Выбрать главу

– Apenas había terminado la escuela, Pandora, pero sabía muy bien lo que se traía entre manos, desde luego. Con los hombres. Se los desayunaba y luego los dejaba triturados. Una putita de cuidado.

Sonreía, su tono era ligero y desenfadado, casi afable, de manera que la palabra pilló desprevenida a Virginia y le hizo decir, ásperamente:

– Lottie, no debe usted decir esas cosas de Pandora.

– ¿Ah, no? -Lottie seguía sonriendo-. No es agradable oír la verdad, ¿eh? Que alegría que haya vuelto Pandora dicen todos. Pero yo de usted no estaría tan contenta. Ni con su marido ni con ella. Porque Edmund y Pandora eran amantes. Por eso ella ha vuelto, puede estar segura. Ha vuelto por él. Ella tenía dieciocho años y Edmund estaba casado y tenía una niñita, pero eso no les detuvo. Eso no le impidió a él meterse en la cama de ella. La noche de la boda fue, con todos bailando. Pero ellos no bailaban. Que va. Subieron la escalera creyendo que nadie se daba cuenta. Pero yo me la di. Lo que a mí se me escape… -En las mejillas hundidas de Lottie habían aparecido unas manchas rojas y sus ojos eran como dos clavos remachados en su cabeza-. Yo subí tras ellos. Me quedé en la puerta. Estaba oscuro. Escuché. Nunca había oído nada igual. Usted no lo sospechaba, ¿verdad? Ese Edmund es muy frío. Nunca deja adivinar lo que piensa. Nunca dice palabra. Como los demás. Todos lo sabían. Bien claro estaba, ¿no? Edmund volvió a Londres y Pandora se pasaba los días encerrada en su habitación, con la cara hinchada de tanto llorar y sin querer comer. ¡Y cómo hablaba a su madre! Pero, claro, todos se protegen unos a otros. Por eso Lady Balmerino me echó. No me quería en la casa. Sabía demasiado.

No dejaba de sonreír. Estaba roja de excitación. Loca. Tengo que conservar la serenidad, mantenerme muy tranquila, pensó Virginia.

– Lottie, me parece que eso se lo inventa.

La expresión de Lottie cambió con una brusquedad asombrosa.

– ¿Me lo invento? -La sonrisa se borró de su cara. Retrocedió un paso y se quedó mirando a Virginia como si estuvieran a punto de iniciar un combate cuerpo a cuerpo-. ¿Y por qué cree usted que su marido se larga a América de la noche a la mañana? Pregúntele, pregúntele cuando vuelva, pero dudo mucho que le guste su respuesta. Me da usted lástima, ¿me oye? Porque la engañará como engañó a la primera, la pobre. No tiene ni asomo de decencia.

Y, entonces, de repente, se acabó. Escupido el veneno, Lottie pareció retraerse. El color se borró de su cara. Frunció los labios, sacudió una partícula de liquen del delantero del jersey y se metió un mechón de pelo en la boina, que luego se arregló con una palmada. Su expresión se hizo complaciente, como si ahora todo estuviera en su sitio y no tuviera que hacer nada mas que atusarse.

– Eso es mentira -dijo Virginia.

Lottie sacudió la cabeza y soltó una risita.

– Pregunte, pregúnteles.

– Eso es mentira.

– Usted dirá lo que quiera. Aunque palos y piedras quebranten mis huesos, la verdad…

– Yo no digo nada.

Lottie se encogió de hombros.

– Entonces, ¿por qué tantas historias?

– Yo no digo nada, y eso es mentira.

El corazón le latía con fuerza y le temblaban las rodillas. Pero dio la espalda a Lottie y echó a andar; con firmeza y sin prisa, sabiendo que Lottie la observaba, decidida a no darle la menor satisfacción. Lo peor era no mirar atrás. El cuero cabelludo se le contraía de horror, de pánico al pensar que, en cualquier momento, sentiría en los hombros el peso de Lottie que le haría caer con la fuerza inhumana de un monstruo de pesadilla infantil armado de largas garras.

No fue así. Virginia llegó a la otra orilla del río y se sintió un poco más segura. Entonces se acordó de los perros y fue a silbar, pero tenía los labios secos e insensibles y tuvo que probar otra vez. Le salió un silbido muy débil, una llamada patética, pero los perros de Edmund estaban cansados del infructuoso rastreo y aparecieron casi inmediatamente, saltando hacia ella entre los helechos, arrastrando ramas de agrimonia y con algunas zarzas enredadas en el pelo.

Virginia nunca se había alegrado tanto de verlos ni se había sentido tan agradecida por su instantánea obediencia.

– Muy bien. -Se agachó a acariciarlos-. Bien hecho. Ya es hora de ir a casa.

Los animales echaron a correr por el camino. Virginia los siguió, esforzándose por andar despacio. No se permitió mirar atrás hasta que llegó al recodo del río, el punto en el que el camino se apartaba de la orilla para adentrarse entre los árboles. Allí se paró y miró atrás. El puente aún se veía, pero Lottie había desaparecido.

Se había ido. Todo había terminado. Virginia aspiró profundamente y soltó el aire con un quejido que era casi de pánico. Y entonces llegó el pánico de verdad y Virginia, sin avergonzarse, salió corriendo. Corría hacia Edie, hacia Henry, hacia el refugio de Balnaid.

Vuelta a empezar.

“Eso es mentira.”

Las dos de la madrugada y Virginia continuaba despierta, los ojos le escocían de cansancio. Había dado vueltas y vueltas en la cama, unas veces con frío y otras con calor, había mullido la almohada. De vez en cuando, se levantaba, andaba por la casa en camisón, bebía agua, intentaba de nuevo conciliar el sueño.

No sirvió de nada.

En el otro lado de la cama, el lado de Edmund, dormía Henry plácidamente. Virginia había llevado al niño a su cama desafiando una de las más severas normas de Edmund. De vez en cuando, como para tranquilizarse, alargaba la mano para tocarlo, palpar su suave respiración, sentir su calor a través de la franela del pijama de rayas. En la enorme cama, parecía aún más pequeño y casi sin vida.

“Se los desayunaba y los dejaba triturados. Una putita.”

No podía quitarse de la cabeza la horrible escena. Las palabras de Lottie sonaban y sonaban como un disco rayado. Un carrusel torturante que no paraba, que no llevaba a ninguna conclusión.

“Eran amantes. Y Edmund, casado y padre de una niñita.”

Edmund y Pandora. Si era cierto, Virginia nunca lo había imaginado, ni sospechado siquiera. Ella, en su inocencia, no había buscado indicios, no había sospechado un significado oculto en la frase indiferente de Edmund ni en su actitud natural.

– Pandora vuelve a casa -le había dicho él, sirviéndose un trago y yendo hacia el frigorífico en busca de hielo-. Estamos invitados a almorzar en Croy.

Y Virginia contestó:

– ¡Qué bien! -Y siguió friendo las hamburguesas al queso para la cena de Henry.

Pandora era, simplemente, la díscola hermana menor de Archie, que venía de Mallorca. Y cuando se produjo el gran encuentro, apenas prestó atención al beso fraternal que Edmund estampó en la mejilla de Pandora, a sus risas ni a la comprensible alegría que les producía volver a verse. Y, durante el resto del día, Virginia se interesó más por el partido de croquet que por saber lo que se decían Edmund y Pandora mientras los contemplaba desde el columpio.

¿Y qué podía importar lo que se dijeran? No seas tonta. ¿Y qué si tuvieron un idilio apasionado y acabaron en la cama de Pandora? Pandora a los dieciocho años tuvo que ser sensacional y Edmund estaba en el apogeo de su virilidad. Hoy día al adulterio ya no se le llama adulterio, sino relaciones extramatrimoniales. Además, hacía mucho tiempo. Más de veinte años. Y Edmund no había sido infiel a Virginia sino a Caroline, su primera esposa. Y Caroline había muerto. O sea que no importaba. No había por que preocuparse. Nada…

“Todos estaban enterados. Todos, confabulados. No me querían en la casa. Sabía demasiado.”

¿Quién lo sabía? ¿Lo sabía Archie? ¿Isobel? ¿Lo sabía Vi? ¿Y Edie? Porque, si lo sabían, ahora estarían ojo avizor temiendo que todo volviera a empezar. Observando a Edmund y Pandora. Mirando a Virginia con una conmiseración en los ojos que ella no había llegado a sorprender. ¿Se preocupaban por Virginia tanto como tenían que haberse preocupado por Caroline? ¿Conspiraban para mantener en la ignorancia a la segunda esposa de Edmund? En tal caso, Virginia había sido traicionada, y traicionada por las personas en las que más confiaba.