– Pues no debería serlo. Soy médico. -Se puso de pie y cruzó la habitación-. Y, como tu médico, te ordeno que de-jes descansar tu tobillo por hoy y te metas en la cama. -La tomó en brazos y fue hacia las escaleras-. Y no me discutas.
– No discutiré. Estoy cansada. -Recostó la cabeza en el hombro de Joel y empezaron a subir las escaleras-. Es cu-rioso cómo una opresión en el corazón hace que el cuerpo se canse. Aquel pobre chico era…
– No pienses en ello.
– No he pensado en nada más que desde que sucedió. Tanta maldad…
Joel la dejó con cuidado sobre la cama y la cubrió con una colcha de ganchillo.
– Nunca volverá a tocarte -dijo con fiereza.
El fantasma de una sonrisa rozó los labios de Tania.
– ¿Vas a mantenerlo a raya cancelando todas tus citas y llevándome al baño?
Joel se sentó en la cama, a su lado, y le cogió una mano.
– Ya sé que yo no soy Tanek. -Sus palabras brotaban ti-tubeantes-. Soy Paul Henreid, no Humphrey Bogart, pero juro que no permitiré que te vuelvan a hacer daño.
– No sé de lo que estás hablando. ¿Quién es Paul Henreid?
– Casablanca. La película. No importa. -Le retiró el ca-bello hacia atrás para despejarle la cara-. Lo que sí importa es que ahora sabes que me aseguraré de que estés a salvo el resto de tu vida.
Tania se quedó muy quieta y dijo en voz baja:
– Creo que estás diciendo algo trascendental, pero de manera bastante torpe. ¿Debo entender que ya no pretendes alejarme noblemente de tu vida?
– Debería hacerlo. Probablemente, me estoy compor-tando como un auténtico bastardo al no…
– Cállate… -Sus dedos le taparon la boca-. No lo eches a perder. Dime las palabras que quiero escuchar.
– Te quiero -dijo Joel, simplemente.
– Oh, lo sabía. Ahora el resto.
– Quiero que vivas conmigo. No quiero que me dejes. Nunca.
– Bien. ¿Y?
– ¿Te casarás conmigo?
Una gozosa sonrisa iluminó el rostro de Tania.
– Estaré encantada. -Lo atrajo entre sus brazos-. Y tú también. Te lo prometo, Joel. Te voy a hacer tan feliz…
– Ya lo haces. -La abrazó con más fuerza y musitó-: No entiendo por qué me quieres, pero aquí estoy.
Tania lo besó exultante de alegría.
– Debes seguir con esta humildad. Creo que todo irá bien. -Desapareció su sonrisa-. Pero escoges un momento nada oportuno para hacer estas declaraciones. He intentado de mil maneras conseguir que me llevaras a la cama, y ahora no es…
– Ya sé que no te encuentras bien. Yo no querría…
– No es por mi tobillo, es por… la circunstancia. Llora-mos la muerte de un amigo.
Joel asintió con la cabeza y la besó suavemente en la mejilla.
– Te dejo descansar. Voy a preparar la cena.
Tania sacudió la cabeza.
– No harás tal cosa. Es un momento especial para no-sotros. Te quedarás aquí conmigo, y nos cogeremos las ma-nos, y nos contaremos el uno al otro nuestros pensamien-tos. -Se hizo a un lado en la cama y tiró de él para que se echara junto a ella. Se abrazó muy estrechamente a Joel-. ¿Lo ves? ¿A que se está bien?
A Joel le temblaba la voz.
– Sí, se está bien.
– Y cuando se nos acaben las palabras, podemos encen-der el televisor.
– ¿El televisor? -repitió, sorprendido-. ¿Quieres ver la televisión?
– Y el vídeo. -Le besó en el cuello-. Y me pondrás la cin-ta de Casablanca. Tengo que conocer a ese Paul Henreid.
– Quiero que te vayas, Maritz -dijo Gardeaux-. No has he-cho nada más que disparates desde lo de Medas. -Se acerco al aparador y se sirvió una copa de vino-. Y ahora aumentas tu error viniendo aquí cuando yo te lo he prohibido expresamente.
Maritz se sonrojó.
– Tenía que verle. No ha contestado mis llamadas telefónicas.
– Eso debería haberte dado una pista.
– Necesito protección. La policía me persigue. Tania Vlados me vio. Sabe quién soy.
– Porque eres torpe. Yo no trabajo con torpes.
– Aún puedo serle útil. Si no me hubiera ordenado salir del país, me hubiera encargado de Richard Calder por us-ted. No tenía por qué llamar a alguien de fuera para ocupar-se de él.
– Sí, lo hice. Tenía que asegurarme. Ya no confío en ti, Maritz.
– Todo lo que tengo que hacer es regresar y acabar con Tania Vlados. Entonces, no habrá ningún testigo.
– No te acercarás a ella. No puedo arriesgarme a que te detengan. Sabes demasiado. Te quedarás en Francia. Ahora, piérdete.
– ¿Y, más adelante, me llamará? ¿Cuando sea seguro?
– Dentro de un tiempo. Estaremos en contacto.
Estaba mintiendo, pensó Maritz. ¿Acaso el muy bastar-do pensaba que era un estúpido? Permanecería oculto y en-tonces, un día, alguien aparecería para asegurarse de que nunca más sería arrestado ni podría convertirse en una ame-naza para Gardeaux.
– Necesitaré dinero. -Gardeaux solamente lo miró-. No se lo estoy pidiendo. Usted me lo debe.
– Yo pago por éxitos, no por fracasos.
– He trabajado para usted durante seis años. Ha sido mala suerte que esta vez no haya tenido éxito.
– Y no tengo ningún otro trabajo para ti.
– La mujer de Calder.
– Ya no es importante.
Ansiosamente, buscó otro blanco.
– Tanek. Rivil me dijo que el nombre de Tanek figura en la lista de pasajeros de un vuelo que ha llegado hoy a París. Iré por Tanek.
– Te dije que él es intocable.
– Usted lo odia. No tiene sentido. Permítame ir tras él.
– Tiene perfecto sentido… ahora. Está protegido. -Sonrió-. Pero su protección puede desaparecer mientras ha-blamos.
– Puedo esperar. Pero deje que yo me haga responsable de este trabajo.
– Lo consideraré. -Gardeaux fue hasta la puerta y la abrió-: Dale tu dirección a Braceau y espera a que yo te llame.
O a que aparezca un visitante con vocación de verdugo, pensó Maritz, resentido.
– Lo haré.
Salió y cerró la puerta con decisión.
Gardeaux no quería saber nada de él, así que era hombre muerto. No podía ser más claro. Pero no se sentaría a espe-rar que lo mataran. Aún podía solucionarlo y conseguir de nuevo la bendición de Gardeaux.
Se escondería, pero no haría ninguna llamada a Braceau.
Estaría demasiado ocupado tratando de salvar el pellejo.
– Una llamada en la línea privada, monsieur Gardeaux. -Henri Braceau sonreía mientras le ofrecía el teléfono-. Medellín.
Gardeaux agarró el auricular.
– ¿Ya está?
– Hace diez minutos.
– ¿Algún problema?
– Suave como la seda.
Gardeaux colgó.
Braceau lo miraba inquisitivamente.
– Llama a Rivil. Dile que se ocupe del asunto que discu-tí con él. De inmediato.
– Ha sido un funeral muy bonito. -Joel abrió la puerta y encendió las luces del recibidor-. Me han gustado los padres de Phil.
– Ningún funeral es bonito. -Tania cojeaba y entró lo más rápido que pudo en la casa, evitando mirar el césped cu-bierto de nieve. La barricada amarilla ya no estaba allí, pero sí el recuerdo de la sangre sobre la nieve-. Todos los funera-les son horribles.
– Ya sabes lo que quiero decir -dijo Joel.
– Lo siento. No he querido ser brusca contigo. -Cojeó hasta la ventana-. Hoy ha sido un día difícil.
– También para mí. Siéntate y descansa. Haré un poco de café. Los dos lo necesitamos.
Tania no se sentó. Se quedó de pie, mirando fijamente hacia la nieve, hacia el lugar en donde tuvo que arrastrarse para intentar escapar del cuchillo de Maritz, el lugar en el que Phil murió…