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Joel. Sintió una aguda punzada de remordimiento al recordar lo desagradable que se había mostrado con ella la última vez que se habían visto, en el hospital donde Tania estaba ingresada. No podía culparlo por ello. Estaba preo-cupado por Tania, y Nell casi había conseguido que la ma-taran. Pero, si Nicholas estaba en lo cierto y ahora Nell ya no era un objetivo, entonces Tania también debía de estar a salvo. Lo único que podía hacer era esperar.

Se secó la cara y fue a la cocina.

– Sirve el café y siéntate a la barra. -Nicholas estaba sa-cando unos platos del armario-. La comida estará lista en un minuto.

Nell sirvió café de la máquina que había encima del mostrador y llevó dos tazas a la barra de la cocina.

El puso las tortillas en la barra y se sentó en un tabure-te, frente a ella.

– Bon appétit.

Nell cogió el tenedor. La tortilla estaba rellena de cham-piñones y queso, y era sorprendentemente sabrosa.

– Está deliciosa. ¿Aprendiste a cocinar en Hong Kong, en aquella cocina?

– Aprendí lo que pude. Las tortillas son fáciles de hacer. -Empezó a comer la suya-. ¿Qué piensas hacer?

– Cazar a Maritz.

– Debes tener un plan, maldita sea.

– Lo sé. Pensaré en uno. Aún no he tenido tiempo.

– ¿Quieres escuchar el mío?

– No, si significa esperar más.

Las manos de Tanek se tensaron alrededor de su tenedor.

– Será sólo poco más de un mes, joder.

Nell no dijo nada.

– Mira, Gardeaux es un hombre muy cauto, pero siente verdadera pasión por las espadas. ¿Qué crees que haría si tu-viera la oportunidad de conseguir la espada de Carlomagno?

– ¿Carlomagno? -Recordó vagamente haber visto aque-lla espada en la vitrina de un museo-. ¿Vas a robarla?

Nicholas negó con la cabeza.

– Pero voy a decirle a Gardeaux que lo hice y que he reemplazado la buena por una falsificación.

– No te creerá.

– ¿Por qué no? -sonrió-. Sabe que ya lo he hecho ante-riormente.

Nell lo miró fijamente.

– ¿Lo dices en serio?

– Bueno, una espada no. -Bebió un sorbo de café-. Pero para el caso es lo mismo. Desde abril, tengo a un espadero de Toledo trabajando en tallar y reproducir la espada de Carlomagno. Le enviaré a Gardeaux unas fotografías y le ofreceré la posibilidad de que uno de sus expertos la examine antes. Sin pruebas químicas, no le será posible notar la di-ferencia. Si le pido a Gardeaux una cita a solas para enseñar-le la espada, dudo que pueda resistirse.

– ¿No sabrá que intentas matarle?

– Sí.

– Entonces, sería un loco si te recibiera.

– No si lo hace en su territorio, en su mansión repleta de invitados y rodeado de su gente.

– Pero entonces serías tú la víctima.

– No si Gardeaux puede evitarlo. Sus socios podrían dis-gustarse mucho.

Estaba hablando sobre Sandéquez, comprendió Nell. Su póliza de seguro.

– Aun así, es peligroso.

– Pero puede que resulte… si estás de acuerdo en esperar.

– Y qué pasa con Maritz?

Nicholas vaciló.

– Existe la posibilidad de que no esté en Bellevigne. Gar-deaux puede que piense, después del ataque a Tania, que se-guir protegiéndolo es demasiado arriesgado.

La mirada de Nell se clavó en la cara de Nicholas.

– Entonces, ¿adonde le puede haber enviado?

– Jamie contactará con alguna gente e intentará descu-brirlo.

– Tú sabías perfectamente que yo suponía que Maritz iba a estar allí.

– Y quizá lo esté. Simplemente, no lo sé. -Terminó su café-. Y fuiste tú quién me dijo que debíamos alejarnos de París.

– No quiero a Gardeaux si no tengo a Maritz.

– En ese caso, intentaremos localizarle para ti.

– No quiero retrasarlo más, Nicholas. Lo quiero ahora mismo.

– Yo no intentaría algo tan tosco como ponerte trabas. -Se inclinó hacia ella-. ¿Debo entender que rehúsas esperar más tiempo?

– No me has dado ninguna razón.

– Te he dado una, e importante: es más seguro.

– Acabas de decirme que Gardeaux haría lo que fuera para evitar que te maten.

– Salvo, claro está, dejar que le maten a él. Y la protec-ción de Sandéquez no llega hasta ti.

Nell apartó su taburete y se puso en pie.

– He esperado demasiado ya. Encuéntrame a Maritz o lo encontraré yo misma.

Salió de la cocina y fue directamente hacia su dormito-rio. No quería discutir más con él. Sus argumentaciones po-dían ser muy buenas, pero aquel asunto tenía que terminar de una vez. Todo estaba cambiando, rompiéndose en astillas a su alrededor. Lo negro era blanco. Lo blanco era negro. Nada era igual. Y duraba demasiado.

Necesitaba acabarlo.

Se dio una larga ducha caliente y después puso una con-ferencia a Tania, al hospital. Supo que le habían dado el alta aquella misma mañana. Así que llamó a su casa.

– ¿Cómo te encuentras? -preguntó tan pronto como se puso al teléfono-. ¿Cómo está tu tobillo?

– Molesta un poco. Sólo puedo caminar con la muleta. ¿Dónde estás?

– En París.

Hubo un silencio al otro lado de la línea antes que Tania preguntara:

– ¿Maritz?

– Sí, si podemos localizarlo. Nicholas dice que quizá no esté en Bellevigne, ya que el atentar contra ti podría haberlo convertido en persona non grata para Gardeaux. Tengo que encontrar la manera de que venga a mí. -Hizo una mueca-. Una tarea ardua. Nicholas dice que puede que yo haya sido simplemente un trabajo más para él, y que mi estatus de ob-jetivo ya no sea tal.

– Gracias a Dios. -Hubo una pausa, hasta que Tania pre-guntó, curiosa-: ¿Por qué razón?

Las manos de Nell se tensaron alrededor del auricular mientras le venía a la mente la imagen de una casa victoriana ardiendo.

– Te lo contaré en otro momento. Mañana nos traslada-mos, pero te llamaré en cuanto nos hayamos instalado, para ver cómo te encuentras.

– Mañana no. -La voz de Tania se ensombreció de re-pente-. Asistiremos al funeral de Phil. Lo incinerarán en la ciudad natal de sus padres, en Indiana, y no volveremos has-ta la noche, tarde.

– ¿Estás bien para ir? Phil lo entendería.

– Él me salvó. Dio su vida por mí. Por supuesto que iré.

Había sido una pregunta estúpida, pensó Nell. Tania hubiera ido arrastrándose si hubiera sido necesario.

– Cuídate. Dale recuerdos a Joel.

– Nell-dijo Tania, vacilante-, no le reproches su enfado. Lo superará. Se enfada con todo el mundo porque se culpa de lo que pasó.

– Yo no le reprocho nada. Tiene razón: la víctima debería haber sido yo, y no tú -y añadió-: Nos fuimos tan rápido que no tuve ocasión de enviar flores para Phil. ¿Lo harás por mí?

– En cuanto cuelgues.

– Lo haré ahora mismo. Que descanses. Adiós, Tania.

* * *

Tania dejó el teléfono en su lugar y se volvió hacia Joel.

– Nell está en París.

– Bien. ¿Puedo enviarle un billete a Tombuctú?

– No estás siendo justo. Ella no es la culpable.

– No tengo ganas de ser justo. Estoy muy, pero que muy furioso.

– Contigo mismo, por no dejar conectado el sistema de alarma. Yo no te culpo.

– Deberías hacerlo -contestó bruscamente-. Cometí una imprudencia.

– Desconocías que hubiera algún peligro. Ni yo misma lo sabía. Tan sólo era un presentimiento.

– Que no compartiste conmigo.

– Tú eres un hombre muy ocupado. ¿Iba a hacerte per-der el tiempo por lo que podría haber sido una tontería?

– Sí.

Tania negó con la cabeza.

– Maldita sea, casi te matan.

– Y has estado revoloteando sobre mí desde entonces. Has cancelado todas tus visitas, y ahora ni tan sólo puedo ir al baño sin que me acompañes. -Tania sonrió amargamen-te-. Es muy embarazoso.