—Intenté marcharme —dijo Melissa, sin abrir los ojos—. Seguí y seguí, pero…
—Estoy muy orgullosa de ti. Nadie podría hacer lo que tú hiciste sin ser fuerte y valiente.
El lado de la boca que no aparecía deformado por la cicatriz se torció en una media sonrisa, y entonces la niña se quedó dormida. Serpiente tapó su cara con una esquina de la manta.
—Habría jurado por mi vida que estaba muerta —dijo Arevin.
—Se pondrá bien —respondió Serpiente, más para sí que para Arevin—. Gracias a los dioses, se pondrá bien.
La urgencia que la poseía, la fuerza provocada por la adrenalina, había desaparecido lentamente sin que se diera cuenta.
No podía moverse, ni siquiera para sentarse. Sus rodillas se habían doblado; todo lo que podía hacer era caer. Ni siquiera podía decir si se estaba desmayando o si sus ojos le estaban engañando, porque los objetos parecían acercarse y alejarse.
Arevin le tocó el hombro izquierdo. Su mano era tal como la recordaba, amable y fuerte.
—Curadora, la niña está a salvo. Ahora piensa en ti —dijo él; su voz era completamente neutra.
—Ha sufrido mucho —susurró Serpiente. Las palabras surgieron con dificultad—. Te tendrá miedo…
El no contestó, y ella se tambaleó. Arevin la sostuvo y la ayudó a tenderse en el suelo. Su pelo se había soltado, le caía sobre la cara y tenía el mismo aspecto que la última vez que lo había visto.
Arevin le llevó la botella a los labios resecos, y Serpiente bebió agua caliente refrescada con vino.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó el muchacho—. ¿Corres todavía peligro?
Ni siquiera había pensado qué podría suceder cuando Norte y los suyos revivieran.
—Ahora no, pero más tarde, mañana… —bruscamente, intentó levantarse—. Si me duermo, si no despierto a tiempo…
El la tranquilizó.
—Descansa. Montaré guardia hasta el amanecer. Entonces podremos trasladarnos a un lugar más seguro.
Con la seguridad que le proporcionaba su presencia, ella pudo descansar. Arevin la dejó durante un momento, y se quedó tendida en el suelo, con los dedos extendidos y presionando, como si la tierra la sostuviera y a la vez le devolviera algo. La frialdad le ayudaba a suavizar el dolor de la herida de flecha. Notó que Arevin se arrodillaba a su lado, y el muchacho le puso un paño frío y húmedo en el hombro para empapar el material rasgado y la sangre seca. Ella le observaba con los ojos semicerrados, admirando una vez más sus manos, las largas líneas de su cuerpo. Pero su contacto era tan neutro como lo habían sido sus palabras.
—¿Cómo nos encontraste? —preguntó ella—. Creí que eras un sueño.
—Fui a la estación de los curadores. Tenía que intentar hacer comprender a tu pueblo lo que sucedió, y que la culpa era de mi clan, no tuya —él la miró, y luego, tristemente, apartó la mirada—. Creo que fracasé. Tu maestra sólo dijo que tenías que regresar a casa.
Antes, Arevin no había tenido tiempo de responder a lo que Serpiente le había dicho: que soñaba con él y lo amaba. Pero ahora actuaba como si nunca lo hubiera oído, como si sus actos sólo se debieran al cumplimiento del deber. Serpiente se preguntó con un gran sentimiento de vacío, de pérdida y de pena, si había malinterpretado sus sentimientos. No quería más gratitud y culpa.
—Pero estás aquí —dijo. Se apoyó en un codo, y con un poco de esfuerzo se sentó para mirarle a la cara—. No tenías por qué seguirme. Si tenías que cumplir un deber, terminó en mi hogar.
Él la miró a los ojos.
—Yo… también soñé contigo, —se inclinó hacia ella, con los brazos apoyados en las rodillas, las manos extendidas—. Nunca había intercambiado el nombre con otra persona.
Lenta, alegremente, Serpiente posó su sucia mano izquierda tejida de cicatrices sobre la mano derecha del muchacho, morena y limpia.
Él la miró.
—Después de lo que sucedió…
Deseando ahora más que nunca que no estuviera herida, Serpiente se metió la mano en el bolsillo. La serpiente del sueño recién nacida se enroscó entre sus dedos. La sacó y se la mostró a Arevin. Señalando hacia la cesta, dijo:
—Tengo más allí, y ahora sé cómo hacer que se reproduzcan.
Arevin miró la diminuta serpiente, y luego a la mujer, maravillado.
—Entonces, llegaste a la ciudad. Te aceptaron.
—No —contestó ella. Miró hacia la cúpula roja—. Encontré las serpientes del sueño ahí arriba, donde viven —volvió a meterse a la recién nacida en el bolsillo. El animalillo ya empezaba a acostumbrarse a ella; sería una buena ayuda para una curadora—. Los habitantes de la ciudad me rechazaron, pero todavía no han oído la última palabra de los curadores. Aún están en deuda conmigo.
—Mi pueblo también —dijo Arevin—. Una deuda que no he conseguido pagar.
—¡Me has ayudado a salvar la vida de mi hija! ¿Crees que eso no cuenta para nada? —luego, más tranquilamente, añadió—: Arevín, me gustaría que Silencio todavía estuviera viva. No puedo pretender que no. Pero fue mi negligencia lo que la mató, nada más. Nunca he pensado otra cosa.
—Mi clan —dijo Arevín—, y el compañero de mi prima…
—Espera. Si Silencio no hubiera muerto, nunca habría regresado a casa cuando lo hice.
Arevin sonrió levemente.
—Y si no hubiera vuelto entonces, nunca habría ido a Centro. Nunca habría encontrado a Melissa. Y nunca habría encontrado al loco ni habría oído hablar de la cúpula rota. Escomo si tu clan hubiera actuado como un catalizador. Si no hubiera sido por vosotros, aún seguiríamos suplicando a la gente de la ciudad para que nos proporcionaran serpientes del sueño, y ellos habrían continuado rechazándonos. Los curadores habrían seguido sin cambios hasta que no quedaran más serpientes del sueño ni curadores. Ahora todo es diferente. Así que tal vez estoy tan en deuda con vosotros como tú crees que lo estáis conmigo.
El la miró durante un largo rato.
—Creo que estás buscando excusas para mi pueblo. Serpiente cerró el puño.
—¿Es un sentimiento de culpa lo único que puede existir entre nosotros?
—¡No! —dijo Arevin bruscamente. Más tranquilo, como sorprendido por su propio estallido, añadió—: Al menos, esperaba algo más.
Aplacada, Serpiente le cogió la mano.
—Yo también. —Le besó en la palma. Lentamente, Arevin sonrió. Se acercó más, y un momento después se abrazaron.
—Si hemos estado en deuda mutuamente, ya lo hemos reparado, nuestros pueblos pueden ser amigos —dijo Arevin—. Y tal vez tú y yo hayamos ganado el tiempo que una vez dijiste que necesitábamos.
—Así es —dijo Serpiente.
Arevin se apartó la maraña de pelo de la frente.
—He aprendido nuevas costumbres desde que llegué a las montañas. Quiero cuidarte mientras se cura tu hombro. Y cuando estés bien, quiero preguntarte si puedo hacer algo por ti.
Serpiente le devolvió la sonrisa; sabía que se comprendían.
—Esa es una pregunta que también he querido hacerte —dijo, y entonces hizo un guiño—. Ya sabes que los curadores sanamos rápidamente.
PRESENTACIÓN
SERPIENTE DEL SUEÑO es la mejor novela de ciencia ficción publicada en el año 1978 en Estados Unidos. Viene avalada por los premios mayores. de la ciencia ficción norteamericana. Obtuvo en primer lugar el premio Nébula 1978 otorgado por la Sociedad Norteamericana de Escritores de Ciencia Ficción (SWFA-Sciencie Fiction Writers of America) en su reunión anual de 1979. Posteriormente, en julio de 1979, se anunciaba en el fanzine Locus que SERPIENTE DEL SUEÑO había sido seleccionada por los lectores del influyente fanzine como la mejor novela de ciencia ficción del año. Y finalmente, en la SEACO 79, la convención mundial de la ciencia ficción que tuvo lugar del 23 al 27 de agosto de 1979 en Brighton (Gran Bretaña), SERPIENTE DEL SUEÑO se alzó también con el premio Hugo 1979.