– Hice lo que debía.
Nell se bebió su café de un trago y lanzó la taza a la pa-pelera.
– Y yo voy a hacer lo que debo. -Salió de la sala de espe-ra y se dirigió al ascensor.
Tanek la siguió.
– ¿Adonde vas? -No obtuvo respuesta-. Mira, ya sé que estás muy enfadada, y lo entiendo, pero lo que ha pasado no afecta a la situación principal. Maritz ya debe de estar es-condido bajo el ala de Gardeaux, en estos momentos. Debe-mos ceñirnos al plan establecido.
Ella pulsó el botón del ascensor.
– No creo que ese plan sirva ya. Se requiere gozar de cierta confianza.
Él la miró a los ojos.
– Puede que ahora no me creas, pero volverás a confiar en mí.
– Espero no ser tan estúpida. -Entró en el ascensor e im-pidió que Tanek la siguiera-: No, no quiero que vengas conmigo.
Él asintió y retrocedió un paso.
– De acuerdo. Ya veo que necesitas tu espacio.
Nell se sorprendió. No había creído que él se rindiera tan fácilmente. La puerta se cerró entre ambos, y ella apoyó la cabeza contra el espejo. Se sentía tan dolorida y agotada como si hubiera participado en una guerra. Y todavía tenía que enfrentarse a Kabler.
Kabler salía del pequeño quiosco de regalos del vestíbu-lo cuando vio a Nell bajando del ascensor.
– Mighty Morphin, el Ranger rojo -le explicó, viendo que ella miraba con curiosidad la bolsa en la que llevaba su reciente compra-. Para mi hijo. Estos muñecos son difíciles de encontrar en las tiendas de mi barrio.
– No creo que sea esto lo que quería enseñarme, ¿ver-dad? -contestó Nell.
– He visto a Tanek cuando subía. ¿Qué es lo que…?
– Ha dicho usted que quería enseñarme algo.
– No está aquí. -La agarró del brazo y salieron juntos del hospital, hacia el aparcamiento-Parece muy cansada. Relájese y confíe en mí.
¿Por qué no? Confiaría en Kabler. Tenía que confiar en alguien. Se metió en el coche, se acomodó en el asiento y ce-rró los ojos.
– Está bien. Voy a relajarme, pero le aconsejo que usted no lo haga. Nicholas ha dejado que me vaya sin ponerme trabas: seguro que Jamie Reardon no debe de andar muy le-jos. Lleva un coche de alquiler, un Taurus gris.
– Está cinco coches por detrás de nosotros. No importa. Que nos siga.
– ¿Está con Kabler? -Nicholas masculló algo entre dientes-. Sigue pegado a ellos. ¿Qué demonios pretende este tipo?
– No puedo seguir pegado a ellos. Te estoy llamando desde el aeropuerto. Acaban de subir a un jet privado que ya está corriendo por la pista.
– ¿Puedes averiguar qué destino lleva?
– ¿Un jet de la DEA? Si me das un poco de tiempo, qui-zá sí. Ahora mismo, ni hablar.
Nicholas ya sabía que la respuesta iba a ser ésa, pero es-taba agotando todas las posibilidades. Además, tenía una muy bien fundada sospecha de hacia dónde se dirigían. No había creído que Kabler fuera capaz de llegar tan lejos.
– Voy para allá. Intenta conseguir pasajes y estar a pun-to y preparado para todo en cuanto yo llegue.
– ¿Se supone que sé de sobra para qué vuelo tengo que hacer la reserva?
– A Bakersfield, California.
La enorme casa de estilo Victoriano estaba alejada de la calle principal, y rodeada de un frondoso jardín de altos robles. Aunque no cuadraba con la época, parecía llena de magia, iluminada por la luz del atardecer.
– Vamos, entre -le dijo Kabler.
– No le creo -susurró Nell-. No es cierto.
Kabler dio la vuelta al coche y la ayudó a bajar.
– Compruébelo usted misma.
Lentamente, Nell subió los peldaños del enorme porche y llamó al timbre.
A través de las flores grabadas en el cristal de la puerta principal, atisbo a duras penas a una mujer que bajaba des-de el piso superior.
De repente, la luz del porche, un farolillo antiguo, se en-cendió, y la mujer también miró a través del cristal trans-lúcido.
La puerta se abrió de golpe.
– ¿En qué puedo servirle?
Nell se quedó helada. No podía articular palabra.
La mujer frunció levemente el entrecejo, y su despejada frente se llenó de arruguitas.
– ¿Vende usted algo?
– ¿Qué pasa, María? -Un hombre bajaba por las escaleras.
Nell sintió que iba a desmayarse de un momento a otro. No, sintió que iba a vomitar.
Oh, Dios santo. Dios santo.
El hombre pasó afectuosamente un brazo por los hom-bros de la mujer. Sonrió:
– ¿Qué podemos hacer por usted?
– Richard. -Nell apenas pudo pronunciar ese nombre.
La sonrisa del hombre se desvaneció.
– Se equivoca. Deben haberle dado una dirección erró-nea. Me llamo Noel Tillinger, y ésta es mi esposa, María.
Nell sacudió la cabeza, tanto para aclarar sus ideas como para negar las palabras de aquel nombre.
– No. -Y dirigió su atónita mirada a la mujer-: ¿Por qué, Nadine?
Nadine se fijó realmente en aquel rostro desconocido:
– ¿Pero quién,…?
– No te metas en esto, María. Ya me encargo yo de que se vaya.
– Creo que ya te encargaste lo suficiente -intervino Ka-bler, detrás de Nell-. Y no con excesiva delicadeza, por cierto.
Richard abrió los ojos como platos.
– ¿Kabler? ¿Qué demonios hace usted aquí?
Kabler le ignoró. Miraba a Nell fijamente.
– ¿Se encuentra usted bien, señora Calder?
No se encontraba bien. No estaba segura de que se vol-viera a encontrar bien nunca más.
– Yo no le creía, Kabler.
Richard no podía apartar los ojos de aquel rostro:
– ¿Nell?
– Creo que es mejor que entremos -repuso Kabler.
Richard se hizo a un lado, sin dejar de mirarla.
– Kabler me dijo que te habían hecho cirugía estética, pero… Es increíble… Estás espléndida.
Nell casi suelta una risotada histérica. ¿Es que a Richard sólo se le ocurría pensar en cómo había cambiado su apa-riencia?
Kabler dio un leve empujoncito a Nell y la hizo pasar.
– Es mejor que no nos quedemos en el porche. La pri-mera norma del programa de protección de testigos es no atraer la atención.
Nadine sonrió forzadamente:
– Pasemos al salón. -Les condujo desde el recibidor has-ta una sala, a la cual se accedía cruzando una arcada, y que parecía sacada de una novela de Edith Wharton, llena de plantas, mimbre y madera oscura. Hizo un gesto con la mano, señalando el sofá, cubierto de cojines tapizados-: Siéntate, Nell.
Nadine estaba en casa, y tan bonita y segura de sí misma como Nell la recordaba.
– ¿Por qué, Nadine? -repitió.
– Le quiero. Cuando me llamó, vine a su lado -repuso Nadine, simplemente-. Yo no quería que ocurriera. Tú me gustabas, me caías bien. Nadie quería hacerte daño.
Nell se humedeció los labios, completamente secos.
– ¿Desde cuándo…?
– Hemos sido amantes durante más de dos años.
Dos años. Richard se había estado acostando con Nadi-ne durante tanto tiempo, y ella no lo había sospechado nunca. Qué listo había sido. O, quizá, qué estúpida había sido ella.
– ¿Por qué la ha traído aquí, Kabler? -preguntó Richard-. Dijo que ella nunca lo sabría. Dijo que nadie lo sa-bría jamás.
– Tenía que darle una prueba definitiva. Estaba a punto de meterse en graves problemas. Y pensé que ya había teni-do bastantes.
– ¿Y qué hay de mí? -insistió Richard-. ¿Qué pasará si ella se lo cuenta a alguien?
– Tengo serias dudas de que Nell quiera confiarles nada a los que mataron a su hija… ¿Tú qué crees?
Richard se puso rojo.
– No, creo que no -murmuró-. Pero no debería haberla traído.
– No entiendo nada de nada -espetó bruscamente Nell-. Cuénteme de qué va todo esto, Kabler.