“¿Y por qué cree que su marido se larga a América tan de prisa? Se burlará de usted como se burló de su primera esposa, la pobre.”
Esto era lo peor. Estas eran las dudas más terribles. Edmund se había marchado. ¿Realmente tenía que desaparecer de este modo o Nueva York era, simplemente, una excusa para alejarse de Balnaid y de Virginia y tomarse tiempo para considerar sus problemas? Sus problemas eran que estaba enamorado de Pandora, que lo había estado siempre y que ella ahora había vuelto y seguía tan hermosa como siempre y Edmund volvía a estar ligado a otra mujer.
Edmund tenía cincuenta años, una edad delicada, propensa a las inquietudes y a las crisis de la madurez. No era hombre que mostrara sus emociones y Virginia casi nunca podía adivinar lo que pensaba. Sus dudas alcanzaron proporciones aterradoras. Quizá esta vez cortara amarras y se alejara, arruinando el matrimonio y la vida de Virginia. Dejándoles a ella y a Henry entre las ruinas de lo que ella consideraba una fortaleza inexpugnable.
No podía ni pensarlo. Dio media vuelta y hundió la cara en la almohada para ahuyentar tan espantosa perspectiva. No podía admitirlo. No dejaría que se hiciera realidad.
“Es mentira, Lottie.”
Otra vez. Vuelta a empezar.
7
Era una lluvia cruel, persistente y repelente. Había empezado antes del amanecer, despertando a Virginia, que sintió una viva contrariedad. En este día aciago sólo faltaba que los elementos se volvieran contra ella. Quizá dejara de llover. Pero los dioses no estaban de su parte y las nubes de color antracita siguieron chorreando monótonamente durante toda la larga mañana y las primeras horas de la tarde.
Ya eran las cuatro y media e iban camino de Templehall. Como llevaba consigo a los dos chicos con toda su impedimenta -baúles bolsas de mano, sacos de dormir, pelotas de rugby y carteras- Virginia había dejado el coche pequeño en el garaje y había sacado el “Subaru” de Edmund, un potente todoterreno con tracción en las cuatro ruedas, que él usaba para ir por el campo. No estaba acostumbrada a conducirlo y la inseguridad hacía aumentar la desolación que sentía desde hacía veinticuatro horas.
Las condiciones eran deplorables. La escasa luz de aquel día empezaba a huir del cielo y había que conducir con los faros encendidos y el limpiaparabrisas funcionando a la máxima velocidad. Los neumáticos siseaban en las zonas inundadas de la carretera y los coches y camiones que se cruzaban con ellos los rociaban de un barro cegador. La visibilidad era casi nula, lo que era una lástima porque, en condiciones normales, la carretera que iba de Relkirk a Templehall atravesaba un paisaje muy bello de prósperas granjas, que se sucedían a lo largo de las márgenes de un río ancho y majestuoso, famoso por sus salmones, y de grandes fincas en las que asomaban señoriales mansiones a lo lejos.
Si hubieran podido contemplar este paisaje, se habría descargado la tensión del ambiente. Si Virginia hubiera podido llamar la atención de sus acompañantes sobre hermosas perspectivas o algún pico lejano, habría tenido algo de que hablar. En estas circunstancias, todos sus intentos de entablar conversación con Hamish, con la esperanza de sacar a Henry de su compungido mutismo, habían fracasado. Hamish estaba de mal humor. Por si fuera poco que se hubieran terminado las vacaciones de verano, tenía que volver a la escuela en compañía de un chico nuevo. Un pequeñajo. Así llamaban a los pequeños. Los pequeñajos. Viajar con un pequeñajo era una afrenta, y Hamish rezaba para que ninguno de sus compañeros fuera testigo de su humillante llegada. No pensaba responsabilizarse de Henry Aird y así se lo había manifestado a grito pelado a su madre mientras ella le ayudaba a bajar el baúl por las escaleras de Croy y aplastaba con un cepillo su pelo indignadamente corto.
Por consiguiente, Hamish decidió adoptar una política de no comunicación y frustró los esfuerzos de Virginia dando por toda respuesta una serie de gruñidos de indiferencia. Ella captó el mensaje y los tres se sumieron en un silencio obstinado.
Virginia se arrepentía de haberse ofrecido a llevar al condenado chico. Isobel podía haber acompañado al pollino de su hijo. Pero, sin Hamish al lado, tal vez Henry hubiera dado rienda suelta al llanto, hubiera sollozado durante todo el viaje y hubiera llegado a Templehall empapado en lágrimas y en pésimas condiciones para afrontar los rigores del temible futuro.
La perspectiva la parecía casi insoportable. Odio todo esto, se dijo. Es aún peor de lo que yo imaginaba. Es inhumano, infernal, antinatural. Y todavía queda lo peor, queda el momento en que habré de decir adiós a Henry y marcharme dejándolo solo entre gente extraña. Odio Templehall, odio al director y de buena gana estrangularía a Hamish Blair. Nunca en mi vida había tenido que hacer algo tan a disgusto. Odio esta lluvia, odio todo el sistema educativo, odio a Escocia y odio a Edmund.
– Detrás de nosotros pide paso un coche -dijo Hamish.
– Bueno, que haga el puñetero favor de esperar -replicó Virginia, reduciendo a Hamish al silencio.
Una hora después, circulaba por la misma carretera en sentido contrario y con el coche vacío.
Asunto concluido. Henry ya no estaba. Se sentía aturdida. Inexistente, como si el trauma de la separación le hubiera arrebatado la identidad. En aquel momento, no quería pensar en Henry o se echaría a llorar y la suma de lágrimas, semioscuridad y lluvia, haría que se saliera de la carretera o se incrustara en la trasera de un camión de diez toneladas. Imaginaba el estrépito del metal y se veía tirada en la carretera como una muñeca rota, entre los destellos y las sirenas de las ambulancias y los coches de la Policía.
No quería pensar en Henry. Aquella parte de su vida había terminado. Pero, ¿qué iba a hacer ahora ella? ¿Qué hacía allí? ¿Quién era? ¿Qué la impulsaba a volver a una casa oscura y vacía? No quería volver a casa. No quería volver a Strathcroy. Entonces, ¿adónde iba? A un lugar maravilloso, situado a un millón de millas de Archie, de Isobel, de Edmund, de Lottie y de Pandora Blair. A un lugar soleado y tranquilo donde no tuviera responsabilidades, en el que la gente le dijera que era fabulosa y pudiera volver a ser joven en lugar de una vieja de cien años.
Leesport. Ajá. Ahora iba camino del aeropuerto, a tomar el jet para Kennedy y, allí, una limusina hasta Leesport. Allí no llovería. Allí tendrían el fabuloso otoño de Long Island, el cielo azul, las hojas doradas y la brisa fresca del Atlántico soplando en la bahía. Leesport, inmutable. Las calles anchas, el cruce, la ferretería y el drugstore con los chicos en la puerta dando vueltas en bicicleta. Después, Harbor Road. Vallas de madera blanca, árboles de hoja ancha y grandes extensiones de césped regado por aspersores. La carretera que bajaba hasta la orilla, el club marítimo con su bosque de mástiles. La verja del country club y, a continuación, la casa de la abuela. Y la abuela en el jardín, haciendo como que rastrillaba las hojas pero en realidad esperando el coche, para estar en la acera cuando llegara.
– ¡Oh, tesoro! Ya estás aquí. -La mejilla suave y arrugada, el olor a “White Linen” -. Demasiado tiempo sin vernos. ¿Has tenido un buen viaje? ¡Qué alegría!
Entraba en la casa. Los olores. A humo de leña, a aceite bronceador, a cedro, a rosas. Esteras de palma y fundas descoloridas. Cortinas de cretona ondeando en las ventanas. Y el abuelo, que venía de la terraza, con las gafas en lo alto de la cabeza y el New York Times debajo del brazo…
– ¿Dónde está mi novia?
En la sucia semioscuridad brillaban enjambres de luces. Relkirk. Vuelta a la realidad, y Virginia se dijo que tendría que parar un momento allí. Necesitaba ir al aseo, refrescarse, encontrar un bar y beber algo para volver a sentirse un ser humano. Necesitaba calor y la comodidad almibarada de la música ambiental y la iluminación indirecta. No tenía por que correr, nadie la esperaba en casa. Aquello también era una cierta libertad. No había nadie que se preocupara de si tardaba ni de lo que hacía.