Hizo un hato con las sábanas sucias y las echó al corredor, guardó varias prendas de vestir y zapatos, retocó el almohadón. Entonces, sonó el teléfono. Lo cogió y se sentó en el borde de la cama recién hecha.
– Balnaid.
– Virginia. -Era Edmund. A las nueve y cuarto de la mañana.
– ¿Estás en el despacho?
– Sí. He llegado hace diez minutos. Virginia, oye. Tengo que ir a Nueva York.
No se alteró. Edmund iba a Nueva York con frecuencia…
– ¿Cuándo?
– Ahora. Hoy mismo. Tomo el primer avión para Londres. Saldré de Heathrow esta tarde.
– Pero…
– Estaré en Balnaid el viernes, a tiempo para el baile. Probablemente, a eso de las seis de la tarde. Antes, si me es posible.
– Entonces… -Le resultó difícil asimilar lo que le decía-. ¿Vas a estar fuera toda la semana?
– Exactamente.
– Pero…, la maleta…, la ropa… -Objeción ridícula, ya que sabía que en el piso de Moray Place había de todo, trajes, camisas y ropa interior para cualquier capital y cualquier clima.
– La ropa me la llevaré de aquí.
– Pero… -Al fin, comprendió la trascendencia de lo que él le decía. Él no puede hacerme esto. La ventana de la habitación estaba abierta y el aire que entraba no era frío. Pero Virginia inclinada sobre el teléfono, estaba tiritando. Vio cómo los nudillos de la mano que sostenía el aparato se ponían blancos-. Mañana es martes. Tienes que acompañar a Henry a Templehall.
– No podré.
– Lo prometiste.
– Tengo que ir a Nueva York.
– Que vaya otro.
– No hay nadie más. Hay pánico y tengo que ir yo.
– Pero tú lo prometiste. Dijiste que acompañarías tú a Henry. Fue mi única condición y tú la aceptaste.
– Ya lo sé y lo siento mucho. Pero yo no tengo la culpa de lo que ha sucedido.
– Manda a otro a Nueva York. Tú eres el jefe. Manda a uno de tus ayudantes.
– Es por ser quien soy por lo que tengo que ir.
– ¡Por ser quien eres! -Su voz resonó en sus oídos chillona de irritación-. Edmund Aird. No piensas mas que en ti mismo y en tu odioso trabajo. “Sanford Cubben”. Detesto “Sanford Cubben”. Ya sé que estoy muy abajo en tu lista de prioridades, pero pensé que Henry estaría un poco mas arriba. No me lo prometiste sólo a mí, se lo prometiste a Henry. ¿Eso no significa nada para ti?
– Yo no prometí nada. Sólo dije que lo acompañaría y ahora resulta que no puedo.
– Eso para mí es un compromiso. Si en tus negocios hubieras adquirido un compromiso semejante, te desvivirías por cumplirlo.
– Virginia, sé razonable.
– ¡No quiero ser razonable! No quiero quedarme aquí sentada aguantando que me digas que sea razonable. Y no llevaré a mi hijo a un internado al que no quiero que vaya. Es como si me pidieras que llevara a uno de los perros al veterinario para que lo matara. ¡No lo haré!
Hablaba como una verdulera y no le importaba. Pero la voz de Edmund seguía sonando odiosamente fría y serena, como siempre.
– Entonces, sugiero que llames a Isobel Balmerino y le pidas que lleve a Henry al mismo tiempo que acompaña a Hamish. Tendrá espacio de sobra para Henry.
– Si has pensado que voy a endosar a Henry…
– Pues tendrás que acompañarlo tú.
– Eres un canalla, Edmund. Eso ya lo sabes, ¿verdad? Te comportas como un cerdo egoísta.
– ¿Dónde esta Henry? Me gustaría hablar con él antes de irme.
– No está en casa -respondió Virginia, con malsana satisfacción-. Ha ido a comprar golosinas a la tienda de Mrs. Ishak.
– Cuando vuelva dile que me llame al despacho.
– Llámale tú. -Y con esta cortante frase de despedida, colgó el teléfono y puso fin a la desastrosa conversación.
Sus gritos habían llegado hasta la cocina.
– ¿Qué sucede? -preguntó Edie desde el fregadero volviendo la cabeza cuando Virginia, con expresión tempestuosa y una brazada de ropa, entró en tromba en la cocina, cruzó hacia la puerta del lavadero y lanzó el fardo contra la lavadora-. ¿Pasa algo malo?
– Muchas cosas. -Virginia sacó una silla y se sentó con los brazos cruzados y la cara alterada-. Era Edmund, que se marcha a Nueva York. Hoy. Ya. Y estará fuera una semana, cuando me había prometido…, me prometió, Edie…, que mañana acompañaría él a Henry al colegio. Le advertí que eso era lo único que no podía hacer. Desde el principio he odiado la idea de enviarlo a Templehall, y si al fin he accedido es porque Edmund me prometió que lo acompañaría él.
Edie reconoció las señales de la cólera y repuso, en tono conciliador:
– Bueno, imagino que si se es un importante hombre de negocios tienen que suceder estas cosas.
– Sólo a Edmund. Otros hombres pueden arreglárselas sin ser tan condenadamente egoístas.
– ¿Usted no quiere llevar a Henry?
– No quiero, es lo último que haría en el mundo. Es inhumano que Edmund me pida eso.
Edie escurriendo la bayeta, consideró el problema.
– ¿Y no podría pedir a Lady Balmerino que lo llevara al mismo tiempo que a Hamish?
Virginia no dejó adivinar que Edmund había hecho esta sensata sugerencia ni lo que había tenido que oír por hacerla.
– No lo sé. -Reflexionó-. Sí que podría pedírselo -reconoció, sobriamente.
– Isobel es muy comprensiva. Y ya ha pasado por ese trance.
– No; ella, no. -Edie comprendió que, dijera lo que dijera, no le parecería bien a Virginia-. Hamish nunca ha sido como Henry. A Hamish podrías enviarlo a la Luna y su única preocupación sería cuando iban a darle de comer.
– Es verdad. Pero, en su lugar, yo hablaría con Isobel. De nada sirve preocuparse cuando no se puede hacer nada. Lo que…
– Sí, Edie, ya lo sé, lo que no puedas curar tienes que aguantar.
– Es una gran verdad -dijo Edie, plácidamente, y llenó el cacharro de agua-. Para un disgusto, nada como una buena taza de té.
Estaban tomando el té cuando volvió Henry, con la cartera repleta de golosinas.
– ¡Mami, mira lo que he comprado! -Vació la cartera sobre la mesa de la cocina-. Mira, Edie. Barritas, cigarrillos de chocolate, bolitas, caramelos, galletas de coco, galletas digestivas al chocolate, tofes y caramelos blandos; y Mrs. Ishak me ha dado este chupa-chup. Es un regalo, o sea que puedo comérmelo ya, ¿verdad?
Edie examinó las compras.
– No te los comas todos a la vez o se te caerán los dientes.
– No. -Empezó a quitar el papel del caramelo-. Tienen que durar mucho tiempo.
El furor de Virginia ya se había calmado. Rodeó a Henry con el brazo, y con forzada jovialidad, dijo:
– Ha llamado papá.
Él empezó a lamer.
– ¿Por qué?
– Se marcha a América. Hoy. Esta tarde toma el avión en Londres. O sea que mañana no podrá acompañarte a la escuela. Pero he pensado que yo…
Henry dejó de lamer. La expresión de placer se borró de su cara y miró a su madre con unos ojos enormes y temerosos.
Ella vaciló y luego prosiguió:
– … he pensado que podría llamar a Isobel y pedirle que te lleve con Hamish…
No pudo seguir. La reacción de Henry fue aún peor de lo que ella temía. Un grito de angustia y un torrente instantáneo de lágrimas…
– Yo no quiero que me acompañe Isobel…
– Henry…
Se desasió y tiró el caramelo al suelo.
– No voy a ir con Isobel y Hamish. Yo quiero que me lleve mi madre o mi padre. ¿Qué pensarías si tú fueras yo y…
– Henry…
– …tuvieras que ir con una persona que no es ni tu madre ni tu padre? No puedes hacerme eso…
– Te acompañaré yo.
– Y Hamish estará antipático y no me dirá nada porque él va con los mayores. ¡No está bien!