– Demasiado rencor.
– Cierra la boca. -Nell estaba empezando a temblar-. Pon el motor en marcha. Ya te he dicho que no quiero hablar.
Nicholas intentó rodearla con los brazos.
Nell se puso tensa.
– No me toques. Déjame.
– Cuando pares de temblar. -Nell retrocedió hacia el ex-tremo de su asiento-. De acuerdo. Soy un embustero y no confías en mí. Entonces, utilízame. Úsame. Todo irá bien.
– Quítame las manos de encima.
Tanek se retiró:
– De acuerdo. Habla. Algunas veces ayuda.
– No quiero hablar.
– Cuéntame cosas sobre Richard. -Nell negó con la ca-beza-. Nunca hubiera imaginado que la muerte de ese bas-tardo te afectaría tanto.
– Lo odiaba -repuso Nell, resentida-. Jill no habría muerto si él no hubiera tenido negocios con Gardeaux. Si Kabler no me hubiera detenido, lo habría matado con mis propias manos. Quería que muriera.
– ¿Y también querías que muriera aquella mujer?
– ¿Nadine? No. No lo sé. No creo que pretendiera hacer daño a… No lo sé.
– Pero te han arrebatado la oportunidad, por decirlo de algún modo.
– Sí.
– Y eso te asusta, porque hace que te sientas impotente. Te volverá a suceder. No puedes controlarlo siempre todo. Algunas veces, sólo puedes reaccionar.
– Pon el coche en marcha.
– ¿Adonde vamos?
– Me vas a llevar al aeropuerto.
– ¿Dejarás que vuelva a llevarte al rancho?
– Debes de estar bromeando.
– No es mi intención. ¿Qué vas a hacer?
– Mis planes no han cambiado.
– Pero yo ya no formo parte de ellos, ¿verdad?
– No puedo confiar en ti.
– Pero me necesitas. Eso no ha cambiado. Estás dejando que tus emociones interfieran en tus decisiones. -La miró-. De acuerdo, te mentí. Principalmente, por omisión, pero eso es sólo una mala excusa. Mentí. ¿Crees a Kabler cuando dice que estoy intentando utilizarte como cebo?
– Creo que eres capaz de cualquier cosa.
– No me has contestado.
– No -dijo Nell secamente.
– ¿He hecho algo que te pusiera en peligro?
– No.
– Entonces, ¿qué he hecho de atroz?
– Me robaste el derecho a decidir. Me mantuviste al mar-gen -dijo con fiereza-. Es mi vida. Tenía derecho a saber lo de Richard. Tenía derecho a estar con Tania cuando estaba en peligro.
– Sí, te robé todos esos derechos, y volvería a hacerlo.
– ¿Y esperas que yo siga adelante como si nada hubiera pasado?
– No, espero que comprendas que te mentiré y te enga-ñaré siempre, si eso ayuda a mantenerte a salvo. Y espero que aprendas a adaptarte a ello. Aunque espero también que te servirás de mí de la manera en que planeaste hacerlo al principio. ¿Por qué no? Piensa con calma y lógica. ¿No ten-go razón?
Quería gritarle e increparle. No se sentía con ganas de ser lógica. Se sentía sola y traicionada, y quería que Tanek sufriera por ello.
– Estás en mi terreno. Yo conozco el camino. ¿No has aprendido nada con la muerte de Richard?
Se estremeció al recordar su última mirada hacia aquel infierno en llamas. Aquella explosión había salido de ningu-na parte. Nunca hubiera soñado que… Pero Nicholas ense-guida supo lo que había pasado. De acuerdo, tenía que dejar a un lado el dolor y la rabia. Le necesitaba. Todo lo demás podía haber cambiado, pero eso no.
– No volveré al rancho.
– Dalo por hecho.
– Y no quiero esperar hasta final de año. Me voy a París.
– Vale -concedió. Nell lo miró fijamente, desconfiada ante tanta conformidad-. Haré las reservas tan pronto lle-guemos al aeropuerto. ¿Te importa que Jamie venga con nosotros? Puede sernos muy útil.
– No, no me importa -respondió ella lentamente.
– Bien. Entonces, ponte cómoda y déjalo todo en mis manos.
– Ésa es la última cosa que haría. No cometeré la misma equivocación otra vez. -Sus miradas se encontraron-. Hay muchos errores que no quiero repetir. No pienses ni por un momento que todo va a ser igual, Nicholas.
– No hace falta que lo digas. -Puso el coche en marcha-. Como tú, aprenderé a adaptarme.
– ¿Dónde vamos a vivir? -preguntó Nell en cuanto subió al Volkswagen azul oscuro que Jamie acababa de alquilar en el aeropuerto Charles de Gaulle.
– Hace tiempo que tengo un apartamento alquilado en las afueras de la ciudad. Pasaremos la noche allí. Es muy tranquilo, pero no esperes nada lujoso: es más bien discreto.
– ¿Qué quieres decir con «discreto»? -bromeó Jamie-. En París desconocen lo que significa la palabra discreción. -Se sentó en el asiento trasero-. No puedes contar con que Gardeaux no sepa de la existencia de ese apartamento.
– No doy nada por hecho. -Nicholas dirigió el coche ha-cia la salida del aparcamiento-. Por eso quiero que mañana busques y encuentres algo en el campo. No quiero arriesgarme a que alguno de los hombres de Gardeaux vea a Nell. Saben que está viva, pero no tienen ni idea del aspecto que tiene. Y eso puede jugar en nuestro favor… -Nell lo miró, inquisitiva- si realmente decido enviarte a la jaula de los ti-gres -añadió-: Puede que haga lo que Kabler dijo que haría, y te utilice como señuelo.
Nell meneó la cabeza.
– No, no lo harías.
– ¿Por qué molestarme, si estás tan ansiosa por hacerlo tú misma? ¿No? -Se encogió de hombros-. Pero, a pesar de la preocupación de Kabler, tu valor como cebo se ha reducido. Ya no deberías ser un objetivo principal.
– ¿Por qué no?
– La primera vez, te habías convertido en objetivo como castigo para Richard. Maritz te persiguió una segunda vez para intentar sacarte información sobre el paradero de Calder.
– Está perfectamente claro que yo no sabía nada de nada, ¿verdad? -dijo Nell, agriamente.
– Pero ellos no lo sabían. Era lógico que la viuda supiera dónde estaba su marido.
– Entonces, ¿crees que está a salvo? -preguntó Jamie.
– Puede ser. Ya no debería figurar en la lista de Gar-deaux. -Le dirigió una rápida mirada a Nell-. Pero puede que aún estés en la de Maritz. Tiende a ser bastante obsesivo.
Es el espantapájaros.
– Lo sé -Nell alejó el escalofrío que aquel pensamiento le produjo-. Pero también esto puede ir a nuestro favor.
– Por otro lado, quizá te vea tan sólo como un trabajo más y te deje tranquila.
– Podría empezar a buscar otro sitio hoy mismo -dijo Jamie-. Cuando lleguemos al apartamento, os dejaré allí, y daré una vuelta con el coche, a ver qué encuentro.
Nicholas abrió la puerta del apartamento y se hizo a un lado para que Nell entrara.
– Muy bonito. -Nell echó una ojeada a la sala de estar. Confortable, elegante, espaciosa. Tenía que haber imaginado este último adjetivo. A Nicholas siempre le gustaba tener mucho espacio-. ¿Cuál es mi habitación?
Nicholas señaló una puerta a la izquierda.
– Hay un albornoz en el armario. Mañana compraremos cualquier otra cosa que necesites.
– De acuerdo. -Y se dirigió hacia la puerta que le había indicado.
– Ven a la cocina cuando hayas acabado de refrescarte. El casero siempre mantiene la nevera surtida con lo básico. Haré una tortilla. No has comido nada en el avión.
– No tengo… -Se detuvo. Tenía hambre, y era una solem-ne tontería quedarse con las ganas de comer tan sólo para evitar a Nicholas-. Gracias.
– Sí, tienes que estar fuerte -murmuró-. Después de todo, el partido ha dado comienzo.
Nell ignoró el toque de ironía y llevó su bolsa al dormi-torio. Dios sabe que no le quedaba demasiada energía en aquellos instantes. El esfuerzo por mantener el control le es-taba pasando factura.
Entró en el baño y se lavó la cara. Se sentía absolutamente horrible, pero su aspecto no lo era tanto. La cara que le miraba desde el espejo estaba pálida y un poco ojerosa, pero despren-día la misma belleza que Joel le había dado hacía unos meses.