Luego. Estaba demasiado conmocionada e influida por la rabia para pensar con claridad.
– ¿Puedo confiar en que guardará usted silencio? -le pre-guntó Kabler-. Me estoy jugando el puesto trayéndola aquí. No le enviará un anónimo a Gardeaux diciéndole dónde puede encontrar a Calder, ¿verdad?
– ¿Qué es lo que le hace pensar que Gardeaux sabe que Richard está vivo?
– Reardon no es el único que ha estado haciendo pre-guntas por ahí, y Simpson no consiguió la información a través de nosotros.
Nell sintió otra oleada de rabia intensa.
– No le prometo que no vaya a matar a ese bastardo yo misma.
– Me lo temía. -Suspiró Kabler-. Y eso significa que voy a tener que trasladar a Calder a otro…
– ¿Estás lista para irnos?
Nell se volvió, y vio a Nicholas, avanzando hacia ella.
– Quería una prueba definitiva de que Tanek sabía lo de Richard, ¿no? Pues ahí la tiene -murmuró Kabler-. Dema-siado tarde, Tanek. No creo que ella quiera irse de aquí si no es conmigo.
– Lo sabías -susurró Nell. Y fue en aquel preciso instan-te que ella se dio cuenta de cómo había deseado creer que Tanek no le hubiera mentido en esto también-. Lo sabías todo, y no me lo contaste.
– Pensaba contártelo, tarde o temprano.
– ¿Cuándo? ¿El año que viene? ¿O tal vez dentro de cin-co años?
– Cuando fuera seguro. -Se volvió hacia Kabler-. No había más remedio que traerla hasta aquí, ¿verdad? Aunque Richard Calder todavía sea un objetivo, ha tenido que ha-cerlo. Usted sabe que para cualquiera, y aún más para Nell, acercarse a Calder es un peligro.
– Richard está muy bien escondido aquí, en Bakersfíeld. Eres tú el que debería mantenerse alejado de la señora. Aho-ra, ella también lo sabe. No podrás utilizar…
Nell cayó de bruces al suelo, como si un puño gigante hubiera descargado sobre ella, con todas sus fuerzas, un tre-mendo golpe.
Nicholas también había sido derribado, pero ya se había incorporado, veloz como un rayo, y la estaba protegiendo con su cuerpo de los escombros que volaban sobre ellos.
¿De dónde salían?, se preguntó Nell, completamente aturdida. ¿Qué había pasado?
Entonces, por encima del hombro de Nicholas, vio la casa.
Lo que quedaba de ella. Sin ventanas. Sin porche. La fa-chada que daba al sur había volado por los aires, y la casa era ya, solamente, un montón de ruinas en llamas. Llamas enor-mes, devoradoras.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó, incapaz de reaccionar ni de pensar en nada.
– Una bomba. -Kabler estaba de rodillas, tenía cortes en la cara. Sangraba. Cerró los puños con rabia mientras miraba, furioso e impotente, la casa-. Mierda. Lo han encontrado.
Hablaba de Richard. Richard estaba en aquella casa. Y ahora, estaba muerto. Y Nadine también.
Hacía tan sólo un momento que Nell había estado ha-blando con ellos, y ahora ambos habían muerto.
Casi no se dio cuenta de que Nicholas se había puesto en pie y la estaba ayudando a levantarse:
– Vamos. Hemos de salir de aquí.
Kabler también se levantó, despacio, con dificultad, con la mirada fija en aquel montón de ruinas.
– Malditos sean. Malditos sean.
Nicholas agarró a Nell del brazo y empezó a tirar de ella, calle abajo, hacia su coche.
– ¿Adonde demonios crees que vas? -le gritó Kabler.
– Lejos de aquí. ¿O es que tenemos que esperar a que vengan por ella también?
– Quizá no haya sido Gardeaux. Tanek, has aparecido en el momento oportuno. Quizás hayas sido tú mismo.
– Eso sería una buena solución, ¿verdad, Kabler? Así, nadie podría acusar a nadie de haber guiado a Gardeaux hasta el escondite de Richard Calder. -Sus miradas se cruzaron-. Pero no. No he sido yo, eso está claro. Ha sido un error traer a Nell hasta aquí. Probablemente, la vi-gilaban desde el momento en que apareció por casa de Lieber. No han tenido que hacer nada más que seguirla y colocar la bomba junto al suministro del gas mientras ahí dentro se mantenía una interesantísima conversación con Calder.
– No pueden habernos seguido hasta aquí. He dado or-den de discreción total sobre los destinos de todos los vue-los de la DEA.
– Querían a Calder. Si le ofreces a alguien suficiente di-nero, los secretos más confidenciales pueden hacerse públi-cos. ¿Estoy o no en lo cierto, Kabler?
Kabler abrió la boca para protestar, pero enseguida la cerró.
– Sí, estás en lo cierto. -De repente, parecía un hombre vencido, un anciano.
– Y ahora, ¿puedo irme ya, y llevarme a Nell del campo de batalla antes de que también la maten?
Kabler permaneció en silencio durante un largo minuto y después asintió:
– Llévatela. -Se volvió hacia Nell-. Tengo que hacer un control de los daños, pero ya me pondré en contacto con usted más adelante. Si es usted inteligente, no olvidará lo que ha visto hoy, y no dejará que él la utilice. -Echó una úl-tima mirada a la casa, totalmente envuelta en llamas-. O aca-bará como Richard.
– Yo la he mantenido con vida durante cinco meses -sentenció Nicholas, zanjando el tema. Luego, se llevó a Nell casi a rastras hacia el coche.
Empezaba a llegar gente de las otras casas de la vecin-dad, pudo constatar Nell, todavía aturdida. Una sirena au-llaba en la distancia.
Nicholas abrió la puerta del coche.
– Entra.
Ella dudó un instante y se volvió hacia Kabler.
Pero él ya no estaba mirando hacia ellos. Ni hacia la casa. Se encontraba junto a la puerta abierta de su coche, in-clinado sobre el volante y hablando enérgicamente por la radio.
Control de los daños, había dicho.
¿Qué se podía controlar, en aquel infierno? Richard y Nadine estaban muertos.
Entró en el coche, y Nicholas cerró la puerta de golpe.
Capítulo 15
– ¿Estás bien? -le preguntó Nicholas, en tono suave, mien-tras maniobraba el coche por aquella calle residencial. Nell no contestó directamente.
– ¿Tendrá problemas Kabler por esto?
– Quizás. Ha cometido un gran error. Pero tiene mucho poder dentro de la agencia. Y no lo echarán.
– No es culpa suya. No sabía que nos seguían.
– No quiero hablar de Kabler. No me importa en abso-luto. ¿Cómo estás?
– Estoy bien. -Sus manos se agarraban con fuerza a la correa de cuero de su bolso. Tenía que agarrarse a algo, a cualquier cosa. Todo parecía escurrírsele-, ¿Dónde está Jamie? ¿Ha venido contigo?
– Está esperando en el aeropuerto. Que es adonde nos dirigimos.
– No voy a subir a ningún avión contigo.
– Por Dios, ¿crees que voy a secuestrarte?
– No sé lo que piensas hacer.
– Tan sólo quiero sacarte de aquí.
– ¿Y por qué tengo que creerte? ¿Cómo puedo saber que lo que dices es cierto?
Tanek masculló algo y de repente aminoró la velocidad, frenó delante de una farola y apagó el motor.
– De acuerdo. Vamos a hablar.
– No quiero hablar. -Mierda, se sentía como si la estu-vieran rompiendo en trocitos.
– Mírame.
Nell miraba al frente.
Tanek le cogió la barbilla suavemente y la obligó a volver la cabeza hacia él.
– Escúchame con atención: no voy a forzarte a hacer nada que no quieras hacer.
– No podrías.
– Es cierto, me metería en problemas. Te he enseñado demasiado bien. -Resiguió el contorno de la barbilla de Nell con el dedo-. Pero no puedo enseñarte a sobrellevar esto. Solamente tienes que respirar profundamente y esperar has-ta que la conmoción pase.
– ¿Por qué debería estar conmocionada? ¿Porque he vis-to a dos personas volar por los aires? Debería haber pren-dido la mecha yo misma. Fue Richard quien empezó to-do esto.