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– Bueno, un poco. Pero puedo tenerlo guisado de antemano.

– ¿Por qué no les das antemano?

– Ja, ja, ja.

– ¿Qué hay de desayuno?

– Lo tienes en el calientaplatos.

Archie abrió el horno inferior de la cocina.

– ¡Desayuno de solemnidad! Tocino, salchichas y tomates. ¿Dónde están las gachas y los huevos duros?

– Tenemos huéspedes. Tocino, salchichas y tomates es lo que damos siempre a los huéspedes.

Llevó el plato a la mesa y se sentó al lado de su mujer, se sirvió café y se acercó las tostadas y la mantequilla.

– Creí que el viernes por la noche venía Agnes Cooper a ayudarte.

– Y viene.

– ¿Por qué no hace ella el faisán?

– Porque ella no viene a guisar, sino a lavar los platos.

– Pero podrías pedirle que nos hiciera la cena.

– Sí y cenaremos albóndigas y buñuelos, que es todo lo que la pobre mujer sabe hacer.

Escribió: “Limpiar candelabros de plata. Comprar ocho velas rosa.”

– No deja de ser una lástima que el faisán “Teodora” parezca anémico.

– Como digas eso delante de los invitados, te degüello con un cuchillo de postre.

– ¿Y qué nos vas a dar de primero?

– Trucha ahumada.

Archie se metió media salchicha en la boca y masticó pensativo.

– ¿Y flan?

– Sorbete de naranja.

– ¿Vino blanco o tinto?

– Un par de botellas de cada. O champaña. Durante el resto de la noche beberemos champaña, quizá sea preferible no mezclar.

– En la bodega no hay champaña.

– Hoy puedo pedir una caja en Relkirk.

– ¿Es que vas a Relkirk?

– ¡Oh, Archie! -Isobel dejó el bolígrafo y miró a su marido entre exasperada y resignada-. ¿Es qué nunca escuchas cuando te hablo? ¿Y por qué crees que me he puesto de tiros largos? Sí, me voy a Relkirk. Con Pandora, Lucilla y Jeff. Vamos de compras.

– ¿Y qué compraréis?

– Cosas para el viernes por la noche. -No le dijo “un vestido” porque todavía no estaba decidida a permitirse aquella extravagancia-. Luego, almorzaremos en el “Wine Bar” y volveremos a casa.

– ¿Me traerás cartuchos?

– Te traeré todo lo que quieras si me haces una lista.

– O sea, que no se espera de mí que os acompañe. -Parecía encantado. Odiaba ir de compras.

– Tú no puedes acompañarnos porque tienes que estar aquí cuando llegue el Americano Triste. Viene de Relkirk en un coche de alquiler y llegará esta mañana. Y no te vayas por ahí o encontrará la casa vacía, pensará que no lo esperamos y se marchará por donde ha venido.

– Y sería una lástima. ¿Qué le doy para almorzar?

– En la despensa tienes sopa y paté.

– ¿Dónde dormirá?

– En la antigua habitación de Pandora.

– ¿Cómo se llama?

– No me acuerdo.

– Entonces, ¿cómo le saludo? Jau, Americano Triste. -Archie parecía divertido. Ahuecó la voz-. Gran Jefe Nariz Mojada habla con lengua de doble filo.

– Demasiada televisión. -Pero a ella también le hizo gracia-. Pensará que está en un manicomio.

– Y no se equivocará. ¿A qué hora os vais?

– A eso de las diez y media.

– Lucilla y Jeff ya andan por ahí, pero será mejor que llames a Pandora o aún estaréis esperando a las cuatro de la tarde.

– La llamé hace media hora -dijo Isobel.

– Seguramente, ha vuelto a dormirse.

Pero Pandora no había hecho tal cosa. Apenas acababa de hablar Archie cuando la oyeron taconear en el corredor, procedente del vestíbulo. Se abrió la puerta y Pandora irrumpió en la cocina con la cabellera brillante como una llama y la cara risueña.

– Buenos días, buenos días, ya estoy aquí. ¿A que pensabais que me había vuelto a la cama? -Besó a Archie en el pelo y se sentó a su lado. Llevaba un pantalón de franela gris oscuro, un jersey gris perla con corderitos rosa y una revista en la mano. Al parecer, la revista era lo que la divertía-. Ya no me acordaba de esta fantástica revista. Papa la recibía todos los meses. The Country Larldowrter Journal.

– Seguimos recibiéndola. No me he decidido a anular la suscripción.

– Encontré este número en mi cuarto. Es sencillamente fascinante, con unos artículos pasmosos sobre el “polvo contra el escarabajo de la patata” y los tejones, a los que debemos cuidar con mucho mimo. -Hojeaba la revista. Isobel le sirvió una taza de café-. ¡Oh!, gracias, cariño. Eres un cielo. Pero lo mejor son los anuncios por palabras. Escuchad este: “Se vende. Dama con título vendería ropa interior. Calzones época Directorio y chambras seda rosa salmón. Casi sin estrenar.”

Archie acabó de masticar la tostada:

– ¿Adónde tenemos que escribir?

– Apartado. ¿Crees que porque tiene título ha decidido no usar más ropa interior?

– Será que ha muerto alguien -apuntó Isobel-. Una anciana tía. Y la sobrina quiere sacar partido al legado.

– Menudo legado. Lo que yo creo es que la señora está pasando la crisis de la madurez y ha decidido cambiar de imagen. Se habrá puesto a régimen, perdido varias arrobas y convertido en una sílfide con bikini de encaje. Y Milord andará de cráneo. Y aquí hay otra perla. Escucha, Archie. “Busco trabajo. Hijo de granjero de buena presencia.“ (¿El padre o el hijo?) “Treinta años. Experiencia en drenajes. Carnet de conducir. Aficionado a la caza y la pesca. ¿Qué te parece? -Pandora puso unos ojos enormes-. Con sólo treinta años y ya tiene carnet de conducir. Te sería muy útil, Archie. “Experiencia en drenajes.” Podría encargarse de la fontanería. Válvulas de bola y cosas así. ¿Por qué no le escribes?

– Mejor que no.

– ¿Y por qué no?

Archie reflexionó.

– Excesivamente cualificado.

Los dos hermanos se echaron a reír a la vez. Isobel los observaba moviendo la cabeza ante aquella tonta hilaridad, desconcertada y profundamente agradecida. Hacía años que no veía a Archie de tan buen humor y ahora, sentada a la mesa del desayuno, volvía a ver al hombre atractivo y divertido del que se había enamorado hacía más de veinte años.

Pandora no era la perfecta invitada. Para las cosas de la casa era una absoluta nulidad e Isobel tenía que perder mucho tiempo en hacerle la cama, limpiarle el baño y lavarle y recogerle la ropa. Pero Isobel se lo perdonaba todo porque sabía que el milagroso cambio de Archie se debía a su hermana y ella no podía sino estar agradecida, porque Pandora había devuelto la juventud a Archie y llevado a Croy la risa, como un soplo de aire fresco.

Los integrantes de la expedición a Relkirk fueron presentándose uno a uno. Jeff, después de dar cuenta del enorme desayuno preparado por Isobel, sacó del garaje el “Mercedes” de Pandora y lo llevó a la puerta principal. Isobel, pertrechada de bolsas y de las inevitables listas, se reunió con él. A continuación apareció Pandora, con su abrigo de visón y sus gafas de sol y oliendo a “Poison”.

Era un día de viento, con ratos de sol, y esperaron a Lucilla sin subir al coche. Por fin apareció, acudiendo a los gritos de su padre, que la sacó de casa azuzándola como a los perros. Pero ella dio media vuelta y lo abrazó y lo besó como si no hubiera de volver a verlo y bajó las escaleras corriendo, haciendo ondear al viento su pelo oscuro.

– Perdón, no sabía que estuvierais esperando.

Lucilla vestía unos tejanos viejos y desteñidos, con cortes en las rodillas mal remendados con parches de tela con topos rojos, y una blusa de algodón de mangas de quimono, muy arrugada y muy bordada. El faldón de la blusa asomaba bajo un chaleco de cuero muy cortito, adornado con flecos. Su madre pensó que parecía recién violada por un sioux.

– Cielo, ¿no te cambias?

– Mamá, ya me he cambiado. Son mis mejores tejanos. Me los compré en Mallorca cuando estaba en casa de Pandora.

– ¡Oh! Sí, claro. -Subieron todos al coche-Perdona, Lucilla, claro, que tonta.