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El sendero terminaba justo a la entrada del primer túnel. Allí, junto a una gran cesta, con sólo una serpiente del sueño en las manos, estaba sentado Norte.

Serpiente le observó con curiosidad. Sostenía al animal con cuidado, por detrás de la cabeza, para que no pudiera atacar. Con la otra mano, acariciaba sus suaves escamas verdes. Serpiente había advertido antes que Norte no tenía cicatrices en la garganta, y suponía que utilizaba un método más lento y más placentero de tomar el veneno. Pero ahora las mangas de su túnica estaban caídas y pudo ver claramente que sus pálidos brazos tampoco aparecían cubiertos por las cicatrices.

Serpiente frunció el ceño. Melissa no estaba en ningún lugar a la vista. Si Norte la había vuelto a meter en las cuevas, Serpiente podría buscarla futílmente durante días y no encontrarla. No le quedaban fuerzas para una larga búsqueda. Salió al claro.

—¿Por qué no dejas que te muerda? —preguntó.

Norte se sobresaltó violentamente, pero no perdió el control de la serpiente. Miró a la curadora con un gesto de pura confusión. Miró rápidamente a su alrededor como si advirtiera por primera vez que no tenía cerca a su gente.

—Están todos dormidos, Norte —dijo Serpiente—. Soñando. Incluso el que me trajo aquí.

—¡Venid! —gritó Norte, pero nadie contestó.

—¿Cómo has salido? —susurró Norte—. He matado a curadores… y nunca tenían magia. Eran tan fáciles de matar como cualquier otra criatura.

—¿Dónde está Melissa?

—¿Cómo saliste? —gritó él.

Serpiente se le acercó sin ninguna idea de lo que iba a hacer. Ciertamente, Norte no era fuerte, pero sentado era aún casi tan alto como ella de pie, y ahora mismo carecía de fuerzas. Se detuvo delante de él.

Norte agitó la serpiente del sueño delante de su cara, como si pretendiera asustarla o atarla a su voluntad con el simple deseo.

Serpiente estaba tan cerca que estiró la mano y acarició al ofidio con la yema de un dedo.

—¿Dónde está Melissa?

—Es mía —dijo él—. No pertenece al mundo exterior. Su lugar es éste.

Pero sus ojos claros y nerviosos le traicionaban. Serpiente siguió su mirada y vio la gran cesta, casi tan larga como su altura y la mitad de profunda. Serpiente se acercó a ella y levantó cuidadosamente la tapa. Dio involuntariamente un paso atrás y tomó aire llena de ira. La cesta estaba casi rebosante de una sólida masa de serpientes del sueño. Se volvió hacia Norte, furiosa.

—¿Cómo has podido…?

—Era lo que necesitaba.

Serpiente le dio la espalda y lentamente, con cuidado, empezó a sacar las serpientes del sueño de la cesta. Había tantas que no podía ver a Melissa más que como una vaga sombra. Sacó a una pareja de serpientes del cesto, y cuando ya no pudieron alcanzar a su hija, las dejó caer al suelo. La primera se deslizó sobre su pie y se enroscó en su tobillo, pero la segunda se perdió rápidamente entre los árboles.

Norte se puso en pie.

—¿Qué estás haciendo? No puedes…

Corrió tras las serpientes liberadas, pero una de ellas se alzó para atacar y Norte retrocedió. Serpiente dejó caer otras dos serpientes al suelo. Norte intentó una vez más capturar a una de ellas, pero el animal lo atacó y el gigante estuvo a punto de caer al suelo al esquivarla. Norte abandonó la caza y corrió hacia Serpiente, usando su altura para amenazarla; pero ella agitó una serpiente del sueño ante él y se detuvo.

—Les tienes miedo, ¿verdad, Norte? —dio un paso hacia él. El gigante intentó mantenerse firme, pero cuando Serpiente dio un segundo paso, retrocedió bruscamente.

—¿No aceptas tus propios consejos? —Serpiente estaba más furiosa que nunca: la parte objetiva de su mente contemplaba horrorizada lo alegre que estaba la otra de poder asustarle.

—Aléjate…

Mientras Serpiente se aproximaba, Norte cayó de espaldas. Se revolvió en el suelo y se apartó, pero tropezó de nuevo cuando intentó levantarse. Serpiente estaba lo suficientemente cerca para poder notar su olor, mohoso y seco, en nada parecido al olor humano. Jadeando como un animal acorralado, se detuvo y se encaró a ella con los puños cerrados para golpearla mientras le acercaba más la serpiente del sueño.

—No —dijo—. No lo hagas… Pensando en Melissa, Serpiente no replicó.

Norte observó a la serpiente del sueño, hipnotizado.

—No… —su voz se quebró—. Por favor…

—¿Es piedad lo que quieres de mí? —gritó Serpiente con alegría, sabiendo que no le ofrecería más merced que la que él le había dado a su hija.

Súbitamente, Norte abrió los puños y le tendió las manos, dejando al descubierto las finas venas azules de sus muñecas.

—No —dijo— Quiero paz —temblaba visiblemente mientras esperaba la mordedura de la serpiente del sueño.

Anonadada, Serpiente retiró las manos.

—¡Por favor! —gimió Norte de nuevo—. ¡Por los dioses, no juegues conmigo!

La curadora miró a la serpiente, luego a Norte. Su placer en la capitulación se convirtió en repulsa. ¿Era tan parecida a él que necesitaba ejercer poder sobre otros seres humanos? Tal vez sus acusaciones eran ciertas. El honor y la deferencia la satisfacían tanto como a él. Y desde luego, era culpable de arrogancia, siempre había sido culpable de arrogancia. Tal vez la diferencia entre Norte y ella no estribaba en la cualidad, sino sólo en la cantidad de poder que ambicionaba. No estaba segura, pero sabía que si usaba la serpiente contra él ahora, mientras estaba indefenso, fueran cuales fueran las diferencias tendrían aún menos significado. Dio un paso atrás, y dejó caer el animal al suelo.

—Apártate de mí —también su voz temblaba—. Voy a coger a mi hija y regresar a casa.

—Ayúdame —susurró él—. Yo descubrí este lugar, usé a sus criaturas para ayudar a los demás, ¿no merezco ayuda ahora? —su aspecto era lastimero, pero Serpiente no se movió.

—De repente, el gigante rugió y se dirigió a la serpiente del sueño. La agarró con una mano y la obligó a morderle la otra muñeca. Gimió cuando los colmillos se hundieron una y otra vez.

Serpiente se apartó, pero el hombre ya no le prestaba atención. Se volvió hacia la gran cesta de mimbre.

Las serpientes del sueño habían empezado a escapar por sus propios medios. Una de ellas se deslizó por encima de la cesta y cayó a tierra con un golpe suave. Otras muchas se asomaron, y gradualmente el peso de toda la masa desbordó la cesta de mimbre y la tumbó. Las serpientes escaparon en un grupo cimbreante. Pero Melissa no estaba allí.

Norte pasó arrastrándose junto a Serpiente, ajeno a su presencia, e introdujo sus pálidas manos empapadas en sangre en la masa de las serpientes del sueño.

La curadora lo agarró y le hizo dar la vuelta.

—¿Qué…? —el hombre se estiró débilmente hacia las serpientes… Sus ojos translúcidos estaban vidriosos.

—¿Dónde está Melissa?

—Estaba soñando… —miró a las serpientes del sueño—. Con ellas.

De alguna manera, Melissa había escapado. De alguna manera, su hija había derrotado a Norte, al veneno, al cebo del olvido. Serpiente buscó de nuevo por todo el campamento, viéndolo todo excepto lo que deseaba ver.

Norte gimió lleno de frustración y Serpiente lo soltó. El gigante se aferró a las serpientes que escapaban hacia el bosque. Sus brazos eran una masa de pinchazos sangrientos, y cada vez que volvía a capturar a una de sus criaturas, la obligaba a morderle.

—¡Melissa! —llamó Serpiente, pero no hubo respuesta.

De repente, Norte rugió; entonces, después de un instante, emitió un extraño gemido. Serpiente miró por encima del hombro. Norte se levantó lentamente, con una serpiente en las manos manchadas de sangre, y un hilillo gemelo de sangre corriéndole por una mordedura que tenía en la garganta. Se enderezó, y la serpiente del sueño se revolvió. Norte cayó de rodillas. Se tendió en el suelo y quedó inmóvil. Su poder le abandonó mientras las extrañas serpientes del sueño escapaban de vuelta a su bosque.