Joel estaba en el corredor, delante de la habitación de Tania.
– Tienes mal aspecto -le dijo Nell-. ¿Cómo está Tania?
– Tiene un tobillo roto, magulladuras, los nervios de pun-ta… -enumeró Joel-. Ha visto cómo Phil moría acuchillado. -Sonrió amargamente-. Aparte de eso, está perfectamente.
– Es culpa mía.
– Soy yo el que ha olvidado conectar la alarma cuando he salido, esta mañana. Aquel bastardo ha entrado en la casa sin problema alguno. -Sacudió la cabeza-. Así de sencillo. -Lo siento, Joel.
– Casi la mata. -Le dirigió una dura mirada-: Mantente alejada de ella. No quiero que te le acerques.
Nell se sintió herida. No podía culpar a Joel por estar resentido pero, aun así, dolía.
– Te prometo que, después de hoy, no la veré hasta que todo haya terminado. Tan sólo quiero decirle… ¿Puedo verla?
Joel se encogió de hombros.
– En cuanto Kabler haya terminado de hablar con ella.
Nell miró hacia la puerta de la habitación.
– ¿Kabler está aquí?
– Ha llegado hace unos minutos. Ha dicho que tenía que hacerle unas preguntas sobre Maritz.
– ¿Creen que podrán cogerle?
– Kabler dice que tal vez ya esté dentro de un avión, sa-liendo del país.
– ¿Y qué hay de aplicar la extradición?
– La extradición sólo sirve si le encuentran.
– Acudirá a Gardeaux en busca de protección.
– No lo sé. -Movió la cabeza-. Tan sólo quiero que se mantenga lejos de Tania.
– Y yo. -Rozó su brazo-. Seguro que no se atreve a vol-ver, ahora que ha sido identificado.
– ¿Ah, no? Ese bastardo está loco. Es capaz de cualquier cosa. La ha estado vigilando, la ha estado siguiendo, y ha en-trado en casa y… -Se desmoronó-. Dile a Tania lo que tengas que decirle y aléjate de ella. Ya ha tenido bastante con…
– La esperaba, señora Calder. -Kabler salió de la habita-ción, cerrando la puerta tras él-. ¿Dónde está Tanek?
– He venido sola. -Se dirigió a Joel-: ¿Puedo entrar ya?
– En cuanto yo me haya asegurado de que Kabler no ha causado ningún daño. -Entró en la habitación.
– Pobre Phil, qué pena. Tan buen chico, tan joven… -dijo Kabler-. ¿Le conocía usted bien?
– Sí. No, creo que no. ¿Qué está haciendo aquí, señor Kabler?
– Encargué a uno de mis hombres que controlara la si-tuación, desde que supimos que Birnbaum había desapare-cido. ¿Recuerda que le dije que sospechaba que estuviera involucrado?
Nell apoyó la cabeza contra la pared.
– Es evidente que su hombre no ha sido capaz de con-trolar la situación de manera satisfactoria.
– ¿Sabía usted que Maritz estaba siguiendo a la señorita Vlados?
– Por supuesto que no -repuso ella, impaciente-. ¿Me cree capaz de dejar que corriera el riesgo de…?
– Cálmese. -Kabler levantó una mano-. Tan sólo pre-guntaba. Ya que Reardon estaba por aquí, es lógico pensar que Tanek lo sabía. -Meneó la cabeza-. Ya le dije que no era de fiar. Si ha utilizado a la señorita Vlados como cebo, ¿cree que no hará lo mismo con usted?
– El no la ha utilizado como cebo.
– Entonces, ¿por qué la mantuvo a usted al margen? -Nell no contestó, y él movió la cabeza de nuevo-. Todavía cree en él.
– Tanek jamás pondría en peligro a Tania.
– ¿Le ha contado lo que averiguó gracias a Nigel Simpson?
– Sí.
– No, no se lo ha contado. No estaría usted tan calmada. -Ella le dio la espalda, y Kabler apretó los labios-. No voy a dejar que nada parecido vuelva a pasar. Reúnase conmigo en el vestíbulo cuando termine de hablar con la señorita Vlados.
– ¿Por qué?
– Voy a enseñarle algo que le demostrará que no se pue-de confiar en Tanek. En absoluto.
Nell lo siguió con la mirada mientras se iba por el pasi-llo. Estaba furiosa con Nicholas pero, instintivamente, le había defendido. Qué estúpida era empeñándose en confiar en él, como si eso fuera un estilo de vida.
Jamás se había sentido tan sola.
– Ya puedes entrar -le dijo Joel, junto a la puerta-. Pero sólo unos minutos. Necesita reposo.
Tania tenía mal aspecto: pálida, terriblemente frágil, apoyada contra unos enormes cojines inmaculados.
De todos modos, hablaba con la misma alegría y brus-quedad de siempre:
– Deja ya de mirarme de esta manera. No tengo nada grave. Recuperaré el tobillo.
– Supongo que sabes cuánto lo siento. -Nell se acercó a la cama-. No me imaginaba que esto pudiera suceder. Ten-dría que haberme pasado a mí. Es a mí a quien quiere Maritz.
– Bueno, bueno, no presumas tanto. Quizás al principio sí, pero después ha pensado que soy una víctima muy atrac-tiva. -Sonrió tristemente-. Cree que soy especial. ¿A que es un bonito piropo?
– ¿Cómo puedes bromear…?
La sonrisa de Tania se desvaneció.
– Es la única manera de soportar todo esto. Avanzaba hacia mí. Seguía avanzando. No podía detenerle. Contigo también fue así, ¿verdad? -Nell asintió. Los ojos de Tania se llenaron de lágrimas-. Ha matado a Phil.
– Lo sé.
– Phil me ha salvado, y Maritz lo ha matado. Una vez, vi una de esas películas de terror. El asesino parecía una especie de espantapájaros, y su absoluta maldad era lo que le mante-nía vivo. -Tania asió la mano de Nell, tan fuerte que casi le hizo daño-. Seguía y seguía, simplemente. Matando. No era así, en Sarajevo. Allí, los asesinos no tenían rostro. Pero Ma-ritz sí lo tiene. Y parece tan normal como cualquiera.
– Te estás poniendo nerviosa. Será mejor que me vaya, o Joel pedirá mi cabeza.
Tania intentó sonreír, pero fue en vano.
– Sí, se está comportando de un modo muy protector, ¿verdad? Quizá será mejor que te vayas. No soy una com-pañía demasiado agradable en estos momentos. Mantente en contacto.
– Lo haré, te lo prometo. -Se inclinó y besó a Tania en la mejilla-. Ponte bien enseguida.
Tania asintió.
– Nell. -Ella se detuvo junto a la puerta-: Ve con cuida-do -susurró-. Es el espantapájaros.
Tanek la esperaba fuera.
– ¿Cómo se encuentra?
– No muy bien -repuso Nell fríamente-. ¿ Cómo espera-bas que estuviera? Casi la matan, y ha visto cómo apuñala-ban a Phil delante de sus ojos. -Empezó a caminar.
– ¿Adonde vas?
– ¿Ahora mismo? Necesito una taza de café. Ver a Tania en ese estado no ha sido nada agradable. -Necesitaba algo más que una taza de café. Temblaba, y no quería que él lo viera. Sabía lo bien que atacaba Tanek cualquier muestra de debilidad. Entró en la sala de espera y buscó cambio en su bolso para la máquina-. Además, no creo que todo esto sea de tu incumbencia.
– Pues lo es, maldita sea. -Tanek echó unas monedas en la cafetera y observó el líquido negro que caía en una taza de papel-. ¿Por qué no has esperado a que yo llegara? Podría haberte traído yo mismo.
Nell le arrebató la taza.
– No podía estar del todo segura de eso, ¿no es cierto? Ni siquiera me dijiste que Maritz la estaba siguiendo.
– No lo sabíamos. No con absoluta certeza.
– Pero sí la suficiente para pedirle a Jamie que permane-ciera por aquí.
– Era tan sólo una medida de seguridad. No quería que sucediera otro asunto como el de Medas.
Nell tomó un sorbito.
– Bien, pues ya lo tienes. Phil está muerto.
– ¿Y cómo crees que me siento? Soy yo quien lo tra-jo aquí.
– Francamente, no me importa cómo te sientes.
Tanek apretó los labios.
– De acuerdo, no te lo dije todo. Quería evitar que te presentaras a toda prisa.
– Eso no tenías que decidirlo tú.
– Pero tomé una decisión. No quería que te mataran, maldita sea.
– Si yo hubiera estado aquí, Maritz habría ido por mí, en lugar de seguir a Tania.
– Exactamente.
– ¿Y quién te ha dicho que eres Dios, Nicholas? ¿Qué derecho tienes a tomar decisiones de ese calibre?