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Cuando terminó la conversación, Gaitlier se vistió, murmuró un último buenas noches y se marchó. Ruark atrancó la puerta y Shanna se puso de pie y fue hasta la cama. Se llevó los dedos a su cinturón; súbitamente, hubo manos dispuestas a ayudarla. Cuando a la falda y la blusa, en el suelo, se les unió la camisa, Shanna se volvió entre los brazo de Ruark y buscó con febril abandono los labios de él.

Llegó la mañana. Shanna sintió que Ruark abandonaba la cama. Lo escuchó moverse mientras se vestía. Abrió los ojos y miró las paredes donde la sombra de él se proyectaba distorsionada por la brillante luz del sol que entraba por la ventana. La habitación estaba silenciosa como no lo estaba hacía varios días. No silbaba el viento. No rugía la tormenta. Rodó de espaldas y vio el cielo azul más allá de los postigos abiertos. Una nube ocasional manchaba de tanto en tanto la bóveda azul y ponía una pincelada de blanco sucio en la cristalina transparencia de la atmósfera.

Ruark se acercó a la cama, completamente vestido con su indumentaria de pirata. Dejó dos armas sobre la mesilla de noche: un pequeño fusil de chispa y una pistola enorme.

– Gaitlier se los quitó a los piratas mientras dormían. Están cargadas, amartilladas y listas para disparar -dijo él cuidadosamente-. Tengo que ir a poner las mechas a fin de que todo esté preparado para esta noche. -Arrugó el frente, preocupado. No le gustaba la idea de dejar a Shanna, pero Gaitlier no estaba familiarizado con la naturaleza de la pólvora.

Durante la tormenta, él y Gaitlier habían preparado un artificio que, esperaban, distraería a los piratas y les permitiría a ellos escapar. Lo único que restaba por hacer era colocar la mecha aceitada y la pólvora debajo de los arbustos en la barranca de la colina que se elevaba sobre el blocao usado como polvorín. Los arbustos y la leña menuda estaban sostenidos por palos delgados. Si la idea resultaba, la pólvora incendiaría todo el conjunto, el cual, ayudado por unos troncos pesados colocados encima, rodaría por la pendiente cuando se encendiera la carga y provocaría una alarma general. Ruark no podía realizar una prueba sino que debía limitarse a confiar en su plan.

– Gaitlier está vigilando la puerta -continuó él-_ y los piratas todavía duermen abajo. Tengo que marcharme por unos momentos debo hacerlo mientras sea posible.

Se inclinó sobre ella y la besó con ardor. Le estrechó tiernamente, la mano y se irguió. Con una mirada por encima de su hombro, salió por la ventana. Miró hacia el muelle. La goleta seguía en la bahía pero el Good Hound estaba mejor ubicado para sus propósitos. Ruark rodeó rápidamente la parte trasera del edificio. En su prisa, no vio a la figura solitaria que se ocultaba en las sombras del portal posterior. Pasó un largo momento. Ruark se alejó y la silueta salió a la luz del sol y se convirtió en un hombre. Los ojos enrojecidos y acuosos parpadearon.

– ¡Que me condenen! -murmuró el pirata-. El halcón ha volado de su nido y la avecilla está sola, para que cualquiera la tome.

Shanna se acurrucó en un ángulo de la cama y escuchó las voces apagadas en el pasillo. Unos momentos antes Gaitlier había susurrado, a través de la puerta, que había oído que los piratas pensaban invadir la habitación y apoderarse de ella. Uno de ellos había visto a Ruark cuando se alejaba sigilosamente. Ella envió al sirviente a buscar a Ruark a toda prisa, pues Gaitlier no hubiera podido, con su magro cuerpo, detener mucho tiempo a los piratas. Vio que la barra de la puerta y el pesado baúl que Ruark había acercado a la, misma resistirían unos minutos, y se preparó para el ataque. La pistola y su daga quedaron debajo de la almohada y el fusil de chispa lo tomó en sus manos y apoyó el caño sobre la cama.

Un golpe y un crujido, en la puerta, como si alguien hubiera apoyado un hombro en la madera. Poco después, quien estaba afuera empezó a golpear con los puños.

– ¿Quién es? -preguntó Shanna, haciendo que su voz sonara como si ella acabara de despertarse.

– El capitán Harripen, señora. Le ruego que abra la puerta. Tengo que discutir algo con usted.

Shanna no le creyó.

– El día que haga frío en el infierno -dijo.

Otro golpe hizo estremecer la puerta, y otros más. La madera empezó a astillarse en los goznes. La barra saltó.

Con manos temblorosas, Shanna levantó el fusil de chispa y apuntó a la puerta. Cerró los ojos y disparó.

El estampido la ensordeció momentáneamente.

Aunque uno de los piratas fue arrojado hacia atrás contra la pared del pasillo, los otros cargaron todos al mismo tiempo: el mulato, Harripen y el holandés, y otros dos.

Shanna arrojó el arma inútil y antes de que pudiera empuñar la pistola, ellos se abalanzaron. Ella gritó furiosa y luchó frenéticamente a puntapiés, arañazos y mordiscos, pero no pudo contra los cinco que se le arrojaron encima.

El holandés le aferró por los cabellos. Unas manos la tomaron de las piernas. Harripen le tapó la boca con una toalla y se inclinó sobre ella.

– Hemos venido por lo que nos toca, muchacha. Echamos suertes para ver quién de nosotros te tendrá primero y esta vez no está aquí el señor Ruark para salvarte. Nos hemos ocupado de eso.

Los ojos de Shanna se dilataron de horror. Su mente enloquecía de miedo. ¿Habían matado a Ruark? Se retorció frenéticamente para escapar a las rudas caricias del pirata.

– ¡Sujétenla! -gritó un hombre joven cuando la rodilla de Shanna lo golpeó en la entrepierna. Se retiró a un costado de la cama donde había tratado de montarla y miró furioso a sus compañeros-. Ella no es mas que una muchachita y ustedes no pueden tenerla quieta.

– ¡Al demonio, muchacho! Hazte a un lado y deja que un hombre de verdad te enseñe cómo se hace -dijo Harripen.

– ¡Maldición si te dejaré! -replicó el joven ¡Sujétenla!

Las manos de los piratas lastimaron las muñecas y tobillos de Shanna. Los bandidos se inclinaron sobre ella y el fétido olor que despedían casi la hizo vomitar de asco. El mulato se apartó de la pelea y se quedo junto a la puerta, mientras que el joven, que se había jactado durante la noche de sus hazañas con mujeres, empezó a desabrocharse la ropa mientras reía y fanfarroneaba.

– No se moleste peleando, señora mía. Yo la haré olvidar a ese siervo bastardo.

– ¡Date prisa! -gritó Harripen-. O haré que seas el último. Hace tiempo que estoy caliente con esta hembra.

El holandés rió.

– Mala suerte, Harripen, si te tocó ser el último.

Shanna gritó debajo de la toalla mientras el joven extendía la mano hacia su blusa. Aunque trató de escapar, los otros tres la sujetaron y ella no podía moverse. El ruido de tela desgarrada pareció llegarle al alma y Sintióse llena de un horror espantoso. Nuevamente trato de gritar cuando los dedos del joven empezaron a tironear de su camisa y a levantarle las faldas.

Súbitamente, el joven sintió como si una mano gigantesca lo levantara y arrojara fuera de la cama. Antes de que tocara el suelo, la habitación resonó con el estampido ensordecedor de un disparo y todos los ojos fueron hacia Ruark, quien trasponía la puerta, empuñando una pistola mientras arrojaba la otra para poder empuñar su sable. Era evidente que Gaitlier lo había encontrado justo a tiempo. Pero ahora el mulato salió de atrás de la puerta y golpeó a Ruark en el hombro con una pesada cabilla. Ruark cayó, hacia adelante y la pistola voló de su mano. Ruark rodó, medio aturdido, y trató de empuñar su sable, pero los cuatro capitanes se le arrojaron encima. Fue una lucha salvaje, Ruark trató de ponerse de pie pero fue inmovilizado contra la pared. Harripen se apartó y sacó su machete. Levantó la hoja para dar el golpe.

Un gemido horrible escapó de los labios de Harripen y el acero cayó de sus manos. Horrorizado, miró su hombro, donde asomaba el puño de una pequeña daga de plata. Alzó la vista y se encontró mirando la boca amenazante de la pistola que empuñaba Shanna.

– ¡Atrás! -ordenó ella.

Harripen retrocedió y se sentó en un gran arcón. Ahora la pistola apuntó al enorme mulato. Al ver la seguridad de ella, el hombre retrocedió cautamente. Ruark lanzó un puñetazo en el blando vientre del holandés y levantó su pistola cargada antes de desenvainar su largo sable sediento de sangre. Se ubicó al lado de Shanna y su fría mirada recorrió lentamente a los piratas.

– Parece que ustedes no siguen sus propias leyes -dijo- pero si quieren probarme, los complaceré con gusto.