas le había dicho a Jamie que no le revelara… algo. ¿Cuántas cosas seguía ocultándole aún?
Echó un vistazo al número que había anotado. Le resul-taba vagamente familiar. ¿A qué ciudad pertenecía el prefijo?
Minneapolis.
Y ella había llamado a ese número antes, y sabía de quién era.
Le temblaba la mano mientras lo marcaba.
– Diga.
– ¿Qué estás haciendo en casa de Joel Lieber, Jamie?
– Mierda. Debería haberte dado el número de mi busca.
– ¿Qué estás haciendo ahí? -Y al ver que no contestaba exigió-: Quiero hablar con Tania. -No puedes hablar con ella.
El miedo la invadió.
– ¿Qué quieres decir con que no puedo…?
– Mira, tengo que colgar. Dile a Nick que me llame.
Nell colgó el teléfono con furia al oír que Jamie cortaba. Se puso en pie de un salto y corrió hacia el dormitorio
– Michaela.
No llegó a la casa de Lieber hasta casi ocho horas más tarde. Precinto amarillo. Estaba cercada con precinto amarillo. Siempre hacían eso después de un crimen, recordó, muy al-terada, mientras bajaba del taxi. ¿Cuántas veces había visto ese mismo precinto en las noticias? Pero siempre en casa de desconocidos, no en la casa que Tania le había hecho sentir como suya.
Había un corpulento policía delante de la barricada. Pa-recía muy frío. Casi tanto como el frío que ella sentía.
– Nell. -Jamie salía de un coche aparcado en la esquina-. No deberías haber venido -le dijo con suavidad-. Esto es lo que Nick intentaba evitar.
– ¿Qué ha pasado?
– Maritz. Ha estado siguiendo a Tania mientras esperaba que tú volvieras.
Nell se sintió como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. Era culpa suya. Era por su culpa todo lo que le había sucedido a Tania. Ella y Joel sólo habían intentado ayudarla, y Nell había llevado aquel monstruo a sus vidas.
– ¿Está muerta?
El negó con la cabeza.
– En el hospital, con un tobillo roto.
El alivio que sintió casi la hizo desvanecerse.
– Gracias a Dios. -Miró de nuevo el precinto amarillo y la recorrió un escalofrío de miedo-. ¿Joel?
– No estaba aquí. -Jamie respiró profundamente antes de continuar-: Pero Phil sí. Maritz había estado manipulan-do el motor de su coche, y Phil lo llevó al taller. El mecáni-co le dijo que alguien había estado hurgando los cables y el carburador. Llegó a tiempo para salvar a Tania. -Apretó los labios-. Pero él no ha podido salvarse. Maritz le ha matado. La lucha ha durado lo suficiente para dar tiempo a que los de seguridad llegaran aquí. Maritz ha huido, y no ha podido terminar con Tania.
Phil. El dulce, el luminoso Phil. Nell sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas al recordar lo amable y cariñoso que había sido con ella en el hospital. Murmuró:
– Le quería mucho.
– Yo también. -Jamie se aclaró la garganta, pero tenía los ojos sospechosamente húmedos-. Era un muchacho formi-dable.
– Quiero ver a Tania. ¿Me acompañas?
– Por eso he estado esperando. -La cogió del codo y la llevó hasta el coche-. Nick me ha dicho que no te pierda de vista hasta que llegue él.
– ¿Has hablado con él?
– Tres horas después de que tú te marcharas al aeropuer-to. Tenía unas ganas enormes de estrangularme. Y a ti tam-bién.
– ¿Y tú ya estabas aquí? Entonces, sabías que Tania esta-ba en el punto de mira.
Jamie se encogió de hombros.
– El director de la funeraria había desaparecido. Que-ríamos estar seguros de que ella y Joel no corrían ningún peligro.
– Pero corrían. -Se sentó en el asiento del copiloto-. Y Phil también.
– ¿Crees que no me siento lo suficientemente mal? -re-plicó Jamie con rudeza-. Phil era amigo mío.
– No me importa lo mal que te sientas. Maritz ha mata-do a Phil y también ha intentado matar a Tania porque quie-re cogerme a mí. Y Nicholas ni siquiera se ha dignado a decirme nada.
– Porque sabíamos que vendrías. Nick quiere que te mantengas a salvo.
– ¿Qué derecho tiene a…? -Se desmoronó. No tenía nin-gún sentido discutir con Jamie, cuando el culpable era Ni-cholas-. No tengo ganas de hablar. Llévame a ver a Tania.
– Está en la planta quinta -dijo Jamie mientras paraba el co-che frente al hospital-. ¿Quieres que entre contigo?
– No.
Nell salió del coche dando un portazo.