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– El ataque de Medas estaba dirigido contra su marido -aclaró Kabler-. Él estuvo blanqueando dinero de Gardeaux a través de su banco durante algún tiempo. Cuando le surgió la oportunidad de asociarse con Kavinski, le dijo a Gardeaux que ya no quería tener más tratos con él. No fue muy inteligente por su parte. Nadie cesa los tratos con Gar-deaux hasta que él mismo así lo dispone. Gardeaux le nece-sitaba, y decidió hacerle llegar una advertencia.

– ¿Qué advertencia?

– La muerte de su esposa. Usted, Nell, era el principal objetivo.

– ¿Iban a matarme a mí para castigarle a él?

– Es una práctica bastante común en esos círculos.

– ¿Y Jill? -preguntó Nell con rabia-, ¿Querían matar también a Jill?

– No lo sabemos. Creemos que no. Es posible que Maritz tomara esa decisión por sí mismo. Es un psicópata.

Es un psicópata. Sigue y sigue. No puedes detenerle. El espantapájaros.

– Si el objetivo era yo, ¿por qué dispararon contra Ri-chard…? -De repente, lo vio claro- No le dispararon, ¿ver-dad? Fue un montaje.

Kabler asintió.

– Unas horas antes de la fiesta, pudimos verificar la infor-mación que habíamos recibido: el objetivo era Nell Calder.-Hizo una pausa-. Pero también se añadía, al final, que Richard Calder también debía caer. Parece ser que Gardeaux ha-bía descubierto por qué Richard les ofrecía un tanto por cien-to de interés muy elevado por el dinero que blanqueaba. Se quedaba una parte y lo enviaba a una cuenta suiza. No pude hacer mucho más que enviar unos cuantos hombres a la isla.

– Entonces, ¿por qué no estaban allí para salvar a Jill? -le espetó Nell, toda resentimiento-. ¿Por qué no estaba usted mismo allí?

Richard sonrió, burlón.

– Sí, dígaselo. Que sepa cuáles eran sus prioridades. -Se volvió hacia Nell-. Ésa es la razón por la cual estás aquí. Ése es el motivo por el que Kabler parece estar tan preocupado por ti. Tenían órdenes de ponerse en contacto conmigo an-tes que nada. De ofrecerme un trato. Salvar el pellejo y tener una nueva vida, a cambio de testificar contra Gardeaux cuando llegara el momento.

– Pensé que teníamos tiempo -le explicó Kabler a Nell-. Pensé que usted estaría en el salón, con todos los demás. Le asigné a un hombre que la protegiera.

– Pero su principal prioridad era cazar a Gardeaux -pun-tualizó Richard-. Incluso tenía un plan. Había enviado a un médico con sus hombres, como si fuera un invitado más. Se suponía que yo debía sufrir un ataque al corazón y ser tras-ladado rápidamente fuera de la isla. -Richard esbozó una agria mueca-. Pero le salió el tiro por la culata, ¿verdad?

– Pudimos sacarte de allí -replicó Kabler.

– Y enviarme a este pueblucho. Yo quería irme a Nueva York.

– No era un lugar seguro.

– Me prometió un rostro nuevo. Eso habría garantizado mi segundad.

– Todo a su tiempo.

– Ya han pasado casi seis meses, maldita sea.

– Cállate, Calder. -Kabler se dirigió a Nell-: ¿Ya ha oído bastante?

Demasiado. Mentiras. Engaños. Traición.

Hizo el ademán de marcharse.

– Nell -Richard la agarró del brazo, deteniéndola-, ya sé que todo esto te ha desorientado, pero es de vital importan-cia que nadie sepa que estoy aquí.

El le sonreía. Esa misma sonrisa encantadora y juvenil que le había abierto tantas puertas a lo largo de su vida.

– Suéltame.

– Yo también quería a Jill -dijo Richard suavemente-. Sabes que jamás habría hecho nada que pudiera lastimarla. O a ti.

– Suéltame.

– Antes, prométeme que guardarás silencio. Sabes que tengo razón. Es sólo que…

– Por el amor de Dios, suéltala y deja que se vaya, Ri-chard -explotó Nadine.

– Cállate -repuso Richard sin apartar los ojos de Nell-. Este asunto es entre nosotros dos. No es culpa mía que ma-taran a Jill. Yo estaba abajo, en el salón. No estaba allí para protegerla. Pero tú sí, Nell.

Nell se puso tensa, y le miró, incrédula. Estaba inten-tando utilizar el sentimiento de culpabilidad para manipu-larla. ¿Y por qué no?, pensó amargamente. Lo había hecho siempre, desde que se casaron.

– Hijo de puta.

Richard enrojeció, pero no le soltó el brazo.

– Tan sólo quería salir adelante. Quería más. Siempre cuidé de ti y de Jill.

– Suéltame -repitió Nell entre dientes.

– Tú sabes que yo…

Le dio un puñetazo en el estómago y, mientras Richard se doblaba en dos, le golpeó en la nuca. Él cayó de bruces al suelo, y ella se le echó encima. Todo había empezado por su culpa. Él había sido el primer eslabón de la cadena que ha-bía llevado a Jill a la muerte. Un golpe con el puño cerrado, uno sólo, pero muy certero, y Richard estaría muerto. Nell levantó el brazo. Un solo golpe y…

– No. -Kabler la detuvo y la obligó a ponerse en pie-. Usted no quiere hacer eso, Nell.

– Desde luego que quiero -repuso ella, intentando sol-tarse.

– De acuerdo, pero yo no puedo permitirlo. Necesito a mi testigo. -Kabler esbozó una amarga sonrisa-: Aunque confieso que yo haría lo mismo.

La sujetaba firmemente, pero Nicholas le había enseña-do el modo de librarse de la mayoría de inmovilizaciones. Conocía distintas técnicas, pero ponerlas en práctica signifi-caba herir a Kabler, y Kabler no se lo merecía. No; él inten-taba ayudarla. Nell respiró profundamente.

– Ya puede soltarme. No voy a hacerle nada… al menos, por ahora.

Kabler la soltó de inmediato.

Richard se incorporó, aturdido, con las manos sobre su dolorido abdomen.

– ¿Qué demonios te ha pasado, Nell?

– Lo que me ha pasado eres tú. Tú y Maritz y… -Giró sobre sus talones-. Si lo quiere sano y salvo, Kabler, será mejor que me saque de aquí.

– No es precisamente lo que quiero, pero sí lo que debo hacer. Si dependiera de mí, le atropellaría con un camión. -La cogió del brazo e intentó llevarla hacia la salida.

Nell se soltó y volvió a girarse hacia Richard.

– Sólo quiero saber una cosa más. ¿Por qué te casaste conmigo?

Richard sonrió desagradablemente.

– ¿Por qué crees tú que lo hice? ¿Crees que me hubiera casado con una insignificante y vulgar personita que había sido suficientemente estúpida para dejar que la preñaran? Tu padre me ofreció una bonita suma y una inmejorable carta de presentación dirigida a Martin Brenden.

Richard estaba convencido de que había encontrado la manera de herirla. No se daba cuenta de que sus palabras, en realidad, tan sólo estaban cortando el frágil hilo que todavía los unía. Nell ya era libre.

– No hay ninguna necesidad de que le digas eso -intervi-no Nadine, mientras lo ayudaba a ponerse en pie-. A veces, eres un auténtico cabrón, Richard.

Kabler guió a Nell, con delicadeza, hasta la entrada.

– Siento haber tenido que enfrentarla a esto -le dijo, mientras abría la puerta y le cedía el paso-, pero no veía otro modo de demostrarle que Tanek le estaba mintiendo.

– ¿Él estaba al corriente de todo esto?

– Nigel Simpson le facilitó la información.

– ¿Cómo puede usted estar tan seguro?

– Reardon estuvo en Atenas, haciendo preguntas al mé-dico que había certificado la defunción de Richard, en Medas. Y ha seguido investigando, intentando descubrir dónde escondemos a Calder.

– ¿Nicholas sabía que estaba vivo y me lo ocultó?

– Ya le dije, Nell, que cuando se entra en este círculo, to-dos son iguales. -Miró hacia la casa mientras llegaban al co-che-. Ha estado usted realmente impresionante, ¿sabe? ¿Se lo ha enseñado Tanek?

Nell a duras penas oyó la pregunta.

– ¿Por qué no me lo dijo?

– Supongo que los planes que tenía para usted no in-cluían que una minucia como un difunto marido que vuelve a la vida la distrajeran.

Volvía a insistir en que Tanek pensaba utilizarla como señuelo. Por primera vez, Nell se preguntó si no tendría ra-zón. Nicholas era muy listo. ¿Sería posible que la estuviera manipulando, haciéndole creer que, en realidad, era ella la que controlaba la situación? Nell no se consideraba tan es-túpida, pero…