Conrad hizo girar el whisky en el vaso y dijo, al cabo de un momento:
– Sí, así es.
– Lo siento.
Él levantó la vista.
– Sí -dijo.
– ¿Puedo preguntar cómo fue?
– Leucemia. Estuvo enferma mucho tiempo. Después del entierro, decidí hacer un viaje.
– ¿Cómo se llamaba?
– Mary.
– ¿Cuánto tiempo estuvisteis casados?
– Siete años.
– ¿Tuvisteis hijos?
– Una niña. Emily. Tiene seis años. Ahora está en Southamp con mi madre.
– ¿El marcharte… te ha hecho más llevaderas las cosas?
– Eso lo sabré cuando regrese.
– ¿Cuándo te vas?
– La semana próxima. -Apuró el whisky y se puso en pie-. Voy a pedir otros dos medios.
Lo observó pedir y pagar la segunda ronda en el bar, e intentó averiguar por que era tan inconfundiblemente americano si no mascaba chicle ni llevaba un corte de pelo militar. Sería la figura, hombros anchos, caderas estrechas, piernas largas. O la ropa. Mocasines relucientes, pantalón de espiga, camisa “Brooks Brothers” y jersey Shetland azul con la discreta etiqueta de “Ralph Lauren”.
Le oyó pedir nueces al barman. Lo dijo en tono bajo y cortés y el barman vació una bolsita de nueces en un plato. Virginia recordó que Conrad rara vez alzaba la voz y era siempre muy educado con todo el que le servía: empleados de gasolinera, camareros, taxistas, porteros. El mozo negro de la limpieza del puerto deportivo de Leesport estaba muy impresionado porque Conrad se había molestado en averiguar su nombre de pila, que era Clement, y siempre lo utilizaba al saludarle.
Un hombre amable. Pensó en la esposa muerta, comprendió que debían de haber sido muy felices y se rebeló. ¿Por qué la tragedia se cebaba siempre en las parejas que vivían en armonía y respetaba a los que se mortificaban el uno al otro y a todos los que estaban a su lado? Siete años. No era mucho. Pero, por lo menos, tenía a la niña. Pensó en Henry y se alegró de que tuviera una hija.
Él volvió a la mesa y Virginia esbozó una sonrisa. Los whiskies estaban muy oscuros.
– Yo quería un solo trago -dijo-. Viajo por carretera.
– ¿Vas muy lejos?
– Unas veinte millas.
– ¿Quieres llamar a tu marido?
– No está en casa. Se ha marchado a Nueva York. Trabaja para “Sanford Cubben”. No sé si te lo diría algún pajarito.
– Creo que ya lo sabía. ¿Y el resto de la familia?
– Si por familia quieres decir hijos, tampoco hay familia en casa. Tengo un hijo al que esta misma tarde he abandonado en un internado. He tenido un día atroz. El peor de toda mi vida. Por eso entré, para ir al tocador y remontarme la moral antes de seguir viaje. -Ella misma se encontraba truculenta.
– ¿Cuántos años tiene el niño?
– Ocho.
– ¡Ay, Dios! -parecía escandalizado, lo que consoló a Virginia. Al fin había encontrado a un alma gemela, alguien que pensaba como ella.
– Es muy pequeño. Yo no quería que fuera al internado y me he resistido hasta el último momento. Pero su padre se ha empeñado. Es la tradición. La vieja y espartana tradición británica. Él piensa que es lo más conveniente, y era él quien debía acompañar a Henry. Pero a última hora ha tenido que ir a Nueva York. Y me tocó a mí llevarlo. No sé cual de los dos estaba más abatido, Henry o yo. Ni sé cual de los dos me da más lástima.
– ¿Y Henry, cómo se ha quedado?
– Conrad, la verdad es que no lo sé. Sinceramente, no lo sé. Ha sido todo tan rápido. Lo tienen programado a la décima de segundo. Ni un momento de espera, ni tiempo para una lágrima. Casi no había parado el coche cuando dos tipos corpulentos habían abierto ya la puerta trasera y cargaban el equipaje en unas carretillas. Y, luego, la gobernanta… muy joven y bastante bonita… tomó a Henry de la mano y se lo llevó dentro. Él ni volvió la cabeza. Yo, allí plantada, con la boca abierta, preparada para hacer una escena, cuando aparece, como por ensalmo, el director, que me da la mano y me dice: “Adiós, Mrs. Aird.” Y subo al coche y me marcho. ¿Quieres que te diga la verdad? Me sentía como un pollo muerto en una cinta transportadora. ¿Crees que debí resistirme?
– No; me parece que hiciste bien.
– De todos modos, la cosa no tiene remedio. -Suspiró, bebió el whisky y dejó el vaso en la mesa-. Por lo menos, ninguno de los dos tuvo ocasión de ponerse en ridículo.
– Supongo que por eso lo hacen -sonrió él-. Pero tú necesitas animarte un poco. ¿Cenamos juntos?
– … nunca imaginé que viviría en Escocia. Para mí Escocia era un sitio al que ibas a finales de verano a cazar y a unos cuantos bailes; pero no un lugar para vivir…
El “King’s Hotel” no era célebre por su cocina, pero tenía un ambiente cálido y acogedor, y la oscuridad, la lluvia y el viento no convidaban a callejear en busca de exquisiteces. Ya habían tomado el caldo escocés y ahora se dedicaban a sendos filetes acompañados de patatas fritas, cebollitas glaseadas y surtido de verduras. La camarera les había indicado que la crema era excelente.
Conrad había pedido vino, lo que quizá fue un error, y Virginia lo bebía, lo cual era un error aún mayor, porque normalmente ella no hablaba tanto y ahora no hubiera podido parar ni aunque la mataran. Tampoco lo deseaba. Conrad era muy buen oyente y por el momento no parecía aburrirse. Al contrario, estaba fascinado
Ya le había hablado de Edmund, de su primera esposa, de Vi y de Alexa. Le había hablado de Henry, de Balnaid, indescriptiblemente remoto y, al mismo tiempo, tan próximo, y de la vida en Strathcroy.
– ¿Qué hay allí?
– En realidad, no hay nada. Es un pueblecito de paso. Pero tiene de todo. Ya sabes lo que son los pueblos pequeños. Tenemos un hostal y una escuela, tiendas y dos iglesias, y un sarasa simpatiquísimo, que vende antigüedades. Continuamente se organizan cosas. Un bazar, un concurso floral o una función de colegio. -El programa parecía mortalmente aburrido. Añadió-: Parece mortalmente aburrido.
– En absoluto. ¿Vive mucha gente en el pueblo?
– Bastante. Y luego están los Balmerino, y el ministro presbiteriano y su esposa, y el rector y su esposa, y los Aird. Archie Balmerino es el Laird, o sea, el dueño del pueblo y de miles de acres de tierra. Croy es enorme, pero sin pretensiones. Isobel también es muy sencilla. Trabaja más que cualquiera de las mujeres que conozco, que ya es decir, porque en Escocia las mujeres no paran. Cuando no llevan una casa enorme, crían hijos, o trabajan en el jardín, se dedican a organizar actos benéficos multitudinarios o trabajan en industrias familiares, como granjas que venden sus productos directamente al consumidor, o secan flores, o tienen colmenas, o restauran antigüedades, o confeccionan cortinas para venderlas.
– ¿Y nunca se divierten?
– Sí, también se divierten, pero no al estilo de Long Island. En agosto y septiembre hay mucha animación, fiestas casi todas las noches, bailes, cacerías y demás. Llegas en buen momento, Conrad, aunque te cueste trabajo creerlo, con este tiempo. Luego, en invierno, cada uno en su casa.
– ¿Y cómo te reúnes con tus amigas?
– Pues no lo sé. -Trató de averiguarlo-. Esto no es como otros sitios. Vivimos muy lejos unos de otros y no hay vida de club. Quiero decir que no hay country clubs como en los Estados Unidos. Y los pubs no son como en el Sur, aquí la mujer no va al pub. Hay clubs de golf, desde luego, pero casi todos son para hombres y las mujeres no son bien recibidas. Puedes encontrarte con alguna amiga en Relkirk, pero la vida social se hace en las casas particulares. Almuerzos de mujeres y cenas de matrimonios. Para cenar nos vestimos de gala y, como te decía, hacemos cuarenta millas o más. Y esa es una de las razones por las que la vida social se interrumpe durante el invierno. Entonces es cuando la gente escapa. Los que pueden, se van a Jamaica, o a Val d’Isere, a esquiar.