Mientras bebían el champaña, en voz baja y entre risas ahogadas, contaron a Lucilla y Jeff el lance de la ilícita ocupación de la mesa.
Lucilla estaba regocijada y, al mismo tiempo, casi tan escandalizada como su madre, como observó Isobel con satisfacción.
– Pandora, eso es terrible. ¿Y qué hará la pobre gente que reservó la mesa?
– Es problema de la vieja. Pero no te preocupes, ya los meterá en algún sitio.
– Eso es poco ético.
– Y tú eres una ingrata. De no ser por mi ágil espíritu emprendedor, ahora estaríamos todos haciendo cola con los pies doloridos después de una mañana de tiendas. De todos modos, estuvo muy grosera conmigo. Y no me gusta que me nieguen lo que quiero.
Archie, solo y con órdenes expresas de su esposa de no abandonar los alrededores de la casa, decidió ocupar la espera del invitado en limpiar de hojas secas el césped que se extendía más allá de la avenida de grava. Después, quizá tuviera tiempo de cortarlo y así estaría decente el viernes por la noche. Sin más compañía que la de sus perros Labrador, sacó el tractor de jardinería del garaje y se puso a trabajar. Los perros, que habían imaginado que su amo iba a llevarlos de paseo, se sentaron con cara de aburrimiento; pero no tardarían en tener diversión, porque Archie no había dado ni dos pasadas cuando un “Land Rover” subió por la avenida y paró a poca distancia de donde él trabajaba.
Era Gordon Gillock, el guarda de Croy, con sus dos spaniels encerrados en la parte trasera del vehículo. Instantáneamente se desató una algarabía de ladridos dentro y fuera del “Land Rover”, pero los cuatro perros fueron silenciados rápidamente por una rutinaria retahíla de improperios de Gordon.
Archie detuvo la maquina y paró el motor, pero se quedó donde estaba, ya que era un lugar tan bueno como cualquier otro para mantener una conversación.
– Hola, Gordon.
– Buenos días, Milord.
Gordon era un escocés huesudo y curtido de cincuenta y tantos años que, con su pelo negro y sus ojos oscuros, parecía mucho más joven. Había empezado a trabajar en Croy en tiempos del padre de Archie, en calidad de ayudante del guarda, y había permanecido al servicio de la familia desde entonces. Llevaba su ropa de trabajo, es decir una camisa con el cuello desabrochado y una gorra de tweed adornada con moscas de pescar, que había soportado muchos años de borrascas. Pero los días de cacería llevaba corbata, traje de pantalón bombacho y sombrero de copa baja y ala estrecha del mismo tweed que el traje, con lo que iba mucho mejor vestido que la mayoría de los señores que salían al páramo.
– ¿De dónde vienes?
– De Kirkthornton, señor. He llevado treinta parejas de pájaros a vender.
– ¿Has sacado un buen precio?
– No está mal.
– ¿Qué hay de mañana?
– Por eso he venido, señor. Tenía que hablarle. Mr. Aird no será de la partida. Está en América.
– Lo sé. Me llamó antes de irse. ¿Iremos a Creagan Dubh?
– Sí, señor, el valle principal. Creo que a la ida deberíamos llevar los coches por el Clash y regresar por Rabbie’s Naup.
– ¿Y por la tarde? ¿Probamos en Mid Hill?
– Lo que usted disponga, señor. Pero los pájaros ya están muy soliviantados. Vendrán muy rápidos hacia los puestos y la gente tendrá que procurar no perder tino.
– ¿Saben que son responsables de que todos los pájaros abatidos sean recogidos? No hay que dejar piezas tocadas ni moribundas.
– ¡Oh! Sí, ya lo saben. Este año hay perros muy buenos.
– ¿Qué tal os fue el lunes?
– Había viento suave y mucha agua. Luego, un águila y un milano empezaron a trabajar por arriba y los gallos se asustaron. O no se levantaban o volaban en todas las direcciones. Pero se hicieron buenos disparos. Treinta y dos parejas.
– ¿Visteis venados?
– Sí, señor, una buena manada. Los vimos asomar la cabeza por Sneck of Balquhidder, recortándose en el cielo.
– ¿Y los daños del puente del Taitnie?
– Reparados, señor. Casi se había derrumbado con toda el agua que hemos tenido.
– Bien. No es cosa de que se dé un remojón alguno de los señores de Londres. ¿Cuántos batidores habrá mañana?
– Dieciséis, señor.
– ¿Y flanqueadores? La ultima vez que salimos en coche, se escaparon muchos pájaros por no estar bien cubiertos los flancos.
– Ya, porque llevábamos a un par de inútiles. Pero mañana tendremos al hijo del maestro y a Willy Snoddy. -El guarda y Archie cambiaron una mirada y sonrieron-. Es un granuja de mucho cuidado, pero también un flanqueador como hay pocos. Gordon apoyó el peso del cuerpo en la otra pierna, se quitó la gorra, se rascó la nuca y volvió a ponérsela-. Ayer por la mañana estuve en el lago y lo pillé con su viejo perro de aguas pescando las truchas de Milord. Va todas las tardes, a aprovechar la subida de los peces a la puesta del sol.
– ¿Tú lo has visto?
– Más de una vez, aunque toma por el camino de atrás.
– Ya sé que es un furtivo y también lo sabe el policía local. Pero lo ha sido toda la vida y no va a cambiar ahora. Yo no digo nada. Además -sonrió Archie-, si lo encierran, nos faltará un flanqueador.
– Muy cierto, señor.
– ¿Tienes el dinero para los batidores?
– Esta mañana he ido al Banco, señor.
– Veo que lo llevas todo bien organizado, Gordon. Muchas gracias por venir. Hasta mañana…
Gordon y sus perros se fueron y Archie siguió barriendo las hojas. Estaba a punto de terminar la tarea cuando en el camino de atrás empezó a zumbar otro automóvil y pensó que probablemente sería el alquilado por el Americano Triste. Se dijo que ojalá supiera cómo se llamaba el condenado y se dispuso a recibirlo. Volvió a detener el tractor, paró el motor y estaba apeándose trabajosamente cuando apareció el coche. Era el “Subaru” de Edmund, por lo que el que llegaba no podía ser el Americano Triste. Virginia estaba al volante, pero a su lado había un hombre. El “Subaru” se detuvo y Archie, con las articulaciones entumecidas, se adelantó mientras los recién llegados bajaban y se dirigían a su encuentro.
– Virginia.
– Hola, Archie. Te traigo a vuestro invitado. -Archie, desconcertado, se volvió hacia el desconocido, que era alto, de buena figura y facciones atractivas aunque algo toscas. tendría treinta y tantos años y usaba gafas con gruesa montura de concha-. Conrad Tucker; Archie Balmerino.
Los dos hombres se estrecharon las manos.
– Perdón, pero creí que venia solo, en un coche de alquiler… -dijo Archie.
– Ese era mi plan, pero…
Virginia terció:
– Yo te explicaré. Se trata de una coincidencia asombrosa, Archie. Encontré a Conrad ayer por la tarde en el “King’s Hotel” de Relkirk. Por pura casualidad. Somos viejos amigos. Nos conocimos en Long Island, de muy jóvenes, así que, en lugar de pasar la noche en el hotel como tenía pensado, se vino conmigo y ha dormido en Balnaid.
Todo explicado.
– Qué casualidad y qué buena idea. -Y Archie agregó, dirigiéndose a Conrad-: Es ridículo, pero a mi mujer o no le dijeron su nombre o se le olvidó, por lo que Virginia no pudo saber que usted era nuestro invitado. Siento reconocer que a veces somos bastante despistados.
– Son muy amables al alojarme en su casa.
– En fin… -Archie titubeó, deseando que Isobel estuviese allí-…esto es fantástico. Vamos. Entremos. Estoy solo en casa, porque todos se han ido de compras. ¿Trae maleta, Conrad? ¿Qué hora es? Las doce menos cuarto. El sol todavía no está en el cénit, pero creo que podríamos tomar un gin-tonic…
– No, Archie -dijo Virginia. Estaba nerviosa, envarada. Archie la miró atentamente y observó su palidez, mal disimulada por el bronceado, y sus ojeras. Parecía disgustada y entonces recordó que la víspera había tenido que acompañar a Henry a Templehall y dejarlo allí. Eso lo explicaba todo.